Escribir sobre cine durante la ‘temporada de premios’ requiere unas habilidades de periodista deportivo que no tengo. Habría que escribir de los Oscar como quien escribe de la final de la Champions. No en vano la terminología es tan parecida y el uso de superlativos igual de socorrido. Pero yo quería aprovechar este espacio para hablar de una religión de la que no soy practicante: PT Anderson, la mente detrás de Una batalla tras otra. Pocos cineastas contemporáneos tienen un grupo de seguidores tan fieles como él, especialmente entre mis colegas de profesión. Quizás identificados con el tema constante en sus películas, las familias que se hacen y se deshacen, sus seguidores parecen formar una secta jurando fe ciega en el maestro.
Pese a reconocerle el mérito de haber construido algunas de las escenas más memorables del cine reciente (el inicio de Pozos de ambiciónla entrevista en el maestroTom Cruise es Magnolia…), he visto toda su filmografía como quien mira el budismo sin ser creyente: con admiración, pero con cierta frialdad. Lo achaco a sus finales, que me dejan siempre con la rara sensación de que me han abandonado, de que la película me ha hecho una promesa secreta que luego nunca cumple. Quizás es falta de fe. Fue la película que menos devoción causa entre sus creyentes, Vicio inherentela que me acercó a su credo. Allí PTA (pronúnciese en inglés “pitiéi”, como le llaman los fieles) se adentró en algo que parecía imposible: llevar a la pantalla el universo de Thomas Pynchon de una manera tan inusual como desconcertante, donde cada escena parecía cambiar la promesa del relato y reinvertir a cada momento las reglas de la narrativa.
Y llegó Una batalla tras otra. De nuevo Pynchon, pero esta vez casi como excusa, como si lo hubiera ingerido dentro de su universo y fuese el escritor quien se pusiera al servicio del cineasta. Escogió la novela que menos devoción suscita entre los creyentes de Pynchon (religión equiparable a la de PTA entre escritores) para profanarla y construir con sus deshechos los cimientos de un templo cinematográfico (¿quizás sí que aprender algo del periodismo deportivo?). De nuevo nos dio dos escenas para la Historia del cine: una llamada de teléfono y una persecución de coches como jamás la habíamos visto. Esta vez remató la faena con tres escenas que son tres finales. Me dio la sensación de que había pasado de un extremo al otro: si antes sentía me sentía abandonado, ahora no me quería soltar de la mano.
Seguramente el último de esos finales, traicionando el espíritu de Pynchon, sólo está ahí para mostrarnos de manera muy evidente la esperanza de PTA en las generaciones venideras. Pero aún así, volví a recuperar la fe. No sólo en PTA, sino en el cine mismo. Porque que existe una película así, producida por los estudios de Hollywood, con esta libertad y riesgo, a la escala a la que lo hace, sólo puede haber sido un pequeño milagro. Al Messi lo que es del Messi.
