En la sede de la editorial Siglo XXI, rodeado de ensayos sobre política y sociología, Pablo Cerezo ha venido a hablar de su libro, pero parece más bien estar hablando de una obsesión nacional. «La gente tiene miedo a las agujas, pero más miedo le … tiene a pasar por el mundo sin dejar huella», dice con una media sonrisa. Cerezo, librero de la mítica Pérgamo y ahora ensayista, acaba de publicar ‘El cuerpo enunciado’, una autopsia de cómo el tatuaje ha pasado de los presidios a las pasarelas de moda en apenas dos décadas.
Cerezo no es un observador imparcial. Para él, el tatuaje ha dejado de ser una marca de marginalidad para convertirse en el síntoma más agudo de nuestra crisis de identidad: y es que en España, el tatuaje ya no es una señal de rebeldía; es el uniforme de la época. Pero tras la estética que otorga el enseñar nuestro cuerpo en las redes sociales, hay una guerra silenciosa por el espacio más privado que nos queda: nuestra propia piel. Para Cerezo, el tatuaje es la respuesta a un mundo donde todo es efímero. «En un sistema donde todo se compra y se vende, tatuarse es una forma de decir: esto es mío y no me lo podéis quitar».
¿Pero por qué ahora? «El tatuaje nos ayuda a entender que no somos individuos flotando en el vacío»explica Cerezo. «Uno es siempre en relación a dónde se ha criado, su clase social, su barrio». Al tatuarnos, hacemos pública nuestra biografía interna, nuestras lealtades y nuestras cicatrices simbólicas. Surge entonces la pregunta sobre la dualidad de la mirada: ¿nos tatuamos para nosotros o para el resto? Cerezo se niega a elegir. «La mirada propia y la mirada ajena están bastante más relacionadas de lo que solemos pensar. No tienes por qué elegir si te tatúas para ser visto o para verte a ti mismo», dice el autor.
¿Quién y cómo tatúa el qué?
Para entender el fenómeno, hay que mirar las manos que sostienen las máquinas de tatuar. El mercado del tatuaje en Madrid está fracturado en dos mundos que rara vez se cruzan. En un estudio minimalista del Barrio de Salamanca, Elena Sanchís tatúa en línea fina. Sus clientes son ejecutivos, abogados y jóvenes de familias acomodadas. «Lo que yo hago es joyería en la piel», explica Elena mientras limpia una aguja diminuta. «Es un tatuaje que se puede esconder bajo una camisa de marca. Es sutil, es elegante y, sobre todo, es aceptable. En general, quieren ser vistos como personas con gusto».
A pocos kilómetros, en un hogar de Carabanchel, Marcos «Gato» Ruiz se ríe cuando oye hablar de elegancia invisible. Él se especializa en realismo y tatuajes grandes: leones, guerreros y rostros hiperdetallados. «Aquí la peña no viene a hacerse una mariposita, vienen a por el brazo entero», Dice Marcos, que lleva el cuello cubierto de negro. «El tatuaje de barrio sigue siendo un escudo. Si te tatuas a un Thomas Shelby o un animal de presa, estás marcando territorio. Pablo tiene razón: el tatuaje es una expresión de clase. Sabe perfectamente cómo es una persona según qué es lo que se tatúa».
«La sociedad perdona el tatuaje si es ‘fino’, pero sigue estigmatizando el tatuaje que huele a calle»
Pablo Cerezo
Autor de ‘El cuerpo enunciado’
Uno de los puntos más provocadores de Cerezo es su crítica al «capitalismo estético». En un Madrid lleno de gimnasios y centros de estética, el tatuaje corre el riesgo de convertirse en un producto más. «Vivimos en un sistema donde nos vendemos a nosotros mismos como marcas», advierte Cerezo. «El auge de los ‘criptobros’ y los gurús del éxito tiene mucho que ver con esto: trabájate a ti mismo, mejora tu imagen, sé tu propia empresa. El tatuaje puede caer en esa lógica de performance». Sin embargo, Cerezo defiende que el tatuaje tiene un componente que el mercado no puede comprar del todo: el dolor y la permanencia. «Es un canto a la belleza y al cuidado que no tiene por qué ser mercantil. Para mucha gente, un tatuaje es la única pieza de arte que va a poseer en su vida. Si lo piensas, por 300 o 500 euros tienes una obra para siempre. Es una inversión en uno mismo que no se devalúa».
A pesar de que parece que todo el mundo lleva tinta, no todos los tatuajes son iguales ante la mirada de la sociedad. Cerezo es tajante: el clasismo sigue vivo. «Eso de que da igual ir tatuado a una entrevista de trabajo es mentira», afirma. «Lo que ha cambiado es que ahora se juzga qué llevas tatuado. No es lo mismo una chica pija con una línea fina en la muñeca que una chavala de barrio con una flor enorme en el antebrazo. La sociedad perdona el tatuaje si es ‘fino’, pero sigue estigmatizando el tatuaje que huele a calle».
Un artista realizando un tautaje a una cliente en la Convención del Tatuaje de Ibiza
Esta división se nota incluso en los motivos elegidos. Mientras unos buscan símbolos abstractos o frases en latín, otros buscan el realismo crudo. «El tatuaje de línea fina es la apropiación del tatuaje por parte de las clases medias», explica Cerezo. «Es una forma de participar de la moda sin asumir el riesgo social de ser un ‘tatuado’ de verdad». La pregunta del millón siempre es la misma: ¿Qué pasa cuando la piel flaquea?, para Pablo Cerezo, el pánico al arrepentimiento es una máscara del miedo a la muerte. «Lo que nos da miedo no son los tatuajes envejecidos, es la vejez en sí misma. Nos da miedo la piel flácida, no la tinta que hay en ella».
Él defiende el cuerpo tatuado como un testimonio histórico, una memoria cultural que no se puede borrar con un ‘scroll’. Cita a Walter Benjamin para reivindicar lo «irrelevante»: esos tatuajes tribales de los 90 que hoy parecen anacrónicos, pero que contienen la clave de una época. «El tatuaje nos obliga a algo que la sociedad moderna trata de evitar a toda costa: la reconciliación con el propio pasado. Todo el mundo debería mirarse al espejo y analizar qué decisiones ha tomado».
El tatuaje es un ejercicio de soberanía personal en un mundo que intenta controlarlo todo. Ya sea por vanidad, por rebeldía o por pura estética, millones de personas en España han decidido que su piel es el único lugar donde ellos dictan las normas. En un mundo de pantallas y realidades virtuales, el pinchazo de una aguja y el rastro de la tinta son, quizás, las cosas más reales que nos quedan.
