Los responsables de las instituciones culturales de Cataluña y del resto de España no viven ni mucho menos en una burbuja. Sabe que en otros países europeos se están recortando los presupuestos de cultura y ven cómo, tras años de moderada expansión, la amenaza de rebajas se perfila en el horizonte. Por si fuera poco, la guerra de Donald Trump y Beniamin Netanyahu contra Irán en Oriente Medio proyecta cada vez más sombras sobre la economía mundial. Si perduran las hostilidades, la economía se contraerá y la previsión de crecimiento del PIB se dejará por el camino algunas décimas.
Si situamos el foco sobre la ciudad de Barcelona, veremos un sector cultural razonablemente dotado. En algunas instituciones y equipamientos están incluso en marcha planos –más o menos avanzados– de reforma o ampliación, como en el MNAC, el Macba, el Liceu (Liceu Mar), la Foneria de Canons o las Tres Xemeneies. Pero sobre la capital catalana sobrevuela un nubarrón particular.
Es muy improbable que la ayuda siguiera con un gobierno del PP o del PP y Vox
Los gestores culturales no solo se tienen que preocuparse por el contexto económico global, sino también por la nada descartable desaparición de una figura que con el tiempo se ha convertido en una fuente estructural de financiación: la cocapitalidad cultural y científica de Barcelona.
Como se recordará, la cocapitalidad fue recuperada en el 2020 tras pasarse más de una década escondida bajo llave en un cajón. Mariano Rajoy la había liquidado al llegar al poder, sin que el Ayuntamiento de CiU reclamara en ningún momento su continuidad. Tras el cambio de ciclo electoral, la cocapitalidad se retomó en el 2020 de la mano de Pedro Sánchez y Ada Colau. Restablecida en plena pandemia, la subvención sirvió para apuntalar unas instituciones que quedaron muy debilitadas por el parón.
Esta ayuda se concede, en principio, como una subvención nominativa, pero la ausencia de presupuestos ha hecho imposible utilizar esta fórmula administrativa en los últimos años. En su lugar, se han concedido subvenciones finalistas por una cantidad equivalente, el remedio que el Ministerio de Cultura de Sumar y el Ayuntamiento socialista han encontrado para sortear las dificultades que plantean las prórrogas presupuestarias.
En principio, para garantizar que se siguen recibiendo las ayudas, esta fórmula se empleará también este 2026, ya que es muy improbable que Sánchez saque adelante unos nuevos presupuestos.
Si Pedro Sánchez convocara elecciones un día de estos, la ayuda decaería de inmediato
La amenaza más inmediata para la consideración de Barcelona como cocapital cultural de España viene de la inestabilidad política. Si Pedro Sánchez se viera forzado, por cualquier circunstancia, a convocar elecciones anticipadas, la ayuda decaería de inmediata. Por eso, tanto en el ministerio como en el Ayuntamiento se trabaja para agilizar el proceso para garantizarla. En ambas instituciones se supone que habrá que actuar también con premura para asegurar la partida del 2027, ya que, de no mediar un anticipo de los comicios, la legislatura se dará por acabada en julio.
A partir de entonces, las perspectivas son más bien sombrías. De cumplirse lo que vaticinan las encuestas, la mayoría que conformarían PP y Vox apartaría del poder al PSOE. Por mucho que el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, insistiera en la continuidad de la cocapitalidad –que insistiría–, sería muy improbable que un ministro de Cultura del Partido Popular aceptara la continuidad de las ayudas.
Más inverosímil aún si el departamento cayera en manos del partido de Santiago Abascal, como ha sucedido en el pasado con el área de cultura de algunas comunidades y ayuntamientos.
Puede que personas no familiarizadas con la gestión cultural encuentren poco relevante una partida de 20 millones anuales, pero quien conozca un poco el funcionamiento de las instituciones culturales sabrá hasta qué punto es determinante para la marcha de un museo o de un auditorio contar o no con esta financiación adicional, que en algunos casos llega al medio millón de euros.
“No quiero ni pensar en lo que ocurriría si tuviera que prescindir ahora de esa partida”, confiesa la persona responsable de una institución barcelonesa. En cualquier caso, hay que valorar que, de prolongarse hasta el 2027, la ayuda a la cocapitalidad habrá ascendido a un total de 140 millones de euros solo en el transcurso de esta segunda etapa.
Nacionalistas e independentistas catalanes han recelado siempre de esta figura por el hecho de que se sitúan en el mismo plano a Barcelona y Madrid, capital de un Estado que no consideran el suyo. De hecho, en ninguna de las negociaciones de los últimos años entre Sánchez, por un lado, y ERC y Junts, por otro, han puesto estos sobre la mesa la exigencia de ampliar la dotación más allá de los 20 millones de euros actuales, como contrapartida a su voto al PSOE.
Pero es el rechazo que la mera mención del concepto de cocapitalidad genera entre la derecha política y mediática madrileña lo que puede precipitar el final de esta fórmula. La voraz apuesta madrileña por proclamar su hegemonía política, económica y cultural en España sintoniza mal con una figura legal que prevé, en el plano simbólico, una capitalidad alternativa.
“No quiero ni pensar qué pasaría si se acabara ahora esta subvención”, dicen en una institución cultural
En algún momento se ha barajado en los despachos la posibilidad de blindar la cocapitalidad en la Carta de Barcelona, pero esta sería una solución muy compleja que requeriría de una mayoría parlamentaria altamente improbable.
Abrir esa caja de Pandora, sostiene una fuente conocedora del asunto, comportaría, además, el riesgo de involucrar a terceras partes que hasta ahora no habían comparado, porque, con el paso del tiempo, otras ciudades españolas se han ido dotando también de instituciones culturales cuya relevancia trasciende su propio ámbito geográfico, que es un requisito para acceder a esta línea de subvención.
Otra cosa sería confiar en que la cocapitalidad cultural y científica barcelonesa se acabe consolidando como una situación de facto o un hecho consumado. Pero eso, hoy por hoy, parece un ejercicio de política ficción.

