Oír una postura opuesta a la propia rara vez deja indiferente. Más allá de factores culturales o personales, la investigación en neurociencia muestra que el cerebro Está programado para detectar el conflicto antes incluso de iniciar un análisis racional.
LEA TAMBIÉN
Diversos estudios en neurociencia han identificado que, ante una idea que contradice nuestras creencias, el cerebro prioriza la detección de incoherencias. Este proceso antecede a la evaluación lógica de los argumentos y explica por qué las reacciones iniciales suelen ser rápidas y, en muchos casos, rígidas.
Una de las regiones centrales en este mecanismo es la corteza cingulada anterior (CCA). Esta área interviene en la identificación de discrepancias entre expectativas y realidad, así como en conflictos entre respuestas o creencias. Por esa función, se le describe como un “radar de incongruencias”.
La corteza cingulada anterior detecta incoherencias antes del cálculo. Foto:iStock
La evidencia indica que la CCA participa en circuitos relacionados tanto con el control cognitivo como con el procesamiento del dolor físico y social. De ahí que una opinión distinta pueda percibirse como incómoda o amenazante, incluso sin confrontación directa.
En paralelo se activan otras estructuras. La amígdala interviene en la respuesta de amenaza, mientras que la ínsula se asocia con la percepción del malestar corporal.. El resultado suele traducirse en sensaciones físicas reconocibles, como tensión o malestar, junto con la tendencia a defender la propia postura o cerrar el intercambio.
Posteriormente entra en funcionamiento la corteza prefrontal dorsolateralencargada de procesos como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones. Esta región permite modular la reacción inicial y sostener el análisis racional.
La amígdala y la ínsula intervienen en la sensación de amenaza y malestar. Foto:iStock
LEA TAMBIÉN

El esfuerzo mental y emocional de integrar otra perspectiva
Aceptar un punto de vista opuesto implica mantener simultáneamente dos esquemas mentales incompatibles: “lo que yo creo” y “lo que tú dices”. El cerebro debe compararlos y valorar si alguno requiere ajustes, una tarea que demanda recursos cognitivos y energía.
A este proceso se suma la disonancia cognitivaentendida como el malestar que surge cuando nueva información cuestiona la coherencia de la visión del mundo o de la identidad personal. En numerosas ocasiones, este malestar se resuelve reforzando la postura previa en lugar de reconsiderarla, fenómeno conocido como “razonamiento motivado”.
Además, muchas creencias están vinculadas al sentido de pertenencia grupall. Modificar una posición puede percibirse de forma inconsciente como un riesgo social, asociado a la posibilidad de perder estatus o sentirse excluido. El cerebro social tiende a prevenir ese tipo de amenazas.
Integrar otra perspectiva exige sostener dos modelos mentales opuestos. Foto:iStock
LEA TAMBIÉN

El impacto del estrés en la capacidad de escuchar.
El nivel de estrés influye de manera directa en este proceso. Cuando es elevado o prolongado, el sistema nervioso opera en estado de alerta, lo que limita la capacidad de la corteza prefrontal para regular emociones y sostener el desacuerdo con serenidad.
En ese contexto, la escucha activa se dificulta. Sin embargo, la investigación señala que los sistemas cerebrales implicados en conflicto, emoción y control son plásticos y pueden modificarse con la experiencia.
Entrenamiento para escuchar desde la calma
La gestión del desacuerdo ha cobrado relevancia en entornos donde las decisiones tienen efectos compartidos, como equipos de trabajo, instituciones y espacios de liderazgo. Cuando no se maneja adecuadamente, puede derivar en conflictos interpersonales y bloqueos comunicativosespecialmente en contextos laborales de alta demanda.
Distintas prácticas orientadas a la regulación emocional han mostrado efectos en la reducción de la reactividad automática. Entre ellas se encuentran el mindfulness y el biofeedbackasociados a una mayor capacidad para observar el desacuerdo sin responder de forma impulsiva.
Investigaciones sobre redes cerebrales en reposo indican que la práctica sostenida de mindfulness modula circuitos vinculados con la regulación emocional y la flexibilidad cognitiva, favoreciendo respuestas más adaptativas ante la discrepancia.
La evidencia científica indica que la escucha puede entrenarse con práctica. Foto:iStock
Asimismo, proyectos del grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han señalado que el entrenamiento en regulacion fisiologica y emocional se relaciona con una mayor capacidad para pausar antes de responder, reducir la reactividad y abordar conversaciones complejas con mayor claridad.
Desde esta perspectiva, el objetivo no es eliminar la incomodidad que produce el desacuerdo, sino aprender a regularla para evitar respuestas automáticas de rechazo. Escuchar no implica renunciar a los propios valores, sino sostener la tensión el tiempo necesario para ampliar el marco de decisión.
En un contexto social marcado por la polarización, la capacidad de atender opiniones contrarias se perfila como una habilidad neurocognitiva susceptible de entrenamiento. Comprender los mecanismos cerebrales que intervienen en el desacuerdo permite pasar de la reacción automática a una respuesta regulada.
*Este contenido fue escrito con la asistencia de una inteligencia artificial, basado en información de conocimiento público divulgado a medios de comunicación. Además, contó con la revisión de la periodista y un editor.
