Para algunos fue una sorpresa, para otros fue un premio apropiado. Ahora bien, ¿era el más merecido?
Michael B. Jordan ha sido proclamado mejor actor del año en los Oscars por interpretar a los gemelos Smoke y Stack en los pecadoresuna película de vampiros de Ryan Coogler en la Misisipi de los años treinta, que utiliza un marco de gótico occidental para hablarnos de racismo, colonización cultural y la supremacía blanca sobre la afroamericana por parte de todo tipo de instituciones.
Que un guionista y director como Coogler utiliza metáforas de acciones vampíricas para criticar y poner el foco en los machos de la sociedad actual es lo que esperamos del cine. Lo que me sabe mal es que este marco metafórico, por llamarlo de algún modo, traspase a las ceremonias donde se premian estas películas. Yo explícito. Estados Unidos tiene un presidente belicista que está haciendo cambiar el mundo a golpe de tuit gubernamental, por las calles de algunas de sus ciudades se persiguen y arrestan humanos con una crueldad peor que la de los vampiros de los pecadorestienen un medio país manchado en un caso de pedofilia aterrador, y un largo etcétera. Y nada de eso parece existir dentro del Dolby Theatre. Cuando menos, no de manera explícita.
Todo ha sido sutil en esta edición, como si miraran hacia otra dirección
Y vuelvo al hecho de premiar la sutileza. ¿O tendríamos que decir cobardía? Todo ha sido sutil en esta edición, como si miraran hacia otra dirección. El maestro de ceremonias Conan O’Brien salpica sutilmente el poder y los ganadores o libradores (excepto Bardem) dejando entrever algún malestar, pero lo que cierne sobre el ambiente es un “mejor que hablen por nosotros las películas y los premios que damos”. Qué lástima.
Michael B. Jordan es un gran actor, pero su interpretación no es la más icónica del año. Premiarlo es premiar sutilmente a un hombre de industria, un corredor de fondo, un influenciador cultural que combina su carrera de actor con la de productor, empresario y director, con una clara vocación de ampliar la representación afroamericana en aquella industria y dar nuevas oportunidades a cineastas emergentes. Y lo aplaudo. Pero no es lo que espero.
Donde sí que encuentro una cierta coherencia es en el premio al mejor actor de reparto para Sean Penn, su tercer Oscar. Penn construye un personaje nada sutil con un desenlace merecido y orgásmico para los que lo presenciamos, hay valentía y riesgo en cada decisión. Como en su decisión de no asistir a una ceremonia de una Academia a quienes ha tildado de cobardes.
Ahora bien, con los más jóvenes no son tan cobardes. Vuelven a castigar a Timothée Chalamet cuando ha presentado una de sus actuaciones más conmovedoras. Si hace un año hablábamos de su búsqueda desacomplejada de la grandeza, quizás ahora lo que tendrá que buscar es un abono en la ópera y en el ballet para redimirse y que, finalmente, lo pueda hacer merecedor de su anhelado galardón.
