De niño –e incluso todavía hoy– era un devoto espectador de Bugs Bunny, el conejo de la suerte. Las series de dibujos animados que produjo Leon Schlesinger para la Warner Bros., las celebérrimas looney tunes y Melodías alegres alegraron nuestra infancia, pero cuando el que apareció en escena era Bugs Bunny, con su indiferencia y mordisqueando una zanahoria, el nivel subía a extremos de imaginación y hasta el delirio que no solo nos divertían, sino que también nos enseñaban una forma de ser y estar en el mundo notablemente norteamericano. Aquel Estados Unidos que, como acaba de decir Ayuso con lo de la concesión de la medalla de la comunidad para conmemorar los 250 años de la independencia de las trece colonias, es (según la presidenta madrileña) el faro de la libertad en el mundo. A lo que uno replicaría que lo fue, presidenta, lo fue. Porque hoy a Bugs Bunny le pegaría un tiro no solo Elmer Gruñón, sino también, muy probablemente, cualquier descerebrado con arma y uniforme.
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