En este inicio del año tan disparatado y peligroso, tal vez valga la pena recordar que los Estados Unidos de América nacieron como una república armada o, si se prefiere la vieja denominación canónica, como una república en armas. Incluso alzada en armas, si nos atenemos a su guerra por la independencia, de la que se conmemoran doscientos cincuenta años en este 2026. Dos siglos y medio de existencia para una nación que se levantó contra el imperio británico y que ha conseguido prácticamente siglo y pico de supremacía mundial.
Por supuesto, y para nuestra desgraciada historia, los Estados Unidos de América han olvidado el papel fundamental que tuvo España en su guerra por la independencia. Francia, como siempre, ha sabido jugar mucho mejor sus cartas. Y frente a las muchas expresiones estadounidenses que señalan lo francés como algo cómodo y envidiable, desde las patatas fritas hasta el beso en la boca con lengua, lo hispano sigue siendo sinónimo genérico de atraso y pobreza en unos Estados Unidos que sí, son cada vez más hispanos -pese a las masivas deportaciones en marcha- pero que rechazan la herencia española o, sencillamente, la ignoran.
Lo curioso del caso es que el concepto de república en armas fue el que adoptó Simón Bolívar y el que siguió las naciones hispanoamericanas en sus respectivos procesos de independencia, en los que los revolucionarios iniciales se convirtieron en ejércitos nacionales.
De hecho, la tan mencionada en estos días doctrina Monroe de 1823 (por James Monroe, quinto presidente de los Estados Unidos) no fue más que la concreción del deseo estadounidense de que las monarquías europeas, y muy significativamente la española, no volviesen a tomar el control de sus ex colonias. La brecha entre el Nuevo Mundo, que soñaba con una libertad republicana al margen de las antiguas dinastías, y el Viejo Mundo había nacido y no hizo más que agrandarse con, por ejemplo, el fallido intento francés de hacerse con México.
La misma idea de la república en armas fue la que también guió a Carlos Manuel de Céspedes en su alzamiento de 1869 para lograr la independencia de Cuba. Y, paradojas de la historia, el mismo ideal del pueblo armado y dispuesto a defenderse guiaba las peroratas y alocuciones de Nicolás Maduro en sus años al frente de Venezuela. La guerra de todo un pueblo por su soberanía e independencia recorre todo el territorio americano desde 1776, con distintas etapas que alcanzan a este mismo año de 2026. Ya les he reconocido que la historia puede llegar a ser paradójica.
Si seguimos con esos contrastes y extravagancias de la historia, habrá que reconocer que la república en armas que se erige frente al enemigo exterior, también ha acabado por ser, en una línea que une a Trump con Maduro, una república en armas contra su propia población. Y no hay más que atender a los acontecimientos recientes en Minnesota, por ejemplo.
La independencia de la Gran Bretaña de las trece colonias en 1776 significó el nacimiento de una república federal que consagró el reconocido derecho a portar armas en su Segunda Enmienda a la Constitución de 1787, que fue propuesta en fecha tan temprana como 1789 y aprobada en 1791. Lo dicho: una república en armas de ciudadanos capaces de defenderse a si mismos. Y ello sigue siendo, junto con la fe en Dios, un credo esencial e inherente al sentir norteamericano.
Las trece colonias prácticamente doblaron su tamaño y poder territorial en 1803, con la compra de Luisiana a Francia. Y si bien es cierto que Napoleón Bonaparte necesitaba fondos y no tenía demasiado interés en aquellos lejanos territorios, Jefferson, uno de los padres fundadores de la joven nación, vio la oportunidad y no dudó. Espero que me disculpen la impudicia de citar un libro editado por Edhasa, la editorial que dirijo (nunca lo había hecho en todos estos años y no creo que vuelva a hacerlo), pero el profesor Josep Maria Fradera, en La nación imperial, dedica unas sabias y extensas páginas al proceso de la compra de Luisiana. Y baste decir que el tema de la esclavitud -ese gran pecado original de los Estados Unidos de América- no fue ajeno a esta negociación que, dicho sea también de paso, inició el mismísimo Monroe siendo enviado por Jefferson a París.
Más adelante, en 1812, la nueva guerra con la Gran Bretaña no hizo más que consolidar la soberanía estadounidense. Los ingleses tomaron e incendiaron la Casa Blanca, pero la república en armas se impuso por segunda y definitiva vez al poder colonial británico.
Tras la nueva guerra contra Inglaterra, este resumen acelerado pasaría por la anexión de Texas y la guerra con México de 1848, cuando crece aún más el poder territorial de unos Estados Unidos que se han expandido hacia el Océano Pacífico. La guerra con México también supuso la compra de voluntades, pago en metálico mediante, de generales y políticos mexicanos, pero eso sería de nuevo contar otra larga historia.
Entre 1861 y 1865, el Norte y el Sur se enzarzan en una cruenta guerra civil que todavía colea en muchos sentidos y en la que, de nuevo, el tema de la esclavitud ocupa un papel central. Siete estados esclavistas del Sur declararon unilateralmente su secesión de los Estados Unidos para formar los Estados Confederados de América. La confederación no fue nunca reconocida por ningún gobierno extranjero. Y pese a que creció incluyendo otros estados esclavistas, no hubo intentos diplomáticos serios de reconocer al supuesto nuevo estado. El Norte, o la Unión, como se quiera decir, ganó la guerra civil, pero el Sur promulgó las leyes Jim Crow, que fueron la consagración de una segregación racial que llegaría hasta los años sesenta del siglo XX y que todavía está ahí (el Ku Klux Klan se fundó en 1865).
En 1867 se compra Alaska a Rusia. Y en 1893 los intereses estadounidenses propician y sufragan un golpe de estado en Hawái, que en 1898 es incorporado a los EEUU. Y casi simultáneamente, el gobierno de McKinley vio clara la oportunidad de construir un imperio estadounidense en América gracias a los restos del viejo imperio español y la sublevación cubana. La guerra contra España, tras la voladura del USS Maine en La Habana, hace que los Estados Unidos consigan no sólo la independencia de Cuba, sino que se hacen también con el control de Puerto Rico, la isla de Guam e, inicialmente, las Filipinas.
Me detengo aquí. No hay más espacio. Pero la toma de Veracruz o los golpes de estado en América Latina a lo largo del siglo XX no hacen más que refrendar que la república en armas estadounidense sigue armada y en pie frente al mundo y dispuesta a dominarlo por la fuerza. Incluso contra lo que opinan sus armados ciudadanos.
