El Richard Burton de este artículo no es el famoso actor galés hijo de minero y marido ocasional de la divina Elizabeth Taylor, sino uno de los prohombres más atrevidos y destacados, al menos durante algún tiempo, del interminable reinado de la reina Victoria tan dotado de héroes y villanos.
Lingüista, políglota (dominaba una treintena de lenguas), aventurero, explorador, agente secreto, militar, diplomático, traductor, poeta…, Richard Burton (1821-1890) era lo que denomina a los anglosajones como un ser “más grande que la vida”, es decir, que, de tan exuberante, no parece verisímil que cupieran tantos personajes en un solo hombre.
Tras ser expulsado de Oxford, su carrera militar en las colonias de ultramar comenzó con mal pie al entregar a sus horrorizados superiores un detallado informe sobre los burdeles de muchachos de Karachi. Lejos de amilanarse ante semejante escándalo, procedió a traducir al inglés las Mil y una noches, y, ay, el Kamasutra.
Además de lograr entrar secretamente en La Meca haciéndose pasar por peregrino musulmán, pues era un verdadero maestro del disfraz, fue el primer cristiano -es un decir- que entrara en la ciudad prohibida de Harar, en Etiopía. También tuvo tiempo de buscar las fuentes de Nilo en compañía de John Hanning Speke, con quien acabaría peleándose, o de “descubrir” el lago Tanganika, entre otras muchas proezas.
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Mas la estrella ascendente del capitán Burton resultó ser fugaz ya los cuarenta años y recién casado con una belleza católica inglesa, fue enviado por el Foreign Office a ocupar un puesto consular de tercera en Fernando Poo, una ignota colonia española en el golfo de Guinea, la actual Bioko, donde permanecería durante tres años, eso sí, con muchas idas y venidas, sobre todo a Tenerife, donde se reunía con su esposa.
Su estancia en Fernando Poo no sólo le proporcionó tiempo para combatir el tedio que le invadía en tan desolado entorno con ingentes cantidades de whisky y coñac, sino, también, para observar con creciente aversión a la raza negra, a la que dedicó muchos escritos que enviaba a revistas británicas y que eran poco más que delirantes diatribas racistas.
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Viene de lejos el racismo profesado por los británicos hacia razas que consideran inferiores, que son casi todas, y que hoy aún perdura, aunque, eso sí, bien disimulado. Al menos así era hasta que el movimiento despertó les invitó a invocarlo de nuevo con renovada petulancia.
La Encyclopaedia Britannica ya lo tenía claro en su edición de 1797, al decir lo siguiente sobre el lugar del negro en la naturaleza: “Los vicios más notorios parecen ser parte de esta infeliz raza: se dice que la vagancia, la traición, la venganza, la crueldad, la impudicia, el robo, la mentira, la blasfemia, el libertinaje y la intemperancia han acabado con los principios de la ley natural y han silenciado las protestas de la conciencia Son ajenos a cualquier sentimiento de compasión y son un horrendo ejemplo de la corrupción del hombre abandonado a sí mismo”.
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Leyendo esto ahora le da a uno la impresión de que lo que define no es ni mucho menos la raza negra sino la clase política que domina en la actualidad el mundo sea del color que sea.
Nada más arribar Burton a Fernando Poo, apuntó en su diario: “Me hallo ante el ‘abominable espíritu de la desolación’”, un sentimiento compartido por muchos cibernautas al contemplar la pantallita que le invita a participar en un festín de racismo y odio.
