Roma lleva años viviendo en una paradoja: cuanto más se admira su belleza, más se altera su vida cotidiana. La última prueba llega desde uno de sus escenarios más universales, la Fontana di Trevi, donde el Ayuntamiento (Campidoglio) está dispuesto a cobrar peaje por … ver el monumento más visitado de Roma, después del Coliseo. La noticia la adelanta hoy en primera página el ‘Corriere della Sera’: a partir del 7 de enero de 2026, los turistas tendrán que pagar 2 euros para acceder al área de contemplación más cercana a la fuente, mientras que para los romanos la entrada seguirá siendo gratuita. Fuentes municipales hablan de «hipótesis de trabajo».
El plan, tal como lo describen los medios italianos, prevé dos carriles delimitados, uno para turistas y otro para residentes. El límite de aforo se mantendría: desde finales de 2024, solo 400 personas pueden permanecer simultáneamente en el área, reguladas por personal de vigilancia para evitar empujones y colapsos. El objetivo declarado es doble: hacer la visita «más tranquila» y proteger el monumento del desgaste que provoca una masa constante de gente, fotos, esperas, gritos y, por supuesto, el lanzamiento de monedas.
Detrás del discurso de tutela asoma la otra palabra clave: ingresos. El Corriere calcula que el billete podría convertirse en un ‘tesoretto’ de 20 millones de euros anuales para las arcas municipales, apoyándose en que la Fontana di Trevi tuvo más de 5,3 millones de visitantes solo en el primer semestre de 2025, con previsiones que podrían cerrar el año alrededor de 11 millones. El Ayuntamiento defiende que estos recursos permitirían reforzar los servicios y mantenimiento.
El precedente
No es casual que el precedente más citado sea el Panteón: desde julio de 2023, la basílica de Santa María ad Mártires se visita con entrada de 5 euros (2 euros para jóvenes de 18 a 25) y gratuidad para menores, según la normativa del Ministerio de Cultura. El propio Ministerio destacó que en 2024, primer año completo con entrada, el Panteón registró 4.086.947 visitantes y 14.712.752 euros de ingresos. Pero la diferencia es evidente: el Panteón es un monumento cerrado; Trevi es una fuente en una plaza abierta, y ahí la logística y la legalidad se vuelven más resbaladizas. Precisamente, el nombre de Trevi deriva de ‘tre vie’ (tres vías), ya que la fuente se levanta en el punto de encuentro de tres calles, convertidas hoy en ríos de turistas.
La discusión, además, no es solo técnica; es simbólica. Cobrar por acercarse a una fuente que forma parte del espacio urbano cotidiano se percibe, para muchos, como un paso más en la transformación del centro histórico en un parque temático. La ministra de Turismo, Daniela Santanchè, ha defendido en otras ocasiones la necesidad de flujos regulares y combatir la ‘disneylandización’ de las ciudades históricas, un término que reaparece ahora en el debate. En el otro extremo, asociaciones de consumidores como Codacons se oponen al ticket y piden limitarse a accesos contingentes: sostienen que cobrar por plazas y fuentes «monetiza» bienes que deberían seguir siendo de disfrute libre, y cuestionan que lo recaudado se reinvierta realmente en mejorar la experiencia del visitante.
También la política nacional ha entrado en escena. El vicepresidente del Senado y responsable de Turismo de la Liga, Gian Marco Centinaio, ha criticado la medida alegando que el Ayuntamiento no puede impedir la libre circulación en un espacio público y advirtiendo del riesgo de recursos y litigios. En otras palabras: Roma quiere ordenar el caos, pero puede acabar abriendo un frente jurídico y político adicional.
La fuente
En medio de este cruce de argumentos, y de las dudas jurídicas y políticas, el telón de fondo sigue siendo el monumento en sí, cuya historia y valor artístico son la causa de todo este revuelo. La barroca Fontana di Trevi fue diseñada por Nicola Salvi como remate monumental del Acueducto Virgo, el antiguo abastecimiento de agua que llega hasta aquí desde la época romana. Inaugurada en 1762, su imponente escenografía, esculpida en travertino, representa un océano sobre un carro tirado por caballos marinos y guiado por tritones, entre rocas y caídas de agua. La Fontana di Trevi, además, se ha convertido en rito contemporáneo: lanzar una moneda para, según la tradición, volver a la ciudad; un repetido gesto millones de veces que mezcla superstición turística y fidelidad emocional.
Entre las voces más llamativas favorables al ticket está la actriz Maria Grazia Cucinotta. Lo plantea al Corriere como una herramienta para salvar el patrimonio, aunque advierte de que 2 euros es poco para garantizar la conservación. Recuerda experiencias personales en Estambul -donde pagó por visitar restos de un acueducto romano- y en Milán, donde visitar el Cenáculo de Leonardo cuesta 17 euros por persona.
Roma, en definitiva, prueba a poner precio a un símbolo para intentar salvarlo del propio éxito. Y vuelve inevitable la escena de La Dolce Vita (1960), con la imagen que el mundo asocia a la Fontana di Trevi y su plaza: Anita Ekberg en el agua y Marcello Mastroianni rendido a la belleza, como si la ciudad fuera eterna y gratuita. En 2026, la broma sería otra: «Marcello, ven aquí»… pero antes, pasa por caja.
