Una de las películas más inquietantes de la Guerra Fría es El candidato de Manchuria (El mensajero del miedo en España), dirigida por John Frankenheimer en 1962 y basada en una novela de Richard Condon. La trama giraba en torno a un pelotón de soldados americanos que, durante su cautiverio en la guerra de Corea, eran sometidos a una manipulación deliberada de sus recuerdos. Se hizo una buena secuela en el 2004, pero carecía de la inquietante proximidad a los hechos que sí tenía la película original. Impresionaba menos.
La atmósfera sobrecogedora de aquella película, basada en la sobriedad de recursos y en la elegancia narrativa, tiene su reflejo en Recuerdo (Edhasa), la última novela de la escritora y periodista Begoña Quesada. Esta autora, asturiana residente en Múnich, irrumpió en el panorama de ficción en el 2021 con Nacidos después de muertos (Rasmia), donde hacía un retrato devastador de Elizabeth Nietzsche, hermana del filósofo. es Líneas de fugasu última novela hasta ahora, recreaba las andanzas españolas de los hermanos Klaus y Erika Mann, en paralelo a las desventuras de Hannah Arendt.
⁄ El relato, elegante, con ritmo hipnótico y prosa de terciopelo, transporta en su interior un virus con un poder aterrador
El eco de la oscura trama de Frankenheimer reverbera en la recién publicada Recuerdo. La novela de Quesada aborda, también en un contexto de guerra, la manipulación de la memoria. Su protagonista es un neurobiólogo, Lauro, que ha desarrollado un exitoso método para intervenir en los mecanismos de la memoria. Con sus certeras operaciones, el científico hace y deshace en el archivo de los recuerdos de las personas que –voluntaria o involuntariamente– ponen su cerebro en sus prodigiosas manos.
Lauro es un personaje a quien conocemos en plena encrucijada vital. Vive una delicada situación de pareja y, al mismo tiempo, sufre las servidumbres del éxito profesional. Las expectativas que crea su línea de investigación sobre los meandros cerebrales amenazan con dinamitar su vida personal. Cuando da señales de querer bajarse del tren para dedicarse a reconstruir su convivencia familiar, otro personaje clave, Cortázar, le espeta: “Si ahora no eres tú, será otro un poco más tarde, Lauro, y quizás no tan bien. Tener un don otorga muchos privilegios, pero te quita solo uno: el de renunciar a él”.
Ese don, que le permite oscurecer determinadas áreas de la memoria para que el paciente no las pueda utilizar una vez recuperada tras la operación, capte la atención de los servicios secretos. ¿Serán más eficaces unos soldados deshumanizados por la manipulación de sus cerebros que los robots con funciones humanas incorporadas que tanto proliferan en las guerras actuales?
En la novela de Quesada abundan las preguntas que sugieren respuestas tan inquietantes que, a veces, da hasta miedo planteárselas. Si nos quitan la memoria, ¿somos o hemos dejado de ser? ¿Cómo es vivir con un cerebro reformado? Cuando se despierta de la anestesia, ¿llega a descubrir la persona intervenida que ha sido condenada a llevar una infravida en la que solo preserva las funcionalidades mínimas?
La autora podría haber elegido un futuro lejano que nos interpelara menos, pero ha situado su trama en una suerte de futuro casi presente en el que este tipo de avances científicos no nos parecen en absoluto descabellados. Esos laboratorios clandestinos donde los recuerdos de una vida se descargan en un puerto USB están, lo que queramos ver o no, a la vuelta de la esquina.
Quesada ha construido un relato limpio y de ritmo hipnótico envuelto en una prosa de terciopelo, pero que esconde en su memoria RAM un virus con una aterradora capacidad destructiva. En realidad, esta deslumbrante novela plantea la pregunta fundamental: ¿existe algo que merezca ser considerado verdad? /
