Cuando, en 2022, Tomàs Pladevall se convirtió en el primer director de fotografía homenajeado con el máximo galardón honorífico del cine catalán –el Premi Gaudí de Honor Miquel Porter– posó con el trofeo, pero también, divertido, con una bombilla, que era tanto una metáfora de su profesión como de las mil y una ideas que iluminaron su cabeza a lo largo de una intensísima carrera que se prolongó a lo largo de seis décadas. Más allá del medio centenar de largometrajes en los que figura acreditado, Pladevall fue un genio polifacético que lo iluminó absolutamente todo: cortos, documentales, películas industriales, y más de un centenar de spots publicitarios, tarea, esta última, que abandonó para dedicarse a la docencia, una faceta por la que será especialmente recordado en la ESCAC, donde impulsó el Master de Dirección de fotografía hasta el año 2020. También iluminó programas y series de televisión, galas. enteras de los Goya, edificios y grandes espectáculos, como la inauguración de los JJOO de Barcelona, obras de la Fura del Baus o conciertos de María del Mar Bonet. Y fue un buen ciudadano, implicado en innumerables actividades asociativas.
Pero, aunque hizo tanto de todo, también es lógico que le recordemos especialmente por su contribución al cine, y muy especialmente por su participación en una película como Tren de sombras (1995), de José Luis Guerín, uno de los más hermosos tributos al séptimo arte. Guerín y Pladevall se desplazaron a la localidad francesa de Le Thuit para filmar con una cámara de 16 mm, que grababa a la que utilizaban los camarógrafos de los hermanos Lumière, las supuestas películas caseras de una familia burguesa de principios de siglo. Estas acaban revelando sus secretos en las partes que se pudo filmar en color, con una cámara de 35 mm, gracias a la aportación desinteresada de Pere Portabella, padrino del cine vanguardista con el que Pladevall volvería a colaborar en varias ocasiones, desde la película clandestina El sopar (1974), sobre la reunión de un grupo de presos políticos a El silencio antes de Bach (2007), pasando por Puerto de Varsovia (1989). Pero, si tuviéramos que quedarnos con una sola, sería Tren de sombras.
Natural de Sabadell y licenciado en la EOC madrileña, Pladevall empezó a hacer cine amateur con su amigo Francesc Bellmunt, junto al que se acabó profesionalizando, dejando películas muy generacionales como, entre otras, la película concierto Canet Rock (1976) o La orgía (1978), mítica por aquellos planos de Juanjo Puigcorbé paseándose en vespino por Paseo de Gracia tal y como vino al mundo. Pladevall cerró su filmografía con El género femenino (2011), de Carles Benpar, con el que también había colaborado en documentales como Cineastas contra magnates. Ya sólo nos queda la inevitable enumeración, pues Pladevall participó en películas como La oscura historia de la prima Montse (1977), de Jordi Cadena; Raza, el espíritu de Franco (1977), de Gonzalo Herralde; Tatuaje (1978), de Bigas Luna; Gaudí (1989), de Manuel Huerga; Leo (1990), de José Luis Borau; Tic Tac (1997), de Rosa Vergés; Subjúdice (1998), de Josep Maria Forn, o La silla (2006), de Julio D. Wallowits. Más allá de Bellmunt, Portabella y Benpar, también se prodigó con Ventura Pons (La rossa del bar, Actrius, El vicario de Olot) o Carles Mira (Karnaval, Daniya, jardín del harem, El rey del mambo). Toda una historia del cine catalán, desde sus orígenes ficticios en la película de Guerín a la inminente gala de la Academia del Cinema Català, de la cual también fue uno de los socios fundadores. Su recuerdo flotará en el ambiente.
