Hace un día lluvioso y frío en Barcelona. Hay poca gente en la calle, incluso en el centro de la ciudad. Nos reunimos con el escritor Víctor del Árbol en su hotel al lado de Passeig de Gràcia. A él le gustan los días grises y tristes como el de hoy, le hacen sentir que un aire de pueblo se apodera de la urbe, le transmite un ambiente melancólico, igual que el de sus novelas. El escritor y expolicía presenta su nuevo libro Las buenas intenciones (Destino) que culmina la trilogía de ficción del Sicario sin nombre. Esta tercera entrega gira alrededor de la periodista Clara Fité, que investiga la desaparición de unos niños hace veinte años (inspirada en un caso real durante los ochenta en Italia). Por otro lado, tenemos la trama del sicario, que regresa de su retiro provisional para completar un encargo y también una especie de venganza personal, precisamente con la periodista.
¿Qué siente al terminar la trilogía?
Mucha satisfacción. Por un lado porque ha sido un desafío largo. Estoy muy contento porque los objetivos que me había propuesto los he logrado. Y por otro lado tengo un poco de sensación expectante para ver si lo que yo pretendía realmente va a calar en el lector.
¿Qué quiere que cale en el lector?
He escrito esta historia para la gente que no quiere rendirse ante la evidencia de un mundo absolutamente desquiciado. Dentro de nosotros tiene que haber algo que nos permita salir de esta ceguera. Siempre hay una grieta por donde se cuela la luz. Eso solo lo puedes escribir desde el optimismo, no ingenuo, pero sí desafiante con esta realidad. No voy a hacer una novela de tesis panfletaria o de predicador, lo que hago es ofrecer un escenario donde el lector llega a sus propias conclusiones.
¿Quiere que sus lectores sean críticos, desconfíen del mundo en el que viven y lo mejoren?
Yo no hago juicios morales, yo hago juicios éticos. Es decir, yo lo que cuestiono son los valores con los que nos regimos como comunidad, los que dicen como funciona el mundo y como compartimos nuestra libertad. Vivimos en una época donde hay demagogos que se encargan de generar miedo y luego ofrecerse como salvadores como Trump. Una sola persona encarna la mentira, la manipulación, la endogamia, el odio, el racismo, la xenofobia o la ambición desmesurada, y resulta que esa persona es la que más poder tiene en el mundo. Desde mi punto de vista la literatura es lo que lo combate. El lenguaje es como un escarpelo que va quitando capas y capas de superficialidad para llegar a la esencia de lo que somos como seres humanos. Hay principios a los que no podemos renunciar como sociedad.
¿Quién tiene buenas intenciones?
Nadie. Todos tienen autojustificaciones y excusas. Si tú le preguntas a alguien si es mala persona, te dirá que no. Si le preguntas a alguien si es un corrupto, te dirá que no. Es decir todos te darán una serie de razones para justificar lo que hacen. Detrás de las intenciones y las palabras hay hechos. No podemos juzgar las cosas solo por los resultados, hay que ir al origen, al por qué lo hacemos. Como escritor creo en las segundas oportunidades y les ofrezco a todos los personajes la posibilidad de redimirse. En gran parte, esta es una novela de redención.
El miedo es mucho más poderoso que la ambición y casi tanto como el amor. Del miedo nace todo”
¿Qué es lo que más mueve a los personajes? ¿La ambición, el dinero, el amor…?
Creo que para la mayoría, curiosamente, la ambición y el dinero es lo de menos. Lo que les mueve en general es el miedo. Miedo a perder lo que tienen, a las consecuencias de sus actos, a no creer en nada, a no ser lo que ellos creen que son, a perder el poder y la influencia, a que les descubran, a que sepan quienes son de verdad… El miedo es mucho más poderoso que la ambición y casi tan poderoso como el amor. Del miedo nace todo.
El miedo y el amor están, de alguna manera, relacionados
Uno de los fundamentos del amor es el miedo también. Miedo a equivocarte, a traicionar ya ser traicionado, a que esa no sea esa la persona, al fracaso, a ser un mal hijo oa ser un mal padre. El miedo se disfraza de muchas maneras. De bondad, de empatía y de entregarte a los demás, o de maldad y violencia. El paradigma fundamental de todos estos personajes, y de las personas, es el miedo a aceptar la verdad. ¿Quiénes somos cuando nos despojamos de las intenciones, de buenas intenciones, y están nuestros actos sobre la mesa? ¿Cuánta gente está dispuesta a aceptar lo que es? A quitarse todas las máscaras, todas las capas ya deshacerse de la sombra. Muy pocos están dispuestos a hacerlo.
La familia no es un lugar seguro y de apoyo en la novela, es todo lo contrario. Los personajes heredan traumas y conflictos.
Y las fantasías, los pecados y las ambiciones de sus padres. Por ejemplo, en la novela hay una madre que justifica sus actos porque quería proteger a sus hijos, pero un niño nunca es culpable de nada. Son los adultos quienes, con sus actos, convierten en hechos en terribles y traumáticos, luego los hijos con los años van sufriendo las consecuencias. La cobardía de unos padres, disfrazada de protección, es la que acaba destrozando sus vidas.
¿Ese Dios dogmático venerado por algunos personajes de la novela influye en la sociedad actual?
Lo que pasa hoy en día, por suerte, es que la espiritualidad y la religión se han separado o se están separando. Hay gente que sigue creyendo en el dogma porque resulta muy sencillo. El dogma te excluye de la obligación del pensamiento crítico, lo sigues y punto. Y eso sirve para la política, para la visión de la sociedad, para la vida y, evidentemente, también para la religión. En nombre del dogmatismo, se han cometido las mayores barbaridades de la historia. Por otra parte creo que hemos dejado bastante atrás esa imagen de un Dios juzgador para ponernos en el centro de nuestra propia experiencia humana y trascendente. En el siglo XXI existe una cosa llamada sincretismo que me encanta.
