Quede constancia de mi devoción (no religiosa) por el grupo británico Mumford & Sons, estima que no me ciega cuando he de enjuiciar sus discos o sus conciertos. Ahora, cuando aún no ha pasado un año de la edición de Rushmere, álbum en el que el combo ya apareció en formato trío, Marcus Mumford, Ben Lovett y Ted Dwane tabernero ‘Prizefighter’ (Universal), todo un cambio con respecto a su predecesor. ‘Rushmere’ fue una apuesta agarrada a la tradición folclórica del combo; un espacio personal de nuevos caminos para el bluegrass. Marcus lo dejaba claro en una de las canciones: “A veces todos necesitamos un poco de quietud en el caos”. Bueno, pues con ‘Prizefighter’ se terminó la tranquilidad, aunque no piensen que estamos ante una apuesta que rompe las costuras. Se trata de una colección de canciones en las que el folk y el rock se enredan como las cerezas. El problema es que no siempre la conjunción sonora brilla. Hay unas piezas equilibradas, sugerentes, atractivas, y hay otras en las que esa armonía se pierde en favor de cadencias cercanas a Coldplay, por ejemplo. Nada tengo contra la banda de Chris Martin, pero jode un poco que en una búsqueda de objetivos no muy clara, y con colaboradores como Gracie Adams y Chris Stapletón, entre otros, en ocasiones se pierde la tensión en beneficio de la verbena. Tal vez Aaron Ressner (The National), el productor, tenga algo que decir.
la norteamericana María BC comienza ‘Marathon’ (Sacred Bones / Poptock!), su sexto disco, con la pieza que lo titula, un ‘masaje’ de guitarras distorsionadas, mientras canta “Todo brotando por las grietas de la calle. El nombre del hijo del vecino, escrito con lejía, se desvaneció en la superficie. Árboles congelados bajo la lluvia”. Gran comienzo. Luego la cosa se suaviza, porque, además, Maria canta casi con angelical delicadeza, casi susurrando. Pero su talento para poner el acento adecuado en las palabras se completa con sorprendentes arreglos en los que destaca la tímbrica especial de unas percusiones singulares. Maria, que ofrece en ‘Marathon’ algunas inquietantes composiciones instrumentales, trabaja en esa arrebatadora línea en la que las canciones escapan del cliché, indagan en su propia estructura y nos arrullan los sentidos. El del oído, especialmente.
Patti Smith y Rachid Benzine
“Desprenderse de las cosas es una de las tareas más difíciles de la vida. Uno por uno vamos repartiendo nuestros talismanes, pero conservaré el anillo de bodas y el amor de mis hijos”. Quien hace esa confesión es Patricia Smith en ‘Pan de ángeles’ (Lumen), su libro de memorias, traducido por Ana Mata Buil. Memorias parciales, pero memorias a fin de cuentas, sobre la amistad, la música, la poesía, los descubrimientos, el amor y la pérdida. La escritura de Smith, sencilla, sin alharacas, pero bella y eficaz, atrapa en todos sus libros; en este, donde cuenta lo difícil que le resulta escuchar su disco ‘Gone Again’, por ejemplo, «porque poseía de forma inconsciente todas las secuelas del duelo transportadas a mi voz», la atracción aún es más poderosa.
El marroquí residente en Francia Rachid bencina ha construido en ‘El librero de Gaza’ (Salamandra, con traducción de José Antonio Soriano Marco), una narración preciosa y precisa, de amor a los libros ya un país que no quieren que sea. Las conversaciones entre Julien Desmanges, un joven fotógrafo, y Nabil, un anciano y resistente librero en cuyo local-almacén se acumulan vidas y recuerdosle sirve a Rachid de argumento para trazar la tragedia y la historia de Palestina. Los libros guardan la memoria que las bombas no pueden borrar.
Es difícil superar ‘L’anomalie’, el libro que en 2020 dio a Hervé Le Tellier el prestigioso premio Goncourt, que Seix Barral publicó en castellano un año después. La misma editorial edita ‘El nombre en el muro’, traducida por Pablo Martín Sánchez, la novela más reciente de Le Tellier. Hay que convenir que, por razones que se me escapan, tratándose del autor que nos ocupa, que ‘El nombre en el muro’ no es literariamente de lo más florido del escritor, matemático y escritor francés. Lo salva la historia, una indagación en la vida, segada por la guerrade AndréChaix, cuyo nombre Hervédescubre escrito en una pared de su casa de campo. Le Tellier reconstruye la trayectoria vital de quien luchó contra los nazis en la resistencia, y aprovecha para advertir sin ambages sobre el peligro de un fascismo en alza que saca pecho enpleno siglo XXI.
La cita con Arco
“Arco 2026. Sirve el viejo dicho «cada uno cuenta la feria como le va”. Sí, ahí estaban las pinturas de la afgana Kubra Khademi, que desnudan a políticas mundiales (Merkel, Von der Leyen, Hilari Clinton…) o la obra del menos provocador de lo que él cree Eugenio Merino. Pero lo que yo vi en Arcofue reciclaje; tanto en las galerías oficiales como en la sección ‘ARCO 2045. El futuro, por ahora’. Reciclaje o reapropiación de materiales, pero también de conceptos artísticos y explotados. Y una reflexión: el arte electrónico, en la era de internet, necesita que le den un par o tres de vueltas.
El futuro, reflejado en este Arco 2026. / EL PERIÓDICO
Y el Museo Reina Sofia ha reorganizado su colección permanente, y situado en la planta cuarta un conjunto de obras que quieren trazar el recorrido del arte contemporáneo desde 1975 hasta el presente, que no sabemos si interpretar como continuo. A esa planta le dedicó un tiempo tras pasar por Arco. Y no tengo nada claro que el paseo por 403 obras (más de la mitad no se habían mostrado antes), de 224 artistas, españoles la mayor parte de ellos (de Canogar a Elena Alonso), proponga, además de dedinamismo, una narrativa de diálogo, confrontación y reflexión. Así las cosas, me quedo con los retratos que miquel barceló hizo al crítico y escritor francés Hervé Guibert (1955-1991), enfermo de sida. Barceló, quetrató los cuadros con ácido como apurando la técnica de Van Gogh, plasmó con genio una literal y anticipada desaparición.
