Lo primero es desactivar el sistema de extinción de incendioss que funciona por extracción de oxígeno y, advierten, en caso de fuego sobrevenido envasaría prácticamente al vacío cualquier organismo vivo presente en la sala. Lo segundo, una vez cruzado el umbral, es decidir qué mirar, dónde fijar la vista. ¿Los retablos góticos o los fragmentos de pintura mural de Taüll? ¿Las fotografías a todo color de la Barcelona canalla de Joan Colom o los colosales blasones de piedra que sobrevivieron a la piqueta del pla Cerdà? ¿Las cerca de 300.000 monedas ¿Qué reposan en el Gabinete Numismático o esa escultura de Jaume Otero que lleva años, décadas, sin ver la luz?
Ante la duda, lo incontestable: ahí está, en el centro de una de las seis salas dedicadas a almacenar y conservar pintura, un óleo del italiano. Carlos Maratta dedicado a la adoración del niño Jesús, siglo XVII y alrededores, que presenta un desconcertante agujero en la cabeza de San José. Un orificio de contorno levemente ahumado que, en efecto, es fruto de un balazo. Naciones Unidas disparo “simbólico” que un anarquista descerrajó contra el cuadro en 1936, en los primeros días de la Guerra Civil, en pleno estallido revolucionario y anticlerical. Lejos de los focos, a años luz de aquella exposición de 2021 en la que asomó fugazmente la cabeza para explicar cómo se salvaguardó el patrimonio artístico tras el estallido de la guerra, la obra de Maratta sigue explicando una historia, construyendo un relato.
Detalle del óleo de Carlo Maratta agujerado por un disparo de bala / MANU MITRU
“La idea que tiene la gente de las reservas es que es una cueva, un lugar oscuro e inamovible, y en realidad es todo lo contrario: es el gran depósito del conocimiento. Un investigador viene aquí y acaba encontrando cosas que no esperaba”, explica Sílvia Tena, jefa del Departamento de Registro y Gestión de Colecciones del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) y guía de excepción por este museo oculto dentro del propio museo. Un iceberg que crece cada vez más, a un ritmo de entre 800 y 1.200 obras nuevas cada año, en los bajos, los flancos y los alrededores del Palau Nacional y que, como el propio museo, espera como agua de mayo la ampliación que empezará a cobrar forma en 2027. “Queremos ser muy ambiciosos, primero por la cantidad de obra nueva que llega pero, sobre todo, por el alto porcentaje de obra contemporánea que ingresamos y cuyas medidas no tienen nada que ver con las obras clásicas”, detalla Tena. Que se lo pregunten sino al Reina Sofía, que aún sigue buscando una de Richard Serra, 38 toneladas de nada, que se esfumó como por arte de ensalmo en 2006.
Más espacio a partir de 2029
Las noticias buenas, en cualquier caso, llegarán a partir de 2029, cuando el nuevo equipamiento, el MNAC del futuro, gane 1.393,20 metro cuadrados más, el equivalente a la sala de exposiciones temporales, para ampliar las reservas y el espacio destinado a las obras no expuestas. Hasta entonces, todo pasa por aprovechar hasta el último milímetro de los 2.462,98 metros cuadrados destinados a custodiar una colección francamente colosal. “El museo tiene unas 360.000 obras, de las que 300.000 son monedas y 20.000 fotografías”detalle Tena. Para alcanzar la cifra final hay que sumar, entre otras cosas, orfebrería, mobiliario, escultura en piedra, pintura en casi todos los soportes imaginables, tapices, tallas policromadas, dibujos, grabados... Un portentoso ‘frankenstein’ artístico y patrimonial del que solo se muestra en las salas, subrya Tena, entre un 19% y un 21%. “Eso es lo que ve el público cuando viene”, apunta la también Doctora en Historia del Arte.

El MNAC tiene una colección de cerca de 360.000 objetos de la que apenas se exponen el 19% / MANU MITRU
Lo que no ve, a no ser que se sume en alguna de las visitas guiadas que se organizan de vez en cuando, son la veintena de salas que, repartidas aquí y allá, arañando metros donde pueden, conservan de manera individualizada cada uno de los diferentes soportes. La fotografía en color, por ejemplo, necesita frío polar, mientras que la pintura y las bajas temperaturas no casan demasiado bien. Lo mismo ocurre con la escultura policromada, mucho más delicada que las estatuas y bustos cuyo peso obligó a reforzar con malla de acero el suelo del hangar destinado a las llamadas obras de técnica inorgánica, colosos silenciosos de piedra, mármol, cerámica, terracota. “Si multiplicas todos los niveles, este metro cuadrado quizás esté soportando 3 toneladas de peso”, explica Tena mientras señala una hilera de palés repletos de escudos nobiliarios en piedra, moldes para bronces y esculturas galardonadas décadas atrás con medallas de oro y selectas distinciones de las exposiciones universales.
Es ahí mismo, a un par de pasillos de distancia, donde descansa una de las grandes joyas de este museo oculto: ‘La Diosa’ de Josep Clarà. La misma figura de mármol blanco y exquisita que cada día fotografían millas de personas en plena plaza Catalunya, pero de verdad: después de décadas a la intemperie sometida a la contaminación urbana y los excrementos de las palomas, técnicos de patrimonio de la Generalitat instaron a crear una réplica, que es la que ‘instagramean’ los turistas, y proteger el original, envuelta en melinex en las entrañas de Montjuïc. “Se encargó una copia tan bien hecha que nadie se da cuenta”, señala Tena.
—¿Y eso de ahí?—, advierte de pronto Manu, el fotógrafo, señalando un estante situado sobre la escultura de Clarà.
—Sí, son bustos de Franco —apunta nuestra guía—. Eran regalos protocolarios de la época que acabaron en los fondos municipales.

Detalle de uno de los espacios en los que se conserva la pintura en los almacenes del MNAC / MANU MITRU / EPC
Nuevas lecturas para activar las reservas
Casi todos los museos, explica Tena, conservan una gran cantidad de obras que quizás no tengan interés artístico para ser expuestos, pero son esenciales para estudiosos e investigadores. “Todo depende de qué buscas y en qué soporte lo buscas. Aquí vino el artista Francesc Torres y la dirección le invitó a dar una vuelta por las reservas, y él, con su lenguaje, reivindicó cosas que de otra manera no hubieran salido a la luz”, ilustra la jefa de registro a propósito de ‘La caja entrópica. El museo de objetos perdidos’, proyecto con el que el artista conceptual quiso poner en valor la “función preservadora” del MNAC.

El original de ‘La Diosa’, de Josep Clara, está a buen recaudo en los almacenes del MNAC / MANU MITRU / EPC
Un anticipo acaso visionario de lo que estaba por venir, con las nuevas lecturas museográficas, incidiendo de pleno en la gestión de las reservas. “Hace 20 años, la filosofía de los museos era que la colección permanente era muy estable y apenas se movía. El concepto contemporáneo, en cambio, es que en las colecciones pasan cosas. Hay nuevos discursos, nuevas lecturas y nuevas museografías que hacen que, en un momento dado, una obra que nunca ha salido de la reserva cobre interés. De hecho, las reservas se están activando mucho ahora con discursos coloniales y LGTBI o con el papel de las mujeres artistas”, relata Tena durante un recorrido en el que, por cierto, ni rastro de las pinturas de la sala capitular del monasterio de Sijena que el abogado que representa los intereses del pueblo oscense, Jorge Español, asegura que el museo guarda en sus reservas, fuera de foco.
Sospecha el letrado que los metros cuadrados de pinturas expuestas en las salas 16 y 17 del MNAC no coinciden con los que fueron arrancados del cenobio en 1936, pero desde el museo se insiste una vez más en que no hay más que lo que se ve. “No hay nada que no esté expuesto”, zanja Tena. “Lo que pasa es que se alimenta un imaginario de que debemos tener cosas escondidas, y nada más lejos de la realidad. Es como ahora con la exposición que hacemos con los depósitos franquistas. ‘Oh, deben tener escondidos los tesoros del SDPAN’. Para nada”, añade en relación a la exposición que el museo acaba de inaugurar con las 135 piezas depositadas por el Servicio de Defensa del Patrimonio Nacional (SDPAN) entre 1939 y 1958.
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