“Me he sentido como un flautista de Hamelin”. Lo reconocía Jorge Pardomúsico que ha transitado del jazz al flamenco libremente durante décadas, tras participar en Atrio musical. Este festival es una iniciativa de la Fundación Atrio Cáceres y lleva cuatro años consecutivos celebrándose en el límite entre enero y febrero, en tierras extremeñas.
Se refería Pardo a un recorrido musical que hicimos, público e intérprete, a lo largo y ancho del Museo Helga de Alvearatravesando las salas que componen una de las colecciones de arte contemporáneo más exclusivas de nuestro país. Al paso y de manera improvisada, Pardo desgranó melodías de Paco de Lucía, Manuel de Falla, Charles Mingus, Camarón de la Isla oh Juan Sebastián Bach. Un acto de seducción musical que recuerda aquella leyenda alemana de la Edad Media, que en su origen narraba la historia de un flautista capaz de abducir misteriosamente a un grupo de niños con su instrumento. De ahí derivaría el cuento de los Hermanos Grimm, en el que el músico-mago se convierte en agente desratizador.
Con esta experiencia, que tuvo algo de comunión activa e itinerante, comienza una crónica que resume tres días -el festival completo transcurre en cinco- vividos con intensidad. Una celebración que se afianza cada año como cita festivalera, en unos campos extremeños anegados estos días por borrascas consecutivas que no parecen tener fin. La última lleva por nombre Leonardo.
En esa musica andaduraen ese camino de notas bajo la llamada de la flauta y el saxofónambos en manos de Jorge Pardo, los asistentes constituyeron un ente musical que se desplazó de un lado a otro, a ritmo pausado, atravesando las abrumadoras instalaciones del artista suizo. Thomas Hirschhorn. Cientos de objetos, lemas y sugerencias que, por momentos, parecían trasladarnos a un zoco surrealista y artístico.
Espacios de confluencia musical son los que encuentra y muestra al pianista Javier Perianes en el programa que ha elaborado con sumo cuidado, a partir de piezas de falla, Chopin y Albéniz. Delimitó estos territorios de sensibilidad común en el Gran Teatro de Cáceres el viernes por la tarde, como el que compone en un mapa comarcas limítrofes de una región.
Partiendo de Manuel de Falla, del que este año se cumplen 150 años de su nacimiento, el pianista de Huelva propicia un exquisito diálogo con piezas de Chopin. Los colores surgidos de ese continuo armónico se alzaron como un pausado crepúsculo: Canción, Nocturno, Mazurca, Serenata andaluza… La ensoñación de la música de Chopin pasada por el Cádiz natal de Falla. “Estas obras de juventud de Falla las definió Gerardo Diego como pre-Manuel de ante-Falla”, nos confesó entre sonrisas Perianes, mientras recogía sus enseres en el camerino. “No renegó de ellas, pero tampoco se sintió especialmente orgulloso, aunque desprenden olor y sabor a Chopin”. Ese aroma se había desplegado en su recital y aquí dejamos esta delicada Canción como ejemplo.
Dos bloques titánicos de Albéniz y Falla finalizaron con la Fantasía bética y el recuerdo explícito del pianista extremeño Esteban Sánchez, intérprete excelso de aquella página de Falla. Ante tal derroche de energía, y con algún virus de por medio, no extraña que Perianes se sintiera indispuesto al cabo de unas horas y necesitara asistencia médica, pero la fortaleza del pianista onubense le permitió recuperarse para la clausura del festival como veremos más adelante.
el canto gregoriano comenzó a sonar el sábado a las doce del mediodía, desde la Capilla del Santísimo Sacramento en la Concatedral de Cáceres. De nuevo un discurrir musical, en este caso protagonizado por los miembros de Escuela antiguaataviados con túnica blanca y en procesión hasta ubicarse ante el altar. Se sumaron a ellos los componentes del coro. El León de Oropara afrontar un programa imponente: el Oficium Defunctorum Delaware Tomás Luis de Victoria.. Naciones Unidas Réquiem publicado en 1605, gloria musical de nuestro país como no hay otra. Se intercalaron piezas en canto llano para conformar un oficio de belleza rotunda y valor místico. Los bancos calefactados de la catedral contribuyeron a alcanzar una sensación plena y confortable, aunque llegado el Lux eterna, en torno al final del oficio, para algunos la temperatura de los asientos ya se aproximaban a la de evaporación. Al fin y al cabo, con esta música se pretende elevarnos hacia el cielo. Recreación excelente que guardaremos como un momento inolvidable.
A 36 kilómetros de Cáceres se encuentra Garrovillas de Alconétar, pueblo que posee un organo renacentista en perfectas condiciones, además de una espléndida plaza Mayor declarada de Interés Turístico Nacional. En el siglo XVII, Garrovillas contaba con cinco instrumentos de similares características al que se conserva en la actualidad y era cuna de numerosos organistas. Este preciado instrumento, probablemente el más antiguo de España en funcionamientofue restaurado por el maestro organero holandés Gerard de Graaf entre 1987 y 1990, con un coste de tres millones de pesetas (18.000 euros). No parece demasiado, pero multiplicado por todos los órganos que en nuestro país requieren auxilio, ya alcanzaría una suma notable. No obstante, seguimos a la espera de que algún ministro con sensibilidad musical ocupe la cartera de Cultura y afronte esa empresa. Le recibiremos como si fuera un Mesías.
Así pues, el sábado por la tarde los aficionados nos desplazamos a ese epicentro organista para escuchar a Benjamín Alardavezado intérprete que ya participó el año pasado en Atrium Musicae dejándonos unas espléndidas Variaciones Goldbergal clavecín. El galo se puso al frente de esta joya de nuestro patrimonio, ubicada en la Iglesia de Santa María de la Consolaciónajustó sus diminutas lentes y nos ofreció un precioso recital con piezas de Cabezón, Correa de Arauxo, John Blow, Couperin, Scarlatti, Bach, etc. De este último se ofreció una chacona recientemente atribuida al gran compositor alemán, para lucir todas las posibilidades de este órgano único. Su encantador sonido puede apreciarse en este vídeo.
Tras el recital de Alard, debíamos regresar a toda prisa a Cáceres para escuchar el recital de canto previsto en el Gran Teatro. Recital hubo, pero no el esperado, puesto que Florian Bösch no pudo comparar debido a una queja. Los contratiempos forman parte de cualquier festival, pero disponiendo de una agenda como la que posee. Antonio Moralesdirector artístico de Atrium Musicae, es un seguro de vida. Finalmente fue el joven barítono suizo Manuel Walserdiscípulo de Thomas Quasthoff, quien nos ofreció una selección de lieder de Franz Schubert.
Ciertamente se trata de una voz en las antípodas de la de Boesch, pero Walser cuenta con numerosos atractivos que concitaron en la tarde momentos de delicadeza poética: profundidad, expresividad concentrada, riqueza de color y bella resonancia. Todo ello le hace un intérprete realmente singular, una mirada necesaria en el canto camerístico. Quizás abusó en el empleo del ‘pianissimo’, hasta hacernos llegar su voz casi en un susurro. El efecto debe emplearse como recurso puntual más que constituye la norma de todo un considerando. Afortunadamente el pianista Malcolm Martineau se mantuvo en el cartel y de manera magistral adaptó la dinámica al personal prisma de Walser, facilitando con sutileza la claridad del canto. Aquí dejamos un punte del modo en que Walser afronta El Taubenposttercer lied interpretado en Cáceres. Una paloma mensajera protagoniza esta canción y bien podría ser símbolo de este vuelo musical que propone el festival en su desarrollo.
Por si la jornada no hubiera tenido suficientes alicientes, a las doce menos cinco de la noche nos esperaba una sesión nocturna muy especial en la Concatedral, para los más trasnochadores. Un programa trazado sobre la vida de la Virgen, desde la Natividad hasta la Glorificación, aprovechando que el templo está dedicado a Santa María. No sólo el canto llano, sino también algunas piezas a dos y tres vocesescuchamos para comprobar de nuevo -les habíamos tenido allí mismo a las doce del mediodía- la calidad del coro madrileño Escuela antigua. Experiencia de reconocimiento musical tras la cual no quedaba más que recogerse de verdad. Ya era hora.
A la mañana siguiente, la peregrinación de filarmónicos partió hacia el Museo Vostell de Malpartidatanto en autocares de la organización como en vehículos propios. A ese antiguo lavadero de lana, reconvertido en exposición permanente dedicada al movimiento artístico. flujollega la música los domingos festivaleros de Atrium Musicae desde sus inicios. Mario Brunello desenfundó su violonchelo para ofrecernos dos suites de Bach con elegancia, seguridad y verdad. Música de altos vuelos entre la que situó una impresionante interpretación de la sonata numero 2 Delaware weinbergun músico polaco que sufrió la persecución del nazismo y el comunismo, por su condición de judío.
“Bach descubrió un futuro para el violoncheloaportando la proporción natural a su música instrumental; mientras que Weinberg creó un nuevo lenguaje y reflejó una vida dolorosamente vivida, como una pesadilla”. Son palabras de Mario Brunello tras el gran recital ofrecido, unánimemente elogiado por público y crítica antes de tomar camino de regreso a Cáceres. No hubo opción al vermú con que en otras ocasiones el festival obsequia a los peregrinos, debido a las inclemencias meteorológicas.
Para poner punto y final a esta crónica del periplo musical en el invierno cacereño, nuevamente un contratiempo iba a poner a prueba la capacidad de los músicos para sobreponerse a las adversidades. Repuesto Perianes de su dolencia, fue el violinista Luis Esnaola, integrante del trío de Solistas de la Filarmónica de Berlín, quien cayó rendido ante el virus de la gripe. Ocupó su puesto, in extremis, la violinista barcelonesa María Floreapara cerrar la edición del festival en el Teatro Central con el Cuarteto con piano en sol menor de Mozart. Joaquín Riquelme, viola, y Bruno Delapierre, violonchelo, completan el cuarteto y les vemos en la fotografía.
A pesar de ser una tonalidad vinculada a un sentimiento trágico, la obra concluye con un Rondó en sol mayor que es una afirmación vitalista y luminosaperfecto colofón para estas jornadas. Dejamos aquí ese movimiento de Mozart, recreado en el cierre del festival Atrium Musicae 2026 en Cáceres, como despedida musical.
