Gisèle Pelicot ha hecho historia. Como dijo la revista Tiempo que la inclusión entre las mujeres del año “encarna el heroísmo: una persona común que hace cosas extraordinarias”. En Barcelona, el pasado 5 de marzo, cientos de mujeres (y algún hombre) la aplaudieron en la Biblioteca JV Foix; en Madrid, las 300 entradas del teatro del instituto Francés se agotaron en diez minutos, y Pedro Sánchez aprovechó su visita para condecorarla.
Poco podía imaginarse todo esto una señora jubilada que hace apenas seis años vivía pacíficamente con su esposo, también jubilado, un tal Dominique Pelicot, en un pueblecito del sur de Francia. Cuando, el 2 de noviembre de 2020, le acompañó a comisaría, creía que se trataba de algo sin mucha importancia. Tres mujeres habían pillado a Dominique agarrándolas bajo la falda en un supermercado. Sabiendo que el asunto iba a salir a la luz, Dominique, lloroso, se lo había confesado a su esposa, y ésta, guiada por la confianza de los cincuenta años que llevaban felizmente casados, le había consolado.
⁄ Cuando conoció la verdad de lo que había hecho su marido, su vida se había convertido en “un campo de ruinas”
Cuál no sería su sorpresa cuando el subcomisario la quiso ver a solas, y le enseñó una foto de ella, Gisèle, en su dormitorio, tumbada de lado en la cama, desnuda y penetrada desde atrás por un hombre negro… Era una de las decenas de millas de fotos y vídeos descubiertos en el ordenador de su marido. Desde hacía nueve años, Dominique disolvía sedantes en la comida y bebida de su mujer, y una vez que estos hacían efecto, la desnudaba, la vestía con lencería y la ofrecía a otros hombres, reclutados por internet, para que la violasen.
¿Ella nunca sospechó nada? Cierto que alguna vez un aperitivo le supo raro, una cerveza se volvió verde… “¿Me estás envenenando?”, bromeó. Dominique se echó a llorar y ella le pidió perdón. Se despertaba con el pijama empapado, tenía extraños fallos de memoria… Consultó a ginecólogos y neurólogos (solícitamente acompañado por su maridito), pero ninguno encontró nada. Al salir de la comisaría, Gisèle había obtenido una explicación a todo aquello, pero su vida se había convertido en “un campo de ruinas”.
⁄ Gisèle explica su heroica decisión de abrir el juicio a todo el mundo: “Que la vergüenza de cambiar de bando”
“Siempre creí que un hombre peligroso era necesariamente brutal”, escribe Gisèle Pelicot en este libro sencillo, humilde y lleno de dignidad que es su autobiografía. Lo que descubrirá es lo que íbamos a descubrir todos, lo que convierte el caso Pelicot en mucho más que un “suceso”: que la violencia contra las mujeres no es cosa de unos pocos malvados. Preguntada por el subcomisario sobre cómo describiría a su marido, ella —antes de ver las imágenes— le calificaba de “bueno y amable”. Tal vez era un caso raro, patológico, de personalidad escindida; pero es que no era solo él. Es que, en una radio de 60 kilómetros, nada menos que 87 hombres se avinieron a usar el cuerpo de una mujer drogada a modo de “cubo de basura de sus fantasías”, dice Gisèle. La misma imagen que usan muchas mujeres que han estado prostituidas.
El juicio iba a ser una pesadilla. Cincuenta y un acusados (los violadores a los que se pudo identificar), asistidos por 45 abogados, frente a una sola víctima. “Me imaginaba sus ojos, todos juntos. Sus hombros, uno al lado del otro, como un muro ante mí. Nadie se enteraría de lo que me habían hecho”… Gisèle tomó su decisión heroica: el juicio sería de puertas abiertas. “Que la vergüenza cambie de bando”.
⁄ Hoy, Dominique y sus cómplices están en la cárcel; Gisèle es símbolo de lucha y recibe el afecto de muchas mujeres.
Y así fue. El mundo entero pudo ver y escuchar a los acusados. Que eran de todas las edades, entre 27 y 74 años, y todo tipo de profesiones: enfermero, policía, albañil, periodista…, sin nada más en común (aparte de ser hombres) que su afición al porno. Acusados capaces de hacer cosas como ir al supermercado donde Gisèle hacía la compra (Dominique les avisaba) para regodearse mirando a la mujer a la que habían violado sin ella saberlo, y de decir, para defenderse, cosas como: “Si yo hubiera querido violar, habría elegido a una mujer más guapa”… Gisèle los veía “aplaudirse unos a otros, ir juntos a la cafetería a la hora de comer, charlar en el bar, invitarse a cervezas, reírse”, con “la convicción de que no habían hecho nada malo”. Entendió la soledad de la mujer violada. Quien tenía miedo era ella: “Saber que (los no identificados) andaban sueltos me provocaba ataques de pánico. ¿Y si me buscaban? ¿Y si querían vengarse?…”
Los violadores y sus abogados intentaron, cómo no, acusar a la víctima. Dijeron que ella consintió, que solo fingía estar dormida… Se tropezaron, oh sorpresa, con Dominique, que desde el primer momento se reconoció culpable, explicó que lo había hecho para “alguna mujer insumisa”, y no solo recibió su pena, sino que la demostró insuficiente para expiar el daño que había hecho a su familia.
Hoy, Dominique y sus cómplices están en la cárcel, y Gisèle, convertida en estrella mediática, símbolo de la lucha contra la sumisión química, rodeada de cariño (recibe millas de cartas de mujeres) y con nueva pareja, se ha construido, sobre aquel campo de ruinas, una segunda vida.
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Gisèle Pelicot (junto a Judith Perrignon) Un himno a la vida/Un himne a la vida Tradicional. al castellano: Noemí Sobregués/Trad. al catalán: Imma Falcó. Lumen/Ara Llibres. 256/280 páginas. 22,90/21,95€
