La directora del Teatro Nacional de Estrasburgo, Caroline Guiela Nguyen, presenta una fábula sobre la responsabilidad que recae en los hijos de los inmigrantes cuando sus padres no hablan el idioma del país de acogida. La autora personifica esta historia en una niña rumana y su madre, gravemente enferma, que va a Francia para someterse a un tratamiento médico. La niña, Valentina, se ve obligada a hacer de intérprete entre los médicos y su madre, una responsabilidad excesiva, que la niña asume como buenamente puede. Valentina Llega a la sala grande del Teatre Lliure solo este viernes, sábado y domingo.
Como ya ha hecho con obras anteriores como Saigón, que se pudo ver en el Teatre Lliure hace siete años, la autora y directora suele trabajar con el mundo de la interpretación entre lenguas porque le viene de familia: “Mi madre habla vietnamita y mi padre, árabe”. Guiela Nguyen cuenta de dónde surge Valentina : “Mi madre decidió no hablarme en vietnamita y eso dificultó que la entendiera. En Estrasburgo, sede del Parlamento Europeo y ciudad con muchos intérpretes, conozco a muchas personas que hablan otras lenguas. Una de las situaciones donde mucha gente necesita intérprete es en los hospitales. Cuando no se entienden, piden a sus hijos que les hagan de intérprete. Y a partir de eso pensé hacer un cuento”.
“El espectáculo es una fábula, porque quería llegar a niños de 10 años y porque quería un milagro, que la madre no muriera”
“Durante estos seis años, he tenido una hija y he perdido a mi madre, a quien acompañé al hospital –recuerda la dramaturga–. Por ello quise hacer una historia de ficción dirigida a las dos, y me salió esta fábula de una mujer que deja su país y su marido y se va a Francia con su hija para ser tratada de una enfermedad en el corazón. Como no se entienden, el médico le dice que, si no viene con un intérprete, él no lo atenderá. Ella tiene que decidir entre su corazón y su hija de 9 años. Y decide el corazón, donde también lleva a su hija. Esta niña oirá y dirá palabras que no tendría que decir nunca y además tendrá que cuidar de su madre.
“Un intérprete habla en primera persona, cuando dice yo es el yo de quien habla. La niña utiliza ese yo, pero a veces también es el suyo. Ella habla en rumano y en francés, pero no acaba de traducir exactamente lo que dice el médico”. La niña que actúa en el escenario es Cara Parvu. “No había trabajado nunca con niños y ha sido muy interesante, porque Cara ya tuvo que interpretar a su madre en la escuela cuando vinieron a Francia. El espectáculo tiene formato de fábula, porque quería llegar a los niños de 10 años y porque quería un milagro, quería que la madre no muriera”, refiere.
Lee también
“Lo que escribo es ficción y me presento como autora, porque no hago teatro documental –continuúa–. Ahora bien, en el proceso de escritura me paso muchas horas explorando lo que es real, que me alimenta, pero yo lo que hago es un cuento. Sin embargo, la gente que nos ha venido a ver me dicen que sienten mucha proximidad con esta historia. Quería que esta comunidad rumana de Estrasburgo también participara de esta lengua, que es próxima al francés, al catalán y al castellano”.
La escenografía de Valentina es un muro dorado, que está inspirado en las iglesias ortodoxas. “El acto de interpretarme parece muy próximo al teatro, porque se trata de traducir la palabra del otro. Te encuentras en el centro del discurso, pero al mismo tiempo tienes que desaparecer”, concluye la dramaturga y directora.
