caminante evans siempre quiso ser escritor, incluso viajó a París en 1926 para codearse con los genios modernistas y de vanguardia de la época. Sin embargo, su necesidad de captar al detalle la vida cotidiana y documentar el presente tal y cómo lo veía, … le hicieron pasarse a la fotografía. Con la cámara podía capturar el instante y resaltar su dignidad y poesía mil veces mejor que con la palabra escrita. Abandonó entonces su idea de ser un gran narrador y se convirtió casi a su pesar en uno de los fotógrafos más icónicos del siglo XX, documentando la era de la Gran Depresión mejor que nadie.
La KBr Fundación Mapfre acoge ahora la retrospectiva ‘Walker Evans. De vez en cuando’, un completo repaso por la obra de un fotógrafo heterogéneo que siempre varió de cámaras, buscó nuevos estilos e intentó seguir el proceso de la fotografía desde que enfocaba con la cámara hasta que la instantánea era publicada por una editorial o revista. En este sentido, fue todo un adelantado a su tiempo. «Hasta ese momento, los fotógrafos mandaban las fotografías a las cabeceras y se desentendían. Él consiguió que le respetaran las fotografías escogidas, sus series, la forma en la que eran reproducidas e incluso los textos de apoyo utilizados. Todos los fotógrafos jóvenes que vinieron después le deben eso», asegura David Campany, comisario de la exposición.
Del 26 de febrero al 24 de mayola KBr descubre a uno de esos fotógrafos únicos que definieron una época con su particular mirada. Con el libro, ‘Elogiemos ahora a hombres famosos’ puso rostro a la Gran Depresión Americana a través de los retratos de tres familias de granjeros algodoneros en Alabama. Mientras él hacía las fotografías, el periodista y escritor James Agee escribía los textos, pero el resultado fue tan crudo y revelador que la revista ‘Fortune’, que había encargado el reportaje, lo rechazó. Entonces Agee y Evans decidieron publicarlo ellos como libro independiente y se convirtió en una obra imprescindible del siglo XX. Las 31 instantáneas de Evans que ilustraron el documento se transformaron con el tiempo en iconos traduciendo a la perfección la aridez e instulticia de la época. El crítico Hilton Kramer, en una reseña de la última gran retrospectiva que le dedicó el MoMA de Nueva York a Evans en 1971, escribió: «Me pregunto para cuántos de nosotros el concepto de cómo percibimos Estados Unidos en los años 30 no estuvo definido por el trabajo de un sólo fotógrafo, Walker Evans».
Pero si algo se destacó en la carrera de Evans fue su variedad y gusto por huir de territorios comunes. Más allá de su dominio de la fotografía documental y del retrato sin ornamentos, el artista captó la riqueza simbólica de la arquitectura de Nueva York, viajó a los pequeños pueblos para exponer la vida real de aquellos espacios a veces desolados, viajó a Cuba para sentir atmósferas nuevas y se interesó por el interior de las casas particulares como una extensión del alma de las personas. Incluso documentó el trabajo del arte africano o la nueva era de los carteles publicitarios en las ciudades. «Siempre fue curioso por la naturaleza. Utilizó todas las técnicas y todas las cámaras a su disposición si las podía manipular para sus objetivos. Incluso en los años 70 inició una serie de millas de fotografías con polaroids. Él no impresionaba quería a nadie con sus técnicas, ya que buscaba siempre la máxima simplicidad a la hora de capturar imágenes», afirma Campany.
La exposición documenta estos cambios de estilo a través de sus diferentes épocas. A finales de los años 30 su popularidad ya era máxima y se convirtió en el primer fotógrafo en tener una muestra individual en el MoMA de Nueva York. La muestra también incluye sus importantes colaboraciones con la revista ‘Fortuna’ y podemos ver cómo se maquetaba e ilustraba su trabajo en las publicaciones de la época, siempre bajo su supervisión. «Tenía muchas discusiones con los editores de la revista, pero consiguió que le dejaran definir la forma en que se presentaba su trabajo, algo sin precedentes hasta entonces», señala Campany.
Más de 200 fotografías documentan la trayectoria del gran fotógrafo americano.
En total, hijo 211 fotografías de todos los formatos para mostrar el ingenioso dominio artesanal que poseía Evans. El recorrido de la también exposición tiene tiempo de mostrar algunos de sus autorretratos, siempre muy reveladores del momento que atravesaba el fotógrafo, desde las sombras en blanco y negro de un Evans veinteañero en el París de finales de los 20, hasta a un Evans muy maduro, de larga barba blanca y aspecto desaliñado, en sus instantáneas de los años 70. «Observa. Es la única forma de educar tu ojo. Observa, indaga, escucha, aunque sean escondidas. Muere sabiendo algo. No estás aquí por mucho tiempo», aseguraba Evans en una de sus citas clásicas.
En 1965, el legendario fotógrafo entró en la Universidad de Yale como profesor y moriría en 1975a los 72 años de edad, como gran talismán de la fotografía americana del siglo XX. Nunca abandonó su motivación por encontrar nuevas formas de plasmar la realidad y ya con 70 años se interesó por el detalle milimétrico y por el color. «El regalo y valor real de la fotografía no es nunca una idea, sino una sensación basada en las emociones», diría Evans en su afán de ir más allá de la fotografía documental y plasmar el lirismo de la realidad.
Pérez Siquier, digno de reparación.
La KBr Fundación Mapfre también recupera la exposición dedicada a Pérez Siquier que abrió en febrero de 2020 con el fotógrafo andaluz todavía vivo, pero que tuvo que cerrarse prematuramente a causa de la pandemia. En total, son 110 fotografías de la colección de la fundación que van desde las fotografías en blanco y negro de su barrio en Almería, La Chanca o su célebre descubrimiento del color en los años 60, cuando nadie lo utilizaba en la fotografía artística en sus series irónicas dedicadas a la playa. Recorre un recorrido que va desde los años 50, cuando empieza como joven empleado de banca, hasta 2017, que se retira. «Hasta Martin Parr, que se lo llevó a Nueva York en el 2004, hablaba de él como el gran descubridor del poder del color. Ésta es una exposición de gratitud y agradecimiento hacia uno de los mitos de la fotografía española», asegura Eva M. Vives, comisaria de la muestra.
Pérez Siquier moría en 2021 y desde entonces la valoración crítica de su obra no ha dejado de crecer. La muestra, que ya se pudo recuperar en Ámsterdam, Madrid o Francfortregresa así a Barcelona, el lugar donde nació y tuvo que interrumpirse por el Cóvid. «Me acuerdo que le acompañábamos a la playa en verano y él se iba a pasear con su cámara. A veces se colocaba tan encima de la gente para fotografiarlos sin pedirles permiso, que muchos se enfadaban y le tiraban arena a la cara. Hubo muchas tensiones, pero él le encantaba esa forma de trabajar», recuerda Sonia Pérez Siquier, hija del fotógrafo.
