William Shakespeare ostenta el disco de autor más adaptado al cine. Le siguen dos escritores contemporáneos muy populares: Agatha Christie y Stephen King. Dice una repetida boutade que, de haber vivido hoy, Shakespeare hubiera sido guionista o director de cine. Y otra más actualizada, que habría sido showrunner de serie. No seré yo quien les quite la razón.
Como en su época el único medio de representar enredos amorosos, batallas, conspiraciones, asesinatos, celos, culpas y dudas metafísicas era sobre un escenario, han sido otros los encargados de llevar sus obras a la pantalla. Sin ánimo exhaustivo, Orson Welles, Akira Kurosawa, Laurence Oliver, el soviético Grigori Kózintsev, Franco Zeffirelli, Kenneth Branagh o Julie Taymor han hecho maravillas con sus obras. Y abundan también las actualizaciones y excentricidades que convierten a sus personajes en pandilleros o exploradores espaciales. Quizás la mayor chaladura sea Grand Theft Hamlet, estrenada en 2024, en la que dos actores aburridos durante el confinamiento deciden escenificar Aldea en el videojuego gran robo de auto.
⁄ ‘Hamnet’ da más protagonismo a William que la novela de Maggie O’Farrell, que se centra en su esposa Agnes
No es de extrañar que el cine vuelva una y otra vez sobre personajes como Hamlet, Macbeth o Romero y Julieta. Ya lo apuntó Harold Bloom en Shakesperare o la invención de lo humano: su obra es el escaparate de todas las actitudes y emociones posibles. Y, sin embargo, seguimos sabiendo poco sobre quién fue en realidad William Shakespeare. Esas zonas de sombra que, pese al alud de eruditos biógrafos, todavía lo rodean han dado pie a las especulaciones ya todo tipo de teorías, incluidas algunas conspiranoicas. También el cine se ha permitido imaginar versiones hipotéticas de la vida del dramaturgo.
El próximo estreno de Hamnet (llegará a los cines el 23 de enero) dirigida por Chloé Zhao e inspirada en la exitosa novela de Maggie O’Farrell del mismo título (publicada por Libros del Asteroide, en castellano, y L’Altra Editorial, en catalán) es una buena excusa para trazar un recorrido por la presencia del personaje William Shakespeare en la pantalla. Dejando de lado apariciones anecdóticas o poco relevantes, hay cuatro películas que lo han retratado en diferentes momentos de su existencia.
la primera, Shakespeare enamorado (1998) de John Madden, fue un taquillazo, estuvo nominada a tres premios Oscar y ganó siete, incluido el de mejor película. Es una fantasía romántica, que imagina a un joven Shakespeare en el momento en que está escribiendo. romeo y julieta. La película maneja personajes reales, pero apenas tiene anclaje alguno en la realidad. Contiene unas cuantas pifias históricas y podría haber quedado en una comedia tontorrona, pero alza el vuelo gracias al talento de Tom Stoppard en el guion, por el que se llevó una estatuilla. El guion original lo había escrito Marc Norman y circulaba por los estudios desde finales de los años ochenta. Estuvo a punto de rodarse con Julia Roberts como protagonista, pero los productores decidieron encargarle una reescritura a fondo a Tom Stoppard, uno de los gigantes del teatro británico contemporáneo, recientemente fallecido.
Su buena mano se nota, ya que logra sacar todo el partido al juego de falsas identidades (la joven que se traviste de actor, porque las mujeres tenían prohibido subir a un escenario, y como mujer enamora al autor de la obra mientras interpreta un papel masculino). También a los cruces entre la realidad y la ficción (como cuando en un ensayo de la pelea entre Capuletos y Montescos entran en el teatro un grupo de actores rivales y la trifulca ficticia se convierte en real). Y sobre todo en el desdoblamiento de Shakespeare como amante y escritor, cuyas andanzas y entuertos en el lecho van reconfigurando la trama de romeo y julieta. Realidad y representación, la vida como teatro y el teatro como expresión de la vida.

El vínculo de Stoppard con Shakespeare va más allá de este divertimento cinematográfico y se remonta a sus inicios como dramaturgo. La pieza con la que debutó en 1966, Rosencrantz y Guildenstern han muertoponía en el centro del escenario a dos personajes secundarios de Hamlet. Convertía a los dos amigos de juventud del príncipe dubitativo en trasuntos de los Vladimir y Estragón de Esperando a Godot. El propio Stoppard se dirigió —en su única incursión detrás de las cámaras— la adaptación cinematográfica de su obra, con Gary Oldman y Tim Roth en los papeles principales, por la que ganó el León de Oro en Venecia en 1990.
El siguiente protagonismo relevante de Shakespeare en pantalla se produce en Anónimo (2011) de Roland Emmerich. La película toma como premisa una hipótesis que durante algún tiempo gozó de cierto predicamento, incluso en círculos académicos. Partía de una duda en apariencia razonable: ¿cómo era posible que William Shakespeare, un actor de origen humilde —su padre era un artesano que hacía guantes— escribiera obras de tanta envergadura y erudición? Ya poco después de su muerte empezaron a surgir dudas sobre la autoría de sus obras. Y en el siglo XIX surgieron diversas teorías que apuntaban a la posibilidad de que Shakespeare fuera una suerte de testaferro que se limitaba a estampar su firma para encubrir al verdadero autor secreto. Uno de los presuntos genios ocultos que se barajó fue el filósofo Francis Bacon, pero el candidato más plausible era Edward de Vere, conde de Oxford, miembro de la corte de Isabel I y mecenas de las artes, que apadrinó al menos dos compañías teatrales y al que su posición social y vínculos políticos le impedirían desvelar su autoría. El largometraje, con hechuras de superproducción de época, desarrolla esta última hipótesis, con De Vere como protagonista, pese a que en la actualidad estudios ningúno serio avala esta hipótesis.
⁄ La oscarizada ‘Shakespeare enamorado’ (1998) recreó al joven romántico; ‘El último acto’, de Kenneth Branagh (2018), al dramaturgo en la vejez
En 2018 llegó El último actodirigida por Kenneth Branagh, que además se da el gusto de interpretar a su idolatrado dramaturgo en su vejez. El título original, Todo es verdades mucho más ingenioso, porque en realidad sabemos muy poco de esos años finales de Shakespeare, y porque además contiene un guiño para iniciados: ese era el título alternativo de Enrique VIIIla última obra atribuida a Shakespeare, escrita en colaboración con John Fletcher.
La película es un acto de devoción por parte de Branagh, reputado actor shakespeariano sobre las tablas y director de cinco exitosas adaptaciones al cine de obras del dramaturgo, incluido un Hamlet de cuatro horas escrupulosamente fiel a la totalidad del texto original. El guionista es el comediante y novelista Ben Elton, cuyos encuentros previos con el bardo inmortal se producen por la vía bufa. Fue uno de los guionistas de La Víbora Negra de Rowan Atkinson que, entre otras cosas, parodiaba las tragedias shakesperianas e introducía en sus diálogos frases extraídas de ellas. En uno de los episodios apareció el mismísimo Shakespeare (interpretado por Colin Firth), al que el infame Blackadder le arreaba un puñetazo y una patada porque su obra en el futuro dará pie “al Aldea de cuatro horas de Kenneth Branagh”. Después de que Elton se convirtiera en dramaturgo en protagonista de Cuervo advenedizola serie cómica que creó para la BBC y que tuvo tres temporadas.

Es El último actoel guionista se pone serio para imaginar la vejez de Shakespeare, cuando decidió dejar Londres tras el incendio del Globe y regresar con su familia a Stratford-upon-Avon. El largometraje parte de los no muy abundantes datos contrastados que tenemos sobre ese período tardío en que se reunión de nuevo con su esposa y sus dos hijas. Y a partir de ahí, imagina situaciones plausibles. Por ejemplo, un reencuentro —que nunca se produjo— entre el bardo y el conde de Southampton (interpretado por Ian McKellen), que había sido sus mecenas y al que había dedicado algunos poemas.
La secuencia insinúa con mucha delicadeza la relación que pudo haber entre ambos hombres —el discutido asunto de la posible homosexualidad de Shakespeare—, cuando, al despedirse, Southampton recita con aire melancólico el Soneto XXIX, uno de los más sublimes de su antiguo protegido. Solo por esta escena compartida por dos titanes de la interpretación shakesperiana ya merece la pena ver la película. Se intuye todo sin necesidad de subrayar nada; no habría estado mal que Amenábar la tomara como modelo para el cautivosu Cervantes queer, aplicando algo llamado sutileza. Tampoco abunda la sutileza en la discreta comedia española de Inés Paris miguel y william (2017), que imagina un encuentro de los dos genios a partir de un enredo amoroso.

En la película de Branagh, Hamnet, el único hijo varón de Shakespeare, que murió siendo niño, tiene cierta relevancia en la trama (con una versión fantasiosa de las causas de su fallecimiento). Su muerte por la plaga de peste negra es el drama central de la novela Hamnet de Maggie O’Farrell, que ha coescrito el guión de la versión cinematográfica con la directora Chloé Zhao. Hay dos cambios sustanciales en la película con respecto al original literario: se da más protagonismo al dramaturgo y se opta por la narración lineal, dejando de lado los flashbacks de la novela.
De entrada, hay que marcar el libro de O’Farrell, cuya principal protagonista es Agnes (oficialmente conocida como Anne Hathaway), la esposa de Shakespeare, dentro de la corriente cultural que busca dar visibilidad a las figuras femeninas olvidadas, a la sombra de hombres famosos. El personaje de Agnes (a la que interpreta en pantalla una impresionante Jessey Buckley) tiene algo de hechicera, con una conexión espiritual con la Naturaleza —el bosque, los halcones— y eso marca el modo en que vive el duelo por la pérdida del hijo. Su esposo Will (Paul Mescal) sublimará su dolor a través de la creación artística, forjando al inmortal. Aldea.
La película consigue trasladar a la pantalla la potencia de la novela de O’Farrell gracias al estilo poético de Zhao —deudor de Terrence Malick—, a la preciosista fotografía del polaco Lukasz Zal (que ya demostró sus virtudes en La zona de interés de Jonathan Glazer) ya la envolvente banda sonora de Max Ritcher. Todos ellos se conjuran para culminar en un conmovedor final en el que se recita el celebérrimo monólogo.
⁄ ¿Los Shakespeare del cine se acercan al hombre real? Iluminan partes de su alma pero solo son versiones ficticias del supremo creador de ficciones
La propuesta es muy estimulante como ficción, pero conviene dejar claros dos aspectos. En primer lugar, es importante no caer en el reduccionismo de convertir Aldea o cualquier otra cumbre de la literatura universal en un mero ejercicio catártico y sanador, porque la creación artística es algo mucho más complejo. Y segundo, aunque en el pasado algunos estudiosos sugirieron el posible vínculo entre Hamnet y Hamlet, por la similitud de los nombres, establecer una conexión directa entre uno y otro es una pura fantasía literaria: entre el fallecimiento del hijo y la escritura de Aldeael dramaturgo creó varias obras, incluyendo un par de comedias.
¿Algunos de estos Shakespeares cinematográficos se acercan al Shakespeare real? Acaso iluminan partes de su alma, pero solo son versiones ficticias del supremo creador de ficciones sobre un escenario.
