Imaginen nacer en Madrid en los años ochenta y presenciar en los noventa algo similar a una epifanía: el gol de Mikel Lasa al Sevilla desde más allá del centro del campo. Imaginen llegar al colegio al día siguiente y ver a todos los niños intentando replicar en el patio el gol de Lasa, ya conocido como Lasazo. Imaginen recortar de los periódicos los numerosos gráficos del Lasazo y colgarlos en las paredes de su cuarto. Imaginen crecer mitificando aquel gol, sin pensar que quizás no fue para tanto. Imaginen ir al Bernabéu cada dos semanas esperando volver a ver algo similar al Lasazo, con fe infinita pero sin suerte, año tras año.
Imaginen, por lo que sea, faltar al reciente Real Madrid-Elche. Imaginen ser un fanático del Lasazo y perderte la versión mejorada que firmó Arda Gulerel Lasazo con wifi, el Gulerazo. Imaginen escuchar al día siguiente que te has perdido un gol histórico. Imaginen todo eso y verán que al final, en efecto, no era para tanto: solo han pasado unos días y ya nadie habla de ese supuesto gol histórico.
Tanto partido, tanto estímulo y tanto dramita superficial que ya nada deja poso. Qué está pasando.
Dicho lo cual, no termino de comprender a los que desean vivir acontecimientos historicos. A veces escucho frases del tipo ‘me hubiera gustado vivir la Revolución Francesa’ y pienso ‘oye, dale una vuelta’. No termino de comprender a aquellos que buscan emociones fuertes y desprecian el aburrimiento. Por qué querría yo vivir la toma de la Bastilla, si ya me parece demasiado estresante un partido entre el Castellón y la Cultural Leonesa. Ni loco me gustaría vivir la Revolución Francesa. Ni siquiera Mayo del 68, que ya lo escribí alguna vez: ojalá estará en mayo del 68, pero en mayo de 2068, jubilado y en batín, esperando la muerte.
A partir de cierta edad (la mía), la emoción está sobrevalorada. Una vez al año, pues bueno, una vez al año está bien remontar con dos goles en el tiempo de descuento. Pero, por norma, dame partidos sentenciados al descanso, dame segundos tiempos de puro maquillaje, dame finales tediosos que no necesito el sufrimiento para pasarlo bien. No he sido más feliz en un estadio que en una racha insólita de mi equipo, que enlazó una goleada tras otra en 2023. No echaba entonces de menos el drama. Me acostumbré rápido a la abundancia. Alguna vez hice hasta la ola.
Es un tema que atrae mi atención: se habla mucho sobre cómo cambia el fútbol y se habla menos sobre cómo vamos cambiando nosotros. Sobre cómo vamos a cambiar nuestra relación con nuestro equipo. Diría que se van repitiendo algunos patrones: sobrestimamos lo que vivimos de niños (ya sea por ‘bueno’ o por ‘auténtico’), a veces nos gustaría pero no sabemos dejarlo, y despreciamos por norma los cambios.
Si me exigen alguna conclusión, aporto esta: el fútbol es de los chavales. El fútbol marida a la perfección con esa actitud inmadura e insolente, el fútbol empuja a equivocarse y construye lo eterno desde lo efímero, una energía capturada en un momento, eso es un gol, eso es el fútbol. Y por eso el meollo del fútbol es de los chavales y los demás giramos en los alrededores para molestar lo menos posible, como hicieron un día nuestros padres, y como harán después de nuestros hijos cuando sean mayores.
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