Gran final de año para el primer equipo del Barça. Nueve jugadores catalanes en la victoria contra el Alavés, victoria convincente contra el Atlético de Madrid, en el Camp Nou, y después, sufrida, contra el Eintracht, y alineación del equipo más joven de los últimos 95 años, contra el Betis, en La Cartuja. Y claro, crisis de juego y de resultados en casa del adversario. Y una sensación de que la dimensión más personal o psicológica del deporte de élite, aquello que en el último artículo decíamos de los buenos líderes, que aparte de expertos en su disciplina tienen que ser expertos en “seres humanos”, ha ganado una cierta centralidad en los debates de actualidad deportiva. Lo ha hecho, claro, por la baja de Araújo, por el “que mee con la suya” de Guardiola, referido al necesario empoderamiento de los entrenadores de grandes clubs con respecto a la toxicidad de sus entornos, pero también, y sobre todo, por la comparación que se ha podido establecer, y que Mr Chip supo describir tan bien en X, entre la gestión que hizo la dirección del Liverpool de las declaraciones extemporáneas de Mo Salah, desautorizando al entrenador Arne Slot, y la que ha hecho el Real Madrid, ante las rabietas de Vinícius, desafiando la autoridad de Xabi Alonso. Mientras los rojos apoyando al entrenador, la dirección deportiva merengue no lo pareció oportuno. La consolidada tradición de los blancos de montar conjuntos a base de primer hecho a riesgo de aguar el trabajo de compositores, libretistas, y el resto del cuerpo de la orquesta, hace que en su historia, al lado de noches de un virtuosismo excelso, a veces tan vertiginoso que roza la brujería, también las ofrecen desconcertantes, magníficas para el culé, en las que, bajos afónicos llamamientos a la épica, asistimos al desmoronamiento de todos los hechizos.
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