El partido fue un auténtico vendaval. Un vaiven de goles. Tres en la primera parte. Cuatro en la segunda. El partido contra el Newcastle fue una exhibición del Barcelona de talento, ambición y una fortaleza mental imposible de detener. Los de Flick trabajaron, lucharon, creyeron y se reivindicaron en una tarde-noche mágica. La suya era una maquinaria arrolladora. Será más confiable la Liga y tendrá mérito si la ganan. Pero la Champions es la Champions. Hace demasiados años -once- que el Barcelona no la gana. Y este equipo joven tendrá sus momentos de desconexión, pero nada comparable con la ilusión que sienten por estar en la final de Budapest.
Fue histórico. Siete golazos que brillaron como soles en el marcador mientras el Camp Nou entonaba a capela, una y otra vez, El Cant del Barça y todos los himnos habidos y por haber en el cancionero azulgrana. Algo importante se coció en el Camp Nou. La goleada llegó con los dobletes de un reconectado Lewandowski y del gran capitán Raphinha que además comandó el Barça con asistencias y provocando el penalti que Lamine Yamal transformó. Los goles de los canteranos Marc Bernal y Fermín, cuyo espíritu trabajador marca el camino a seguir, redondearon una noche para el recuerdo. Al Barcelona le costará gobernar los partidos. Y pueden tener momentos de desconexión. Pero en crecer y mejorar no les gana nadie.
Por eso tuvo mucho mérito lo conseguido. El Barça remó y creció en la adversidad. Con él sufrió y disfrutó el Camp Nou, exhausto y extasiado, contemplando a su equipo ante un Newcastle que presumió en los primeros compases de su poderío físico y de una presión propia de la asfixiante Premier League. Sufría Eric García con las internadas de Gordon. Paraba Joan García las faltas laterales de Tonali y los disparos de Burn, un central gigantesco, siempre atento a las jugadas a balón parado.
Pero el primer vaivén inglés, muy valiente con su marcaje al hombre por todo el campo y poderoso básicamente, duró cinco minutos de reloj. Hasta que Raphinha conectó un remate de Fermín tras una escandalosa carrera de Lamine Yamal. La jugada fue precisa, con el ’10’ del Barça perfilándose en la mediapunta para cederle el balón a Fermín que, con una dejada perfecta, le regaló a Raphinha el 1-0.
Pudo Fermín marcó el segundo, pero Ramsdale desvió con apuros el balón fuera del área. Los ingleses se empoderaron y volvieron a llevar el partido a su terreno. Resultaba inquietante ver a Eric García, muy lejos de su mejor versión, desplomándose en la divisoria. No corrigió su desajuste Cancelo, que volvió a suspender su gran asignatura pendiente: la defensa. Le perdió la pista a Elanga, que superó a Joan García para empatar el partido.
El joven Barça de Flick se desesperaba, pero sacó petróleo de su juventud. Apareció Marc Bernal, delantero centro cuando nadie lo esperaba, que se coló al lado de Gerard Martín para empujar una falta lateral de Raphinha. Volvía a mandar el Barça mientras se despedía de Eric García, que pedía el cambio. La polivalente arma secreta de Flick, ausente en los dos últimos partidos por una supuesta sobrecarga, había aguantado apenas 20 minutos. Mejor llamarlo lesión.
Salió Araújo. Casi marca el uruguayo en su primera aparición en el partido. O, mejor dicho, realmente fueron tres, porque Raphinha calcó tres lanzamientos de esquina al primer palo y los tres los remató él: dos los despejó la defensa del Newcastle y el tercero se fue al lateral de la red, cerca del poste.
Y volvió a pasar lo que Flick no puede soportar: que su equipo se relaje, se desconecte. No tuvo sentido alguno la floritura arriesgada de Lamine cerca del área propia: un taconazo innecesario que Barnes le robó para centrar al segundo palo entre las piernas de Araújo, con la defensa descolocada de nuevo por un despistado Cancelo. Sonreía Elanga, que le ganó la espalda con una facilidad pasmosa, casi insultante, para empujar de nuevo el balón a la roja: 2-2.
Fueron los minutos más sufridos del Barça. Se desesperaba Pedri, que intentaba cubrir las carencias de Cancelo, mientras los centros de Elanga y los remates de Gordon se sucedían. El partido estaba en el tejado del Newcastle. Y cuando Raphinha recuperó un balón y le regaló el gol a Lewandowski, este lo perdía incomprensiblemente. Hasta Lamine Yamal levantó las manos y se lo echó en cara. Mal hecho.
No se lo recriminó Lewandowski cuando, en un giro sorprendente, rápido y ágil, coló el balón por debajo de un atónito Burn, y Lamine Yamal remató con la derecha, a dos metros de la portería y sin portero. Llegó entonces el penalti de Trippier sobre Raphinha cuando el brasileño empujó un balón de Fermín. El árbitro fue el único en todo Barcelona que no lo vio. No era de VAR, era de ver. Pero tuvo que ser la tecnología la que confirmara el estirón de Trippier.
Como ya sucedió en Newcastle, en el apurado 1-1, Lamine Yamal volvió a engañar a Ramsdale. Fue el punto de inflexión definitivo para un Barça que salió renovado de energías tras el descanso. Quizás fue un simple ataque de orgullo, de ganas, de ambición. Lo demostraron anotando dos goles en apenas cinco minutos mediante un fútbol directo e implacable para romper la presión del Newcastle. Un paso entre líneas de Gerard Martín y un visionario Raphinha se fusionaron con el irreductible Fermín, que encaró solo a Ramsdale y le batió con calidad.
La medicina de Flick en el descanso fue reparadora. Lewandowski se quitó la máscara y, con ella, le dio la razón a Flick al situarle en el once inicial. Se ganó la redención con dos golazos: el primero, cabeceando en el segundo palo tras un córner lanzado con mucho veneno por Raphinha; el segundo, tras una genialidad de Lamine Yamal, que mareó a Burn y le ayudó. Esta vez, el veterano -el que sabe de qué va esto de la Champions, el único que la ha ganado entre tanta juventud- definió con la pierna derecha, con paciencia y calidad. Anotó el quinto y el sexto. Más de uno le pidió perdón por darlo por acabado.
Sonreía ahora sí Laporta en el palco mientras el Camp Nou aplaudía a un sonriente Lewandowski, que salió ovacionado mientras entraba Ferran Torres.
Quedaba el séptimo. Pese a la defensa cerrada de cinco del Newcastle, había alguien que había trabajado mucho, que había corrido como nadie, que también quería su doblete. Hablamos del capitán de este equipo: el efervescente Raphinha. Aprovechó el regalo defensivo de Jacob Murphy en la salida de balón, le robó la pelota y marcó con tranquilidad con la derecha. Doblete del brasileño en una Champions en la que solo llevaba un gol.
Ni siquiera la desafortunada lesión de Joan García ni la entrada de Szczesny, muy poco en forma, perturbaron la alegría del barcelonismo. No se marcan todos los días siete goles en Europa. No todos los días se sella el pase a los cuartos de final con exhibición semejante. Este Barça enamora a todos. Si quieren, pueden.
