Antes de que la vorágine electoral nos arrastre y procedamos a tratar social y mediáticamente los comicios del FC Barcelona como un asunto nuclear en el futuro del mundo mundial, con la que está cayendo, es de justicia subrayar a tiempo su extraordinaria singularidad. Mientras todos los clubes de fútbol de élite se han vendido al mejor postor durante los últimos años, cediendo su propiedad a millonarios y fondos de inversión y convirtiendo a sus aficionados en meros figurantes, el Barça mantiene un modelo de propiedad que, aun con múltiples defectos, permite que sus socios y socias elijan a su presidente cada cinco años. Resiste también el Bayern de Munich en Alemania, con un formato mixto pero que no cercena el derecho a votar de sus afiliados, así como el Osasuna y el Athletic Club en España. Añadiríamos al Real Madrid, pero no lo haremos porque se hace difícil calificar a una entidad deportiva como mínimamente democrática cuando hace 20 años que no convoca elecciones y cuando su presidente ha tensado tanto los estatutos que para sucederle hay que ser Rafa Nadal o dos o tres tipos multimillonarios más. Tampoco es que hayamos detectado durante las últimas dos décadas dentro del madridismo (ni en el radical ni en el supuestamente progresista, igual de pelota) voces que se hayan levantado contra la paulatina conversión del club en un régimen alérgico a la pluralidad y que ha abierto no hace nada la puerta a la venta de una porción de la entidad sin levantamiento social alguno.
El Barça, dirán los ofendidos, no es precisamente un ejemplo de participación y transparencia, pero, aun con sus imperfecciones, opacidades y vergüenzas (fiscalizadas por un entorno cada vez más dócil, pero de vez en cuando capaz de soltar algún estertor para recordar lo que un día fue), mantiene intacta la máxima expresión de la democracia: el uso de las urnas. Más vale democracia imperfecta que su eliminación.
El 15 de marzo, guste más o menos la fecha, los socios decidirán libremente
El 15 de marzo, guste más o menos la fecha, decenas de millas de socios y socias decidirán libremente quién quieren que les gobierne. Se abre el turno para que Joan Laporta defienda lo hecho durante sus cinco años en el palco y de Víctor Font y el resto de los candidatos de explicar por qué consideran que lo harían mejor que su oponente. Dicho así suena muy normal. Pero, como no lo es, es pertinente recordarlo.
