“Ese ratito, esas dos horas que dura el partido sientes que estás en el estadio, en Argentina, con tu gente”, dice Walter Saraceno (Mendoza, Argentina, 1978), vicepresidente de la Filial River Plate Barcelona, justo después del superclásico argentino del fin de semana pasado contra La Bombonera. El duelo entre el Boca Juniors y el River Platequizás el derbi más grande del planeta, también tiene su versión barcelonesa en Cuarta Catalanala última categoría del fútbol territorial. Argentina es el país extranjero con más hijos en Barcelona, casi 50.000, y para muchos el fútbol es una puerta de entrada ya la vez una herramienta para regresar a casa.
“Me hace sentir como si estuviera en casa”, asegura ‘Pato’ Béchara (Buenos Aires, 1991), uno de los capitanes del Río de la Plata catalán, fanático desde la cuna por herencia de su abuelo Pedro. “La primera vez que me llevó aa la cancha fue a escondidas de mis padres porque yo ni si-quiera tenía cinco años y ellos pensaban que era peligroso. Es el primer recuerdo de mi vida.“, admite con emoción. “Nunca se lo contó a mis padres. Me decía que si quería ser su amigo no se lo podía decir y yo quería ser su amigo. Es el ídolo de toda mi vida”, afirma.
De mayor, Bechara iba a todos los partidos en casa y siguió al equipo por toda Suramérica y por toda Argentina, hasta que se prohibieron las aficiones visitantes por la violencia. Recuerda cruzar una favela en Brasil para ir a ver un Río Gremio: “Nos gritaban, nos tiraban piedras, papeles encendidos con alcohol. Yo pensaba: ‘Mira la locura que estás haciendo por River, poniendo en riesgo tu vida'”. No es para nada un caso extraordinario, en un país entregado al fútbol hasta límites que superan la comprensión y la lógica: “En Argentina el fútbol se vive de una forma bronceado apasionado que es indescriptible”.
Jugadores de La Boca y el Filial River Plate Barcelona. /CEDIDA
Llegó a Barcelona en 2021 solo y sufri la soledad. “Fue duro. Me costó”. Como a Saraceno: llegó hace nueve años con su mujer y sus dos hijos, buscando “nuevos horizontes”, y sin eufemismos, “un futuro mejor”.
“Uno deja todos sus afectos en Argentina”admite. El fútbol le dio los primeros recuerdos de su vida, junto a su padre en la celebración del mundial de 1986, y también los primeros abrazos y los primeros amigos de su nueva vida en Barcelona: una bienvenida, un camino. “Lo que te da a nivel social es enorme”, argumenta Bechara.
desarraigo
Es acercar su fútbol aquí para sentirlos más cerca de ahí, un nuevo arraigo dentro del desarraigo. “Es un punto de encuentro y en común para mucha gente, de contención, a través del nexo de río“, dice Saraceno, feliz de poder “disfrutar” del fútbol: “Es bastante atípico que se pueda vivir con tranquilidad y alegría”.
Ganaron su superclásico, marcado en el calendario desde septiembre, por 5-0. Dice Bechara: “Cuando surgió la posibilidad de venir a River no lo dudé. Representar a River en Europa es lo mejor que me podía pasar”.
“Es una forma de estar con lo que uno vivió toda su vida”, acentúa el presidente de La Bombonera, uno de los tres clubes tributo a Boca del fútbol catalán. Se llama fidel castro (Buenos Aires, 1957) y recuerda bien su primera vez en el estadio xeneize. Fue un 0-1 contra el Newell’s Old Boys en 1973 o 1974: “No lo terminé de ver porque se armó un lío grande y la policía empezó a tirar gases lacrimógenos. Oía las salvas mientras bajaba por las escaleras”.
Nunca quise llevar a su hijo a La Bombonera “porque las canchas ya eran peligrosas”. “Nunca me lo perdonó. Siempre me lo recriminaba”. Pero su hijo sí fue, una escondida. “Un viernes por la mañana se ponían a la venta las entradas para no sé qué partido y el jueves por la tarde fuimos con los amigos para hacer cola y nos quedamos a pasar la noche. Les dije a mis padres que me quedaba a dormir en casa de un amigo, pero como estábamos de los primeros nos hicieron una entrevista para la televisión”, ríe Gonzalo Castro (Buenos Aires, 1984), fundador de La Bombonera. En 2011, antes de un Espanyol-Boca, consiguió un carne de periodista para colarse en el hotel y saludar a Juan Román Riquelme, su ídolo.

Filial River Plate Barcelona. /CEDIDA
La familia, como tantas otras, había llegado después del Corralitotras el enésimo robo en su tienda de fotografía: “Se quedaron con mi mujer y le pedían más y más dinero. De repente uno le dijo al otro: ‘Pégale un tiro a esta hija de puta y mátala’. Cuando escuché eso sali corriendo y les dije que pararan, que ya no había más dinero, que se llevaban cámaras, bolsas llenas y lo que quisieran. Mi mujer nunca quiso dejar la Argentina, pero después de eso me dijo: ‘No aguanto más, vámonos de aquí‘”, cuenta Fidel. “Venir era perder todo lo que habíamos hecho, todo lo que teníamos. En cuanto a vida y en cuanto a dinero”, escupe. La primera vez en el Camp Nou la gente, tan sentada, tan tranquila, le pareció “amargada” y el partido, “aburri-do”.
La Bombonera
Gonzalo creó el club en 2015: “El nombre de La Bombonera ys porque puedes ver los partidos, pero lo que no está es el estadio. Es lo que no se puede sentir y es lo que más se extraña”.
El equipo, un espacio que va “más allá del fútbol”, tiene jugadores de toda Latinoamérica. ‘Pablito Escobar (Bolivia, 1993) llegó con 13 años y salió a la calle para jugar al fútbol, pero se dio cuenta de que “aquí no se puede jugar en las plazas”. “El fútbol me ha permitido integrarme y es el que me ha despejado de las cosas malas que existen”, asegura.
Lipsson Rojas (Perú, 1993) llegó a los 25 años para trabajar de camarero y de camino al metro se quedaba mirando los campos de fútbol: “Me dolía algo por dentro. Estuve tres años sin tocar un balón porque solo podía trabajar y lo extrañaba, por las ganas de pisar el campo y por la necesidad social. El día que volvía pensaba: ‘¿Me acordaré? ¿Se me habrá ido el fútbol?'”. Pero el fútbol siempre está.
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