No hay partido tranquilo en el Madrid, ni siquiera en el Bernabéu. El estadio blanco, históricamente un chute de adrenalina en vena para los blancos, se ha convertido en un frenopático. El Madrid juega atacado en casa, objeto de las iras de una afición cansada de los tumbos en los despachos, en el banquillo y en el césped.. El equipo salvó el resultado, pero la victoria no sirvió para comprar crédito. La mínima tregua ofrecida tras el relevo en el banquillo parece agotada, consecuencia directa de un fallo multiorgánico que amenaza con afectar a todos los estamentos del club. Lo deportivo no ilusiona y lo institucional está en el punto de mira, después de un largo período de almíbar en los dos ámbitos. Son tiempos duros.
Primero: el equipo no ofrece garantías. Puede ganar, aunque sea de penalti y en el último minuto, pero el traspiés siempre es una posibilidad, en este partido o en el siguiente. El déficit de calidad es alarmante, y cualquier rival se siente cómodo ante un equipo que históricamente sometía, por lo civil o lo criminal, con independencia del contexto.. Este Madrid tiembla ante cualquiera, incapaz de dominar los partidos, ni siquiera de imponer la calidad de sus futbolistas, casi todos ellos por debajo de su nivel (al menos téórico), por culpa de una ansiedad que transpira a la grada. El equipo es un manojo de nervios, la afición no pasa ni media y ya no se sabe si fue primero el huevo o la gallina; La cuestión es que el Madrid, que no hace tanto daba miedo, ahora está aterrado. Es un equipo que malvive apocado y tembloroso en el alambrmi.
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El Bernabéu ha tomado nota, y ni florentinoque parecía más allá del bien y del mal, se libra. Más allá de campañas orquestadas, con más eco en las cloacas digitales que en el mundo real, el madridismo no oculta su inquietud ante las muchas dudas que parecen en el horizonte institucional del club: la espectral Superliga, el faraónico proyecto de un Bernabéu (que parece haberse quedado a medio camino de la mina de oro prometida), y sobre todo el cambio en el modelo societario del club, que ofrece a día de hoy muchas más dudas que certezas.
En suma, tiempos crudos en Chamartín, porque el fútbol no tiene memoria, y el Madrid menos. Nadie diría, viendo el partido de ayer, que no hace ni dos años que nadie tosía al Madrid, dentro y fuera del césped, ni en España ni en Europa. La involución es, simplemente, surrealista.
