Máximo respeto a los propósitos de año nuevo. También a los que confunden propósitos con deseos. En Nochevieja me tocó participar en una especie de ritual: teníamos que escribir tres deseos para el 2026 y luego quemaban los papelitos con velas. Vivimos en una sociedad. No quise ser el típico que no se integra. Máximo respeto a las tradiciones ajenas.
El caso es que tuve una sensación: por lo que escuché, hubo poca originalidad en las peticiones al Año Nuevo. Los compartimentos clásicos (salud, amor y dinero) siguen copando el árbol de los deseos. Me atrevo a decir que nadie pide juego aéreo, cuando sería una virtud muy apetecible. Ojalá, en 1996, había pedido yo presión tras pérdida, habilidad con la pierna derecha y juego aéreo. Quizás ahora ya no tendría que preocuparme por el dinero, pero nadie me aconsejó jamás pedir juego aéreo, ni a Papá Noel, ni a los Reyes Magos ni al Año Nuevo.
Máximo respeto, también, a los del barco ochentero. La otra noche me explicaron muy bien lo del barco ochentero. Resulta que es un crucero: organiza fiestas en el barco y muchos conciertos. Pop español, viejos rockeros. Artistas de la década de los ochenta.
Entre mis amigos se abrieron dos corrientes de pensamiento. Una aplaudía el concepto. Otra apuntaba que quizás lo hacían en un barco, en alto mar, para que nadie pudiera huir de los conciertos. Por mi parte, máximo respeto al barco ochentero.
De hecho, se me ocurrió una idea de negocio: el barco noventero. Nada que ver con el barco ochentero. En el barco noventero no habría artistas sino futbolistas. Irías a un crucero y ahí estarían futbolistas de los años noventa, los auténticos. Irías a la piscina y te cruzarías con Tocornal, Chano y Dani Bouzas. No harían nada especial, simplemente estarían allí. Como mucho, les comentarías que los tenías en los cromos, que los fichabas en el PC Fútbol, que el fútbol de ahora ya no es lo que era. En el bufé esperarías en la cola junto a Lakabeg, Sinval y Roberto Fresnedoso. Acojonante. Lo gozarías pensando las veces que contarías después la anécdota, ya en tierra: «Me crucé con el Cuqui Silvani bajando unas escaleras». Tengo que desarrollar la idea, pero éxito asegurado el del barco noventero.
Inventa, maestro.
Máximo respeto, por último, a los que discuten sobre fútbol demasiado en serio. A los que no pueden evitarlo, a los que tienen que ganar cualquier cruce de opiniones sobre su equipo, el calendario o un delantero. A los que necesitan imponer su criterio en las sobremesas navideñas porque les va la vida en ello. Los respeto tanto, admiro tanto esa insistencia banal, que les regalo un pequeño consejo: añadid datos inventados que refuercen vuestros argumentos.
Nadie los va a comprobar, seamos serios, en una conversación sobre el mediocentro idóneo para el FC Barcelona. Inventad métricas relacionadas con recuperaciones por minuto, duelos ganados o pases en el último tercio. Revestiréis de autoridad vuestro parlamento. Dejadéis con la boca abierta a vuestros primos y abuelos. Nadie osará llevar la contraria. Aseguraréis otro año en mi podio del máximo respeto.
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