La victoria de Carlos Alcaraz en Australia obliga a renovar el patriotismo mediático que definió el reinado de Rafael Nadal. La exultante precocidad de Alcaraz y el carisma de su juego todavía no han creado una retórica propia. Mientras tanto, se le aplican los protocolos triunfalistas de un pasado en el que, demasiadas veces, el comentario deportivo –hijo del libro de estilo de José María García– ha perpetuado un tono y una estridencia que no acaban de ajustarse a la modernidad del personaje ya la voracidad del sistema de creación de ídolos. Tanto en la música pop como en el deporte de élite, la precocidad y la juventud han acelerado los ritmos de crecimiento y rotación. La gestación del éxito de Messi y de Nadal fueron más lentas y menos explosivas que las de Lamine Yamal y Alcaraz. Todo se construyó a partir de la piedra filosofal del sacrificio y la ejemplaridad, que son valores casi anacrónicos en la jerarquía actual.
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