lamentablemente, los insultos y las descalificaciones desproporcionadas a los árbitros forman parte de la cotidianidad en el mundo del fútbol.
Hace unos días, en un campo de fútbol de barrio, en Barcelona, un jugador de edad infantil se dirigió al árbitro tras pitar el final del partido diciéndole: “Eres un hijo de puta; eres malísimo”. El partido en cuestión acabó en empate. Fue un partido modélico, sin incidentes, y donde tanto jugadores, entrenadores y las familias que se encontraban en la grada se comportaron con normalidad.
Quizás haber encajado el gol del empate a apenas diez minutos del final, enervó excesivamente a aquel joven jugador y explotó. El colegiado le sacó una tarjeta roja y también una amarilla a otro chaval que también se sumó a la ‘fiesta’. Los padres abuchearon al árbitro durante los pocos segundos -a él se le debían hacer eternos- que tardó en abandonar el terreno de juego hacia los vestuarios. Lo hizo apresuradamente y con la cabeza gacha.
En otro campo de la misma categoría, el árbitro suspendió el partido porque unos padres invadieron el terreno de juego poseídos por la ira tras una trifulca donde se vio involucrado su hijo.
Sin duda, héroes anónimos vestidos de negro. Muchos de ellos, jóvenes árbitros que están comenzando y que les toca ‘bailar’ en los campos más hostiles del fútbol regional, pero a la postre, actores imprescindibles para que la competición se lleve a cabo.
Por desgracia, estos no son casos aislados. Suceden todos los fines de semana en muchos campos de categorías formativas. La pena es que algunos niños y no tan niños no hacen más que replicar aquello que ven en los campos de Primera División y lo que les ven hacer a sus padres. El comportamiento de algunos progenitores en esos campos de barrio es lamentable y preocupante. Los entrenadores y los clubes deben tomar cartas en el asunto. La formación no solo es una cuestión únicamente deportiva. La actitud, el fair play y el respeto al juez han de ser temas prioritarios en etapas formativas, más aún cuando hay padres que se dedican a normalizar comportamientos deleznables. Ver a niños de trece años insultando así al árbitro pone los pelos de punta y debería tener mayores consecuencias, ya no solo para los que lo hacen, sino también para los clubs que no lo combaten con determinación.
