Rodeado de pescadores cántabros –lo fue su padre, lo es su hijo–, Pedro Munitis es una rareza: vivió del fútbol.
–¿Por qué no siguió los pasos de su padre, por qué no se hizo pescador?
Con el dinero que había ganado de blanco, Munitis le regaló un barco a su padre.
–Mi padre me dirigió a cualquier sitio antes que ser pescador. Sabe de la dureza que hay ahí, y de su inestabilidad. Si va a la mar y pesca, el pescador cobra. Pero si no pesca, ha trabajado igual y no cobra –contaba Munitis en una entrevista reciente.
–¿Y por eso se hizo usted futbolista?
–Era el sueño de cualquier niño, pero nunca lo hice por ganar muchas cosas. Solo jugaba. Creo que el futbolista es un juguetón desde que es un niño hasta que se retira, e incluso después.
En realidad, Munitis ha sido siempre una rareza, también lo fue como futbolista, en especial en sus dos temporadas en el Real Madrid. Pequeño y bullicioso, piernas anchas y juego revuelto, como el mar Cantábrico, su espíritu casaba poco y mal con la esencia del Madrid galácticohermoso, de principios de siglo. En el vestuario, Munitis era uno más, igual que Raúl, Guti, Roberto Carlos, Zidane y Casillas. Sin embargo, jamás gozó de la consideración que se le daba a aquellos. Para Florentino Pérez, era Munitis un pavonun gregario, en oposición a los zidanes.
(Tal vez por eso mismo, Munitis acabaría regresando a su Racing, encharcado y ventoso, de duros inviernos y escaso glamur, donde la parroquia le veneraba).
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Eso sí, con el dinero que había ganado de blanco, Munitis se permitió una concesión familiar. Le compró un barco a su padre, el Antonia Sánchez, y así el hombre dejó de faenar para otros y pudo hacerlo para sí mismo.
El proyecto salió regular, aunque podía haber salido muy mal: un tiempo más tarde, el Antonia Sánchez naufragaba y se hundía, y el padre de Munitis salvó la vida por los pelos, como quien dice en la prórroga.
El susto no asustó a nadie, y menos a los Munitis, que siguieron pescando en aquel Cantábrico. Siguió haciendo el padre de nuestro Munitis y ahora lo hace el hijo del futbolista, Pedro Munitis Costas, otra rareza en esta sociedad de adolescentes consentidos: contra viento y marea, el niño que de crio peloteaba con los hijos de los zidanes Zarpó hacia el Cantábrico, como el abuelo, para disgusto del padre, que en estos días contaba:
–Mi hijo ha querido seguir dedicándose a este mundo de la pesca, y para mí es un orgullo. Pero si hubiera tenido que decidir yo, le hubiera llevado a otro sitio.
(Supongo que el mar tira; y en algunos casos, incluso más que el fútbol; por cierto, ha sido Javi Dale, una vez más, quien me ha puesto sobre la pista de Munitis).
