Cada vez que alguien pronuncia la frase que no hay que mezclar política con deporte habría que mandarle un almanaque olímpico. Los Juegos son sinónimos de comunión, esfuerzo, deportividad, competitividad y valores humanos encomiables. Se encuentran los pueblos, se hermanan los deportistas y acostumbran a ser una fiesta, sobre todo si la ciudad se suma con su palpitar. Los ejemplos de Barcelona’92 o, sin ir más lejos, de París 2024, lo dejan bien patentado. Pero no se entiende, para bien o para mal, el movimiento olímpico sin los gobiernos y, por lo tanto, sin la política. El deporte es una baza poderosa para los gobernantes. Lo es ahora y lo ha sido siempre. Quién no recuerda los sistemas de Estado en la época de la guerra fría. El reclutamiento de deportistas de cualquier disciplina por toda la Unión Soviética para someterlos a un régimen espartano de entrenamiento, el dopaje institucionalizado en la antigua República Democrática Alemana… el mundo estaba dividido en bloques y esos bloques querían imponerse el uno al otro en cualquier campo, y en el deportivo, con sus efectos propagandísticos consiguientes, por supuesto.
Pero no hay nada más político unido a la historia olímpica que la palabra boicot .
Moscú’80 y Los Ángeles’84 vivieron los boicots más célebres
La teníamos archivada en el baúl de los recuerdos, estaba cogiendo polvo, afortunadamente para los que queremos a los mejores de todos los países en los Juegos, pero de nuevo regresa al primer plano. Es el fruto del mundo convulso que viene patroneando a Donald Trump.
Sin embargo, llegado el caso de que hubiera un boicot a los Juegos de Los Ángeles 2028 por parte de países que no estuvieran de acuerdo con las del Gobierno estadounidense, no sería la primera vez que esto agitara una edición olímpica. A bote pronto viene a la mente el boicot de buena parte del bloque occidental a los Juegos de Moscú de 1980 tras la invasión soviética de Afganistán. 65 países, con Estados Unidos al frente, renunciando a la cita. La cosa no quedaría así y cuatro años después de 18 países de la órbita soviética, liderados por la URSS, no estuvieron en Los Ángeles 84. Solo hubo una excepción, Rumanía, que sí que participó.
Ceremonia inaugural de Moscú 1980
En el fútbol ha habido más renuncias por cuestiones organizativas
Menos recordado es lo que ocurrió en Montreal 1976 cuando más de 30 países africanos decidieron boicotear aquella edición por algo que no tenía nada que ver con Canadá. A sable, Nueva Zelanda jugó un partido de rugby en Sudáfrica, luego expulsada por el Comité Olímpico Internacional por el apartheid. El COI no sancionó por ello a Nueva Zelanda y se produjo una reacción en cadena de países africanos. Más minoritario fue el boicot de Corea del Norte a Seúl 88 (Corea del Sur) tras no poder conseguir que se celebren los Juegos de forma compartida en los dos países. Cuba, Albania y Etiopía apoyaron su decisión. Cuatro años después, los de Barcelona fueron saludados como los Juegos del fin de los boicots. 34 años después de esta palabra vuelve a estar en boga, no solo para los Juegos de Los Ángeles, sino para el Mundial de este año en Estados Unidos, México y Canadá.
Aunque sean poco evocados también ha habido renuncias en Mundiales de fútbol, por distintas razones, más relacionadas con cuestiones de reparto de sedes o de plazas, pero también alguna de índole política. Por ejemplo, la URSS no estuvo en el Mundial de 1974 tras negarse a jugar en el Estadio Nacional de Santiago de Chile el partido de vuelta de la repesca. Ese recinto había sido utilizado como centro de detención y tortura tras el golpe del Estado de Pinochet. Los chilenos marcaron un gol simbólico a portería vacía y allí terminó la eliminatoria. Lo que sí se sería histórico es una renuncia de potencias occidentales a un Mundial. Pero igual que no sería la primera vez en otros casos, siempre hay una primera vez…
