En Melbourne se está jugando el Abierto de Australiauno de los cuatro grandes acontecimientos anuales del tenis mundial. Hace unos días, en la enorme pista Rod Laver, abarrotada, el alemán Sascha Zverev acababa de doblegar al canadiense Gabriel Diallo Después de casi tres horas de pelea. Como es tradición, un periodista de la organización salió al centro de la pista para entrevistar, micrófono en mano, al vencedor.
Y en esto se oyó una voz (en inglés) desde el público: “¡Cásate conmigo, Sascha!” Y sí, allí se vio un cartel de cartón en el que decía lo mismo (Cásate conmigo, Sascha) con muchos corazoncitos dibujados.
Esto no es nuevo. Es frecuente que los tenistas escuchen frases parecidas en los partidos, o que aparezcan carteles en los que se les propone matrimonio o cosas aún más explícitas: aún se recuerda aquel letrero dirigido al musculoso estadounidense Tommy Paul que decía: “Tommy, jugar desnudo” (Tommy, juega desnudo).
Lo sorprendente del caso fue que el cartel y la propuesta sonora dirigida a Zverev no procedían de una chiquilla o de una guasona señora ya entrada en años, como suele suceder, sino de un mozo treintañero de espectaculares hechuras, con barba de tres días, ojos claros, brazos cultivados en el gimnasio, pectorales marcados bajo la camisa y una sonrisa muy divertida.
Pero lo mejor fue la reacción de Zverev. Ni se puso nervioso ni se azoró ni se ruborizó. Se volvió hacia el muchachón y, con toda la tranquilidad del mundo, le dijo por el micrófono: “¿Y el anillo? Porque estas cosas se piden con un anillo”. El público, como es comprensible, se mondaba de risa y aplaudía a rabiar.
Sascha Zverev, muchacho por demás atractivo, no es gay. Esto lo sabemos. De hecho, ha padecido graves quebrantos emocionales (y deportivos) a causa de una novia que tuvo, con la que la cosa no acabó bien. Pero ¿cuántos tenistas varones, pongamos que de los 150 primeros del categoría mundial, son abiertamente homosexuales? No lo busquen, se lo digo yo: ninguno. Mientras que en el tenis femenino está perfectamente asumido, desde hace muchos años, que muchas jugadoras son lesbianas, en el tenis masculino eso no pasa. Y, con toda seguridad, haberlos, haylos. Entonces, ¿por qué no lo dicen?
Cuando alguien pregunta esto, la respuesta es siempre la misma: porque eso no es importante. Pertenece a la vida privada de cada uno, replican. Ah, no. Esa contestación es una sutileza típica de la moralina de parroquia. Si eso fuese verdad, sucedería lo mismo con las chicas, que lo ocultarían; y no lo hacen. La normalidad, pues, está en lo que hacen ellas, no en lo que hacen ellas.
El público del tenis no es como el del fútbol. Es mucho más educado y respetuoso. Las graduadas de los estadios futbolísticos sacan de mucha gente (no de toda, por fortuna) su lado más australopiteco. “Maricón” es uno de los insultos más repetidos hacia el jugador que cuida su aspecto o al que, sencillamente, se le tiene manía. Pero eso es inimaginable en una cancha de tenis. Y, sin embargo, el famoso ‘armario’ sigue tan cerrado entre los tenistas como lo está entre los futbolistas.
Por eso, aparte de la broma, es tan importante la deliciosa reacción de Sascha Zverev ante la ‘propuesta de matrimonio’ de aquel mocetón. En estos tiempos en que la extrema derecha homófoba parece avanzar por todas partes, el jugador alemán reaccionó con humor, con elegancia y con absoluta naturalidad, como lo habría hecho si la declaración procediese de una chica. Ni lo ignoró ni lo despreció ni se mostró incómodo. Se limitó a recordarle que esas cosas se hacen con un anillo de por medio, como manda la tradición. Así que, en lo que se refiere a educación ya habilidad… juego, set y partido para Zverev.
