La historia reciente ofrece además una lección relevante para entender esta dinámica. El uso de la fuerza rara vez ha producido transformaciones políticas internas estables o procesos de liberalización sostenidos. Vietnam, Irak o Afganistán muestran que la intervención militar tiende, más bien, a fortalecer aparatos de seguridad, centralizar el poder y debilitar instituciones civiles. Desde una perspectiva económica, esto no es un dato menor: Estados más cerrados, orientados a la lógica de la seguridad y más impredecibles. Esto eleva el riesgo país, encarecen el financiamiento y refuerzan la lógica del impuesto invisible que pesa sobre el comercio y la inversión internacionales.
Lo que este proceso pone de manifiesto es algo fundamental: la economía global no es autónoma respecto del orden político internacional. Por el contrario, depende de él de manera estructural. Las instituciones políticas internacionales —formales e informales— han funcionado históricamente como mecanismos para reducir costos de interacción, estabilizar expectativas y canalizar conflictos dentro de marcos previsibles. Ese entramado institucional no solo cumple una función normativa o diplomática; constituye una pieza central de la infraestructura económica global, tan relevante como los puertos, las rutas marítimas o los sistemas de pago.
Cuando ese entramado se debilita —ya sea por la deslegitimación del derecho internacional, la normalización de acciones unilaterales o la erosión de mecanismos multilaterales—, el impacto se traslada de forma casi automática al ámbito económico. La economía no se “libera” de las reglas: se encarece. Aumentan los costos de transacción, se multiplican las coberturas contra riesgo político y se vuelve necesario inmovilizar más capital para operar en entornos inciertos y menos previsibles.
Existe, en este sentido, una relación de interdependencia simbiótica entre las instituciones políticas y las instituciones económicas y financieras internacionales. Las primeras proporcionan legitimidad, reglas y previsibilidad; las segundas traducen ese marco en flujos de comercio, inversión y financiamiento. Cuando uno de estos componentes se debilita, el otro inevitablemente resiente el impacto. No son dos sistemas separados, sino dos dimensiones de un mismo orden que se sostienen mutuamente.
El Estrecho de Ormuz funciona así como símbolo y mecanismo. Símbolo de la interdependencia energética global, pero también mecanismo de transmisión de la fragilidad institucional hacia precios, crédito y comercio. Cada advertencia, cada represalia, cada duda sobre control político añade fricción. La fragmentación del orden internacional no elimina la cooperación, la vuelve más selectiva, más condicional y significativamente más costosa.
