Cada vez que se produce una crisis internacional, Europa se rasga las vestiduras y se conmina a aprender la lección y ser más autosuficiente para no tener que depender tanto de la energía o las materias primas de países o poco confiables o en lugares que son un avispero … desde el punto de vista geopolítico. El problema es que las crisis se producen cada vez más a menudo y con menos tiempo para reaccionar sobre todo en una Europa tan reglamentada y con tantos socios que le cuesta trabajo avanzar y tomar decisiones.
En apenas seis años, desde que en 2020 estalló la pandemia del Covid que provocó un colapso mundial, estamos ya asistiendo a la tercera gran crisis que pone patas arriba la economía de todo el planeta.
No tengo muy claro que Donald Trump y el gobierno del país más poderoso del mundo fuera consciente de las consecuencias que su decisión de atacar a Irán iban a tener. De un conflicto se sabe cuándo se entra pero es muy difícil saber cuándo se vende. E incluso si Trump decidiera, por motivos internos, salir del país, no está muy claro que el avispero que se ha agitado pueda volver a la calma de un día para otro. Pero lo cierto es que en esta guerra, que no ha respetado ninguna legalidad internacional, y de la que la UE se ha entrado poco menos que por los periódicos, o por la red social X, los europeos vamos a sufrir tanto o probablemente más que los que la han provocado. Y lo peor de todo es que ni siquiera está sirviendo para acabar con el régimen represor, dictatorial y abominable de los ayatolás.
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Raúl Masa, Carlota Pérez y Enrique Serbeto
El viernes vivimos una nueva vuelta de tuerca a la humillación y el ninguneo con el que EE.UU. Se trata de Europa que, recordemos, tiene una guerra abierta en su territorio, provocada por Rusia. Porque eso es lo que significa que el Gobierno norteamericano levante el veto al petróleo ruso y permita su compra, aunque que sea de manera temporal. Y como siempre, sin consultar a los aliados europeos. Y, de nuevo, con un efecto mínimo los mercados, ya que el precio del crudo Brent se mantuvo en el entorno de los 100 dólares por barril. Ni el anuncio de la liberación de 400 millones de barriles, ni el permiso para comprar otros 100 millones de barriles rusos han servido para bajar los precios.
Y, de nuevo, nos pilla con una enorme dependencia del crudo y solo una pequeña ventaja, la debilidad del dólar, que abarata un poco las compras. Aún así estamos viendo como en las gasolinaras el precio del litro de combustible se aproxima a los dos euros, con subidas de hasta el 20% en el caso del gasóleo.
En esta situación, la subida del precio del crudo y de los fertilizantes es solo el primer eslabón de la cadena. A partir de ahí, lo lógico es que se encarezca el transporte, los alimentos y todos los productos cuyos costes de fabricación crezcan con la guerra. Y aparte de los combustibles, Irán ha aprendido pronto el enorme daño que puede hacer al comercio mundial impidiendo que transiten barcos por el estrecho de Ormuz. Y dicho y hecho. Las llamadas a la valentía de Trump han tenido poco éxito y ninguna naviera se atreve a transitar por la zona.
En este entorno, de nuevo, la UE está ante la oportunidad, o la obligación, de apostar por la energía propia, por las renovables y, como decía esta semana la presidenta de la Comisión, por la nuclear. Von der Leyen calificó de «error estratégico» el cierre de nucleares. Ojalá esta situación sirva al menos para que tomemos nota y el Gobierno ceda por fin y alargue la vida útil de Almaraz. Cuanto menos dependamos del petróleo y el gas, mejor.
