En el siglo XXI, el arte ha dejado de ser únicamente una forma de expresión cultural para convertirse en algo mucho más poderoso y ambiguo: un sistema financiero paralelo.
En un mundo atravesado por la inestabilidad política, las sanciones, la inflación y la vigilancia bancaria, una obra de arte funciona hoy como un activo portátiluna reserva de valor y una herramienta de circulación de riqueza que opera por fuera de muchos de los controles tradicionales.
LEA TAMBIÉN
El mercado global del arte.
Las cifras lo confirman. El mercado global del arte mueve alrededor de 57.000 millones de dólares anuales, una magnitud comparable al PIB de países enteros. Incluso en un contexto de desaceleración económica mundial, el volumen de transacciones sigue creciendo y supera los 40 millones de operaciones al año, lo que indica que el arte ya no es solo un lujo para unos pocos, sino una arquitectura compleja de intercambio, inversión y especulación.
Una pintura de Basquiat, una escultura de Giacometti o una instalación de un artista consagrado pueden cruzar fronteras con mayor facilidad que una transferencia bancaria.
Lucrecia Piedrahita, arquitecta y curadora de arte. Foto:cortesia
Pueden almacenarse durante años en puertos francos en Ginebra, Luxemburgo o Singapur, fuera del alcance inmediato de las autoridades fiscales. Pueden utilizarse como garantía para préstamos o como instrumentos de negociación. entre grandes patrimonios.
En muchos casos, el arte no se compra para colgarse en una pared, sino para ser guardado, transferido y valorizado. Este fenómeno ha reconfigurado por completo el ecosistema cultural.
LEA TAMBIÉN

El precio del arte
Las grandes ferias funcionan hoy como bolsas de valores estéticos, donde los precios se fijan, se prueban y se consolidan ante un público global de compradores. Las megagalerías operan como bancos de inversión: administran portafolios de artistas, controlan la escasez, influirán en la demanda y gestionarán cuidadosamente la reputación de cada nombre.
Los museos, por su parte, se convierten en instituciones de legitimación que pueden disparar —o desplomar— el valor de una obra con una sola adquisición o exposición. No es casual que ciudades como Nueva York, Londres, Hong Kong o Miami Concentran una porción desproporcionada del mercado global.
‘Sin título’ (1982), obra del artista Jean-Michel Basquiat. Fue vendido por 85 millones de dólares. Foto:EFE
No solo albergan artistas y coleccionistas, sino también la infraestructura financiera, legal y logística que permite que el arte circule como capital. Allí se cruzan abogados, aseguradoras, fondos de inversión, casas de subastas y asesores patrimoniales. Donde fluye el dinero, el arte encuentra su hábitat natural.
La financiación del arte también plantea un dilema ético. Cuando una obra se convierte ante todo en un activo, corre el riesgo de perder su potencia crítica y su vínculo con lo social. Los artistas empiezan a producir para el mercado antes que para el pensamiento.
LEA TAMBIÉN

Las instituciones se ven presionadas por intereses privados. El público, mientras tanto, queda relegado a observar un sistema que ya no le pertenece del todo. Y, sin embargo, ignorar esta realidad sería ingenuo.
El arte ya forma parte de las arquitecturas globales del capital, del mismo modo que lo son los bienes raíces, la tecnología o las materias primas.
Artista Jean-Michel Basquiat. Sus obras se han vendido en más de 100 millones de dólares. Foto:Otros
La pregunta decisiva no es si debe o no estar allí, sino cómo puede operar dentro de ese sistema sin renunciar a su capacidad de incomodar, de revelar y de imaginar otros mundos posibles.
En la economía cultural contemporánea, el museo es una bóveda, la feria es una bolsa y la obra es una acción. Entenderlo no es cinismo. Es una condición mínima para comprender el verdadero poder —y el verdadero riesgo— del arte hoy.
LEA TAMBIÉN

Lucrecia Piedrahíta
Arquitecta y curadora de arte
