Leía estos días dos noticias que, aun de menor trascendencia, resultan paradigmáticas para clarificar el auge de la extrema derecha y entender lo que se avecina. La primera informaba del manifiesto por la regeneración del PSOE, cuyos promotores señalan a Pedro Sánchez como responsable de la eclosión de Vox, tal como viene haciendo el PP.
Una afirmación que sorprende, pues, si estuviéramos ante una singularidad española, ese señalamiento podría tener su sentido, pero resulta que el auge de los radicalismos se da en todo Occidente y con aún mayor contundencia en otros países. Así, más allá de lo bien o mal que lo haga el Gobierno español, lo trascendente es que arrastramos un mal de fondo que, viniendo de lejos, emerge a partir de la crisis financiera del 2008 y, ante la incapacidad de la política tradicional para abordarlo en profundidad, ha ido manifestándose en forma de apoyo a la extrema derecha.
Las mismas élites que alientan alegremente el ‘procés’ ahora empiezan a hacerlo con Orriols
El malestar se origina en la ruptura del modelo dominante en los países occidentales, cuyo crecimiento económico iba de la mano de la cohesión social bajo la tutela de las instituciones democráticas. Un equilibrio que fue resquebrajándose a medida que una globalización acelerada y desgobernada golpeaba a las clases medias y condenaba a la marginalidad a amplias capas de la población. Y en ese tránsito, iniciado hace ya varias décadas, nada tuvo que ver los políticos de la generación de Pedro Sánchez que, al asomarse al poder, ya heredaron un mundo fracturado y de muy difícil reconducción. Así, mientras no asumimos las razones más profundas del desastre y nos limitamos a señalar al rival político, seguiremos adentrándonos en un callejón sin salida.
La segunda noticia se trata de la invitación del Golf del Empordà a Sílvia Orriols para la presentación de su proyecto político al establishment económico. La iniciativa ha generado un notable revuelo, pese a que el encuentro de un club privado con una autoridad pública no debería alborotar de esta manera. Pero lo relevante es que confirma una tendencia que se viene percibiendo desde hace meses: una parte de la Catalunya acomodada empieza a hacer suyo el discurso de la alcaldesa de Ripoll. Todo ello me recuerda cuando, hace años, las mismas élites empezaron a coquetear con el proceso en un ejercicio de aquella frivolidad que solo pueden permitirse los que tienen la vida arreglada; que hicieran suyo el “España nos roba” resultó determinante para que el proceso alcanzará tal dimensión.
El proceso independentista tuvo, especialmente para Catalunya, unas consecuencias lamentables, de las que pacientemente nos vamos recuperando. Pero apuntarnos ahora a la oleada radical puede conllevar unos efectos aún peores. Por ello, a esas personas acaudaladas que alentaron alegremente el proceso y ahora empiezan a hacerlo con Orriols, les pediría que, si realmente les preocupa el bien común, pensaran en el verdadero porqué del desastre o, de no hacerlo, que tranquilamente se dedicarán a jugar a golf.
