el presidente Donald Trump Tomé la decisión hace años. No le renovará el mandato a Jerome Powell cuando concluya en mayo. El magnate lo designó, y le hizo la cruz muy pronto, ya en su primera presidencia. Pero no pudo despedirlo. El viernes, anunció que Kevin Warsh lo reemplazará, un ex gobernador de la institución en los tiempos de Ben Bernanke y la gran crisis de Lehman Brothers. Es curioso que en 2017 Trump prefirió a Powell sobre Warsh como sustituto de Janet Yellena quien no le concedió tampoco la posibilidad de repetir mandato. Para el presidente la selección fue un error gravísimo que ahora pretende corregir con este enroque (Powell puede permanecer en la Junta de Gobernadores, si quiere, hasta enero de 2028). Para el banco central su decisión no trajo mayores problemas. Bajo la conducción de Powell, de hecho, la Fed concretó en 2022/2023 la operación de aterrizaje suave más impecable de toda su historia. Si no fue la única.
El efecto impacto de la noticia del viernes resultó notable: los precios de los metales preciosos se destruyeron como nunca desde 1980. ¿Qué anticipas? ¿El fin de la historia que alentó su vertiginoso ascenso? Tras establecer nuevos máximos, el oro se hundió 11% y la plata, 31%. ¿A quién nombró al presidente? “A un halcón fiscal y contra la inflación”, se lee en las reseñas ad hoc. Nadie ignora, sin embargo, que la carrera que ganó Warsh fue un proceso prolongado, sino riguroso, para elegir con sumo cuidado una paloma que no contrariase a la Casa Blanca.
El cobre, otra cobertura popular en estos tiempos de desconfianza sobre la nominalidad, se precipitó 7%. ¿Trump designó a un duro, entonces? ¿Sin darse cuenta (otra vez)? ¿Pueden los inversores abandonar sus refugios? ¿Queda enterrada, por ejemplo, la especulación sobre la depreciación consentida del dólar? Si se mira dónde hay que mirar, la recepción fue mesurada, poco expresiva. guerra, ¿es un halcón? Los mercados relevantes no lo aseveran. El índice del dólar trepó 0,7%, pero desde sus mínimos de cuatro años. Las tasas de diez años no bajaron, subieron 3 puntos base. El índice S&P, de los máximos, cayó un 0,7%. Lo positivo es que no hubo maltrato. La figura de Warsh se probó potable y no un fiasco. Si las tasas largas se hubieran disparado al alza otra sería la historia que se contaría hoy. Después de todo, Trump amenaza la independencia de la Fed desde el día uno de su período inicial. Los mercados confiaron siempre en que se preservará intacta. Y eso no cambió.
Halcon o paloma
¿Quién es en verdad Kevin Warsh? ¿Un halcón para los mercados (de metales) y una paloma para Trump? Kevin Hassett y Kevin Warsh fueron los dos candidatos que Trump tuvo siempre en el pectore para desplazar a Powell. De los dos Kevin, Warsh fue el único que les supo hablar a los mercados y al presidente sin provocar la descalificación de ninguno de ellos. Hassett no pasó el examen de los mercados. Cuando se lo impulsó como nombre puesto en diciembre las tasas largas se erizaron pese a que la Fed rebajaba las suyas. Ahí se acabaron sus posibilidades. Y se definió la suerte favorable de Warsh.
No importa qué se piense de él, Warsh tenía mejores credenciales para ocupar la posición. Este ex banquero de Morgan Stanley fue gobernador de la Fed entre 2006 y 2011. Si bien su designación generó controversia también en aquel momento, el presidente de entonces, ben bernankeun hombre de la academia, reconoció que su participación le resultó muy útil durante la crisis de Lehman por la profusión de sus contactos en la banca y la fluidez de sus canales de información. Esta vez Warsh fue saludado por sus colegas Jaime Dimón (JPMorgan) y Lloyd Blankfein (ex Goldman Sachs), por Mohammed El-Erian (que lo conoce del G30) y hasta por Gita Gopinath (ex FMI). Bernanke, que lo conoce mejor que nadie para la función, guarda silencio.
En esos años, Warsh supo ser un halcón convencido (y equivocado, por cierto, cuando se oponía con obstinación a las iniciativas de estímulo que permitieron la recuperación). Un discurso suyo – del 26 de marzo de 2010 – viene particularmente un cuento. En “Una oda a la independencia”, el flamante elegido por Trump sostuvo con énfasis que “si la Fed pierde su independencia, su credibilidad duramente ganada se disipará con rapidez. Y los costos para la economía serán incalculables: una inflación más alta, menores niveles de vida y una moneda que arriesgará la pérdida de su estatus como activo de reserva”. Una pieza desmontable.
Su discurso, quince años después, pivotea sobre otro guion, que se ubica en las antípodas. En línea con las críticas de la Casa Blanca, el año pasado reconocía el éxito de las políticas de Trump en propulsar una economía pujante, frenada únicamente por la tozudez de un banco “no central y no cooperativo”. A lo largo de 2025, en sus frecuentes apariciones públicas se promovió un cambio de régimen profundo en la Fed, “de forma de pensar, de modelos y también de personal”.
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Reserva Federal
Warsh, se dijo, le supo hablar a Trump ya los mercados. Desde ya, en ese orden de prelación. El presidente, después de todo, es quién definió la designación. Pero sin la complicidad de los mercados tampoco hubiera prosperado. ¿Y qué le dijo al presidente? Que la baja del déficit fiscal (gracias al aumento de la recaudación debido a la suba de aranceles que dispuso la Administración) es la solución del problema de la deuda pública; que la inteligencia artificial y el auge de la productividad son una fuerza deflacionaria que la Fed no alcanza a comprender (tampoco las estadísticas, a decir verdad), y que todo eso es compatible con tasas más bajas. En pocas palabras, que Trump tiene razón y que la Fed tiene que cambiar. No son argumentos que resistan una indagación muy profunda. Un boom de productividad, por caso, es compatible con tasas de interés más altas y no más bajas como propone. Pero el presidente lo autorizó. Escucha lo mismo de Scott Bessentel secretario del Tesoro.
Qué pasará en los mercados
¿Y los mercados no se espantan? No. Comprenden que Warsh aspira, primero que nada, a conducir la Fed. No les importa demasiado lo que diga. No es que comprenda todo lo que señala. Le dan el crédito de poder calibrar mejor la puntería cuando eso sí importa. Basta releer “Una oda a la independencia” para certificar que entiende los problemas. Y cuando no, puede consultar al personal. Pero además Warsh es un hombre de los mercados. Como su principal avalista, Scott Bessent, el secretario del Tesoro. El propio Trump reflexionó sobre esa faceta. Resaltó su asociación con el legendario inversor Stan Druckenmiller en Duquesne Capital. Los tres han trabajado mucho tiempo juntos. Esa es la sintonía profesional que Trump quiere instalar en la Fed.
Más allá del bien y del mal, Druckenmiller habla sin pelos en la lengua. Y aclara el panorama. En su “campaña” proselitista, Warsh recomendó una fuerte reducción de la hoja de balance de la Fed. Así, de paso, renovó la chapa de halcón mientras explicaba, increíblemente, que eso supone sacar recursos de Wall Street y redirigirlos a Main Street, a la economía real. “No lo va a hacer. Mucho menos ahora. No va a ser tan estúpido de provocar un derrumbe económico”, dijo. Y tiene razón. Sería todo lo contrario a los malabarismos que hace Bessent desde el Tesoro para financiarse.
Druckenmiller es más que un inversor excepcional, es (o era) su socio. ¿Qué hará Warsh entonces? Lo sabremos recién cuando asuma, una vez reciba la aprobación del Senado. Lo que diga hoy, o haya dicho todos estos años, es accesorio. No entrará en funciones antes del 15 de mayo. Y podría dilatarse. Que a la Fed la conduzca por un tiempo la gobernadora Michelle Bowman, antes que Warsh, es un escenario altamente probable.
El plan inicial, de arranque, parece muy sencillo. Druckenmiller afirma que Warsh está plenamente convencido de la posibilidad de que la economía crezca vigorosa y que la inflación amaine. Y que por ende la Fed pueda bajar las tasas de manera fundada y responsable, y no colisionar con la Casa Blanca. El camuflaje de halcón le resulta útil. No lo abandonará. Leía permitir alardear independencia y mantener la reputación. En paralelo, y en los hechos, la realidad del boom tecnológico (y de la productividad) le facilitaría obrar como una paloma.
A Druckenmiller, la independencia de la Fed lo tiene sin cuidado. Él, personalmente, está muy “entusiasmado” con la estrecha relación entre Warsh y Bessent. “Que haya un acuerdo entre el Tesoro y la Fed es lo ideal”, apunta. ¿Podrá Warsh llevarse bien con dios y con diablo y dejar a todos satisfechos? Es decir, posar de halcón y actuar como paloma. Si los astros se alinean, es perfectamente posible. Especialmente si Bessent, el cerebro detrás de todo esto, apacigua las demandas de Trump y evita que lo torpedee como hace con Powell.
Después de todo, la Fed de Powell también está convencida de que la inflación va a caer. Y no ha sido mezquina en materia de tasas. Las recortó 100 puntos base en 2024 y otros 75 en 2025 a pesar de que la inflación persiste por encima de la meta del 2% desde 2021. Pero Trump quiere las tasas en el 1% y eso sí no tiene gollete. Y tampoco lo tendrá para Warsh.
Siendo un hombre pragmático sabrá qué es lo que le conviene. No hará el papel que hoy ejecuta el gobernador Stephen Miran y no sirve de nada (lo condena a perder todas las votaciones). Como funcionario le bastará desempolvar sus viejos discursos para marcar distancias. Uno podría apostar a que Warsh será independiente de Trump, pero no de Bessent. La supervisión bancaria opera así en la actualidad bajo el mando de la gobernadora Michelle Bowman, perfectamente alineada con el Tesoro. Y adopta medidas audaces y nadie dice nada.
Por último, Trump ya sabe lo que es nombrar un presidente de la Fed y que no le cumplirán las promesas. Y tampoco debería quejarme. Él podrá sobrevivir a una traición de Warsh y hasta beneficiarse del manejo eficaz de la política monetaria. En cambio, lo hundiría un fracaso rotundo de su elegido y una crisis de credibilidad de la Fed. Es como quien dice, no hay mal que por bien no venga.
