En el 2006, la tecnología doméstica vivía en transición: todavía arrastrábamos rutinas analógicas, sin embargo, sin saberlo, estábamos a punto de entrar en un cambio de paradigma que transformaría nuestra manera de vivir, de trabajar y de relacionarnos. Mirábamos la tele en un tubo de toda la vida, pero soñábamos con una pantalla plana. Las todavía películas eran VHS, aunque el DVD ya ganaba la batalla. Pero el ritual era el mismo: pasar por el videoclub del barrio o, los más afortunados, por un Blockbuster, elegir una película y devolverla a tiempo. El catálogo era físico y el recomendador era humano: el dependiente que te decía “esta te gustará”.
En casa dominaba el ordenador de sobremesa; los portátiles eran caros y poco portátiles. En cambio, Internet estaba siempre encendido: ADSL y cable, y el módem dejó de interpretar aquella sinfonía metálica al conectarse. La banda ancha “normal” era 1 Mb; “ir bien” 3 o 4; y “volar”, 20… si la línea te quería. Navegamos con Internet Explorer 6, mientras Firefox emergía como la decisión “de los que sabían”. Google ya era la puerta de entrada en internet. Y empezaban a abrirse paso las primeras redes sociales: el mundo se estaba conectando, pero todavía no era adicto.
vinculo
El 13 de febrero del 2006 abrió puertas en Barcelona el primer MWC; una relación que ha marcado dos décadas de transformación
En las empresas el futuro convivía con el pasado: el e-mail marcaba el ritmo pero el fax seguía trabajando. Y en los hogares el teléfono fijo era universal y las cabinas seguían poblando calles, sobre todo cuando te quedabas sin saldo en el móvil o ante una emergencia. El móvil ya era masivo, pero todavía no era un asistente. Sony Ericsson simbolizaba que el móvil ya era música y cámara; la BlackBerry, que el correo podía vivir en el bolsillo. Los SMS eran moneda: 0,15 € por 160 caracteres. Y el “móvil gratis” era un pacto por el que las operadoras subvencionaban los terminales para captar y retener clientes. Steve Jobs presentaría el iPhone en el 2007. Por lo tanto, en el 2006 todavía no existía la economía de aplicaciones, ni la geolocalización de cada día, ni la costumbre de mirar el teléfono cada treinta segundos.
Pero el terreno ya estaba preparado: tarifa plana, conexión permanente, publicidad digital, datos como activo y el valor desplazándose hacia plataformas. No era solo tecnología: era un cambio de modelo de negocio. En el 2006 todavía viajábamos con mapas de papel en el asiento del copiloto. Buscar una calle era una misión y llegar, un milagro. Hoy Google Maps nos guía giro a giro y, con Street View, reconocemos la fachada antes de salir de casa. Yo mismo lo digo medio risueño, medio en serio: Google Maps salvó mi matrimonio, porque acabó con las discusiones del ¿“dónde estamos?” y “¿por dónde se va?”. Y después dicen que la tecnología no nos cambia la vida para bien.
Este es el contexto en el que el 13 de febrero del 2006 abrió puertas en Barcelona el primer Mobile World Congress (entonces 3GSM World Congress). Aquella mañana se sembró una relación que ha marcado dos décadas de transformación. Barcelona y el MWC; el MWC y Barcelona. Una alianza que ha convertido la ciudad en uno de los espacios desde donde se definirá el futuro tecnológico de Europa.
