El caso de Villamanín es una lección de economía. Allí se vendieron 450 participaciones del número agraciado con el Gordo, pero 50 no estaban respaldadas por sus correspondientes décimos. Dicen que fue un error y parece que gran parte del pueblo así lo cree. … Media España busca razones emocionales para vender participaciones sin control. Cuando no toca, pan comido. El problema es cuando toca: entonces queda al descubierto la picaresca o el descubierto, porque el sistema descansa en la confianza. Emite un papel que promete una conversión futura en dinero si hay premio. Cuando llega el momento, descubres si la promesa era sólida o no.
Esta dinámica, tan habitual en nuestras Navidadesexponen dos mecanismos. El primero es conductual: mientras el dinero es solo una posibilidad, actuamos con desapego y nos dejamos seducir por causas a las que no entregaríamos una cantidad más importante. Pero cuando el premio se vuelve concreto, cambia la escala moral: lo que antes era simpatía ahora es derecho. La promesa adquiere peso, y la falta de respaldo se convierte en agravio.
El segundo mecanismo es el de la inflación causada por la política monetaria. En Villamanín, la diferencia entre lo emitido (participaciones) y lo respaldado (décimos reales) se revela de golpe gracias al azar y obliga a ajustar el valor de las apuestas ganadoras. En la economía, la diferencia entre el dinero en circulación y el valor real que puede comprar se manifiesta con retraso.
No es casual que ambos fenómenos vivan en la sombra mientras lo extraordinario –que te toque el gordo o que Putin invada Ucrania– no ocurre. Miles de asociaciones emiten participaciones sin control en España, es una economía sumergida de la buena fe; del mismo modo, cientos de decisiones de gasto público se financiarán contando con que la inflación hará el trabajo sucio. En un caso, nadie revisa si todas las papeletas están consignadas. En el otro, nadie quiere hablar en voz alta de cómo una inflación persistente ablanda el rigor fiscal, eleva la recaudación tributaria y licúa las deudas.
Lo más inquietante del caso de Villamanín no es el suceso, sino lo que revela: cuán poco preparados estamos para gestionar colectivamente un conflicto cuando estalla la disonancia entre lo pactado y lo real. Dependemos de la presión social, de la empatía o del escándalo. No faltan reglas, faltan buenas normas que impiden el abuso sin desactivar la confianza.
Antes se podía acusar al gobierno de que imprimía billetes. Hoy la política monetaria es independiente, la determina el Banco Central Europeo, pero vive condicionada por la estabilidad financiera, la deuda pública y las prioridades de los gobiernos que no ayudan a frenar la inflación porque descubren que los márgenes presupuestarios son más amplios cuando los precios suben. No hace falta mala fe: basta con entender el incentivo. En Villamanín el agujero se vio en una noche. En la economía, lo vemos con retraso. Pero llega igual. jmüller@abc.es
