El puesto no lo define la antigüedad, lo define la manera en que alguien piensa cuando nadie le da instrucciones.
En la empresa familiar, muchas veces el mayor dilema no es a quién se quiere dejar el negocio, sino a quién realmente está preparado para recibirlo. El fundador suele confundir lealtad con capacidad, antigüedad con criterio y obediencia con liderazgo.
La sucesión no se define por el cariño, sino por la manera en que cada persona responde cuando nadie le dice exactamente qué hacer.
Esta fábula sencilla —pero profundamente reveladora— lo explica mejor que cualquier manual.
La fábula de las naranjas.
Juan trabajó en la empresa desde hacía dos años.
Era puntual, serio, cumplidor. Nunca había recibido una llamada de atención y se sentía orgulloso de su disciplina. Hacía exactamente lo que se le pedía. Ni más, ni menos.
Un día pedí hablar con el gerente.
—Señor, llevo dos años trabajando con esmero. Estoy a gusto con mi puesto, pero siento que he sido relegado. Rogelio entró hace seis meses, al mismo nivel que yo, y ya será ascendido a supervisor.
El gerente lo escuchó con atención y le respondió con calma:
—Antes de seguir con esta conversación, ¿podrías hacerme un favor?
—Claro que sí, señor.
—Ve a la tienda de la esquina y averigua si tienen naranjas.
Juan salió de inmediato. Diez minutos después regresó.
—Sí, señor, tienen naranjas.
—Gracias, siéntate un momento —dijo el gerente.
Acto seguido llamó a Rogelio y le dio exactamente la misma instrucción.
Rogelio salió… y volvió también en diez minutos.
—Y bien, Rogelio —preguntó el gerente—, ¿qué me dices?
—Sí, señor. Tienen naranjas suficientes para todo el personal. El kilo cuesta $9.00. También tienen plátano, papaya, melón y mango. Si compramos en volumen, nos hacemos un 5% de descuento. Dejé separadas las naranjas, pero puedo volver si prefiere otra fruta o si le conviene mezclar por temporada.
El gerente guardó silencio, miró a Juan y le dijo con respeto:
—Juan, ¿algo más que quieras agregar?
Juan, sorprendido, solo respondió:
—No, señor… eso es todo.
A las posiciones de confianza no se llega por cumplir tareas, sino por anticipar, conectar y decidir pensando en el todo. En la sucesión, la iniciativa y el criterio pesan más que el tiempo de antigüedad.
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La lección para la empresa familiar.
En la sucesión ocurre exactamente lo mismo.
Muchos posibles sucesores:
- Cumplen.
- Están presentes.
- Hijo leales.
- No hay problemas causales.
Pero:
- Esperan instrucciones.
- No observen más allá de la tarea.
- Sin anticipación.
- No conectarán decisiones.
- No entienden el impacto.
Y luego se sorprenden cuando el fundador elige a otro.
El sucesor adecuado no es el que “hace lo que le dicen”, sino el que entiende para qué lo hace, propone alternativas y cuida el todo, no solo su parte.
Iniciativa: la diferencia silenciosa
La iniciativa no es rebeldía.
No es protagonismo.
No es querer mandar.
La iniciativa es:
- Hacer lo que se debe hacer sin que te lo pidan.
- Hacerlo bien hecho.
- Hacerlo pensando en el impacto para la empresa, no solo en quedar bien.
En la empresa familiar, la iniciativa es una señal clara de madurez para gobernar.
En la sucesión no gana quien más tiempo ha estado, sino quien demuestra criterio, visión y responsabilidad aún en las tareas más simples.
La empresa se hereda a quien ya actúa como dueño, no a quien solo cumple como empleado.
El fundador busca a alguien en quien confiar el futuro… pero muchos candidatos esperan instrucciones como si el futuro aún no fuera suyo.
En la empresa familiar, las grandes decisiones no se toman solo en los cargos altos, sino en las tareas pequeñas. Ahí se revela quién solo ejecuta y quién está listo para pensar, decidir y sostener.
Porque al final, el verdadero sucesor no pregunta: “¿Qué tengo que hacer?”
Sino: “¿Qué necesita la empresa?”
Si quieres ser elegido, actúa hoy como si el futuro ya estuviera en tus manos: mira el conjunto, anticipa escenarios, trae datos, ofrece alternativas y cuida la caja y la reputación en cada decisión. No busques el cargo; gánate la confianza resolviendo con criterio lo pequeño, porque ahí —en lo cotidiano— se demuestra quién está listo para lo grande.
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