La madrugada del 3 de enero nos desarrolló una imagen que creíamos archivada en la videoteca del siglo XX: el cielo del Caribe iluminado no por fuegos artificiales, sino por la pirotecnia letal de la geopolítica. La extracción de Nicolás Maduro, ejecutada con la coreografía quirúrgica de una película de acción que hoy parecería inverosímil, dejó a América Latina frente a un espejo roto, incapaz de reconocerse en su propio reflejo.
Donald Trump, ese guionista de realidades que ocasionalmente ejerce de César imperial, decidió que la Doctrina Monroe merecía una secuela de alto impacto. Al capturar al dictador venezolano, cortó el nudo gordiano de la diplomacia con el filo de un hacha. Y aquí estamos, pasmados, debatiendo si aplaudir porque el villano cayó o llorar porque el sheriff derribó la puerta de la casa sin pedir permiso.
Maduro, el conductor de autobús que terminó llevando a un país entero hacia el abismo, perfeccionó lo que los expertos llaman una crisis por diseño. No fue incompetencia, sino ingeniería social. El hambre se volvió política de Estado; la lealtad, una cuestión calórica; la disidencia, un ayuno forzado. Con las cajas CLAP como instrumento de control, el estómago de los venezolanos fue nacionalizado. Mientras una parte de la izquierda continental miraba hacia otro lado, atrapada en la nostalgia de revoluciones que ya no existen, el régimen administraba el terror con eficiencia burocrática en los sótanos de sus servicios de inteligencia.
Que el verdugo sea indefendible no hace del invasor un santo. La tragedia venezolana es doble: la dignidad fue primero expropiada por una tiranía doméstica que empujó a millones al éxodo y hoy queda hipotecada por una “liberación” foránea que llega con factura adjunta, pagadera en barriles de petróleo.
Los intelectuales que hoy invocan autores libertarios para rasgarse las vestiduras por la soberanía violada olvidan que la soberanía no es un escudo para la impunidad de quien masacra a su propia gente. Pero quienes celebran sin matices la llegada de los Marines olvidan que la libertad regalada suele ser una prestada.
Brasil, Colombia y México alzaron la voz. Claudia Sheinbaum y Lula da Silva apelaron a la Carta de la ONU; Gustavo Petro denunció la operación como una frente regional. El gesto fue digno, pero sonó hueco. La diplomacia latinoamericana levantó un acta moral ante hechos consumados que no supo impedir. Sin capacidad real de interlocución ni de presión, la condena quedó reducida a su forma más conocida: la del reclamo tardío que no altera el curso de los acontecimientos. El llamado “Corolario Trump” no encontró resistencia; apenas constancia escrita.
El futuro inmediato se dibuja borroso, por decir lo menos. Trump, ajeno a las sutilezas del diseño democrático, habla de reconstruir infraestructura podrida como si Venezuela fuera un hotel en quiebra en Atlantic City. Los escenarios oscilan entre un pacto de rendición de una cúpula militar experta en olfatear el viento y la pesadilla de una “iraquización” del conflicto, con milicias conquistadas en los barrios y un país convertido en tablero ajeno.
María Corina Machado apela a la esperanza ya la legitimidad de las urnas, pero la historia es poco indulgente con las transiciones tuteladas por el Pentágono: suelen nacer con fecha de caducidad.
Venezuela despertó sin Maduro, y eso es un alivio que se respira en millones de hogares fracturados por la diáspora. Pero despertó también bajo la sombra de un águila que no suele cazar por altruismo. Cambiamos el horror de la dictadura por la incertidumbre de la ocupación.
Ojalá los venezolanos, dueños de una resiliencia que conmueve y asombra, logren encontrar, en esa grieta abierta por la fuerza, una salida que no depende de ideas ajenas ni de nostalgias armadas. Una libertad que no llegue por asalto y que, por una vez, no tenga que devolverse.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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