Me perdonarán el anglicismo, pero no encuentro mejor forma de resumir la situación en la que se encuentra hoy Europa. La historia explica que, en 1790, los EEUU tuvieron su Momento Hamilton, un instante fundacional de su nación: en él, Alexander Hamilton consiguió que el gobierno federal asumiera las deudas de los diferentes estados, creando una estructura fiscal para el conjunto. Con ello, sentaron las bases de un poderoso gobierno central del que ahora estamos viendo, en Groenlandia, una expresión nada benevolente.
En el 2011, en plena crisis financiera de la eurozona, el antiguo presidente de la Reserva Federal americana Paul Volcker afirmó que Europa se encontraba en su Momento Hamilton, pero que no veía a nadie que pudiera liderarlo. No tenía razón: el problema no era, ni es, la ausencia de políticos que supieran lo que convenía al conjunto de la UE. Lo que impidió avanzar, y lo impide hoy, fueron poderosos intereses nacionales que continúan ahí, bien presentes.
Parece un tanto patético exigir ahora a la UE que se enfrenta a Trump
Y aunque en las últimas décadas la UE ha vivido circunstancias en las que parecía que podíamos acercarnos a los deseados Estados Unidos de Europa, no hemos sido capaces de utilizarlas. No sirvió el nuevo euro para dotarnos de una Europea, ni tampoco se aprovechan la Constitución de la crisis de la deuda de la eurozona, la emergencia de partidos antieuropeos, la salida de la Gran Bretaña, o los choques de la covid o la guerra de Ucrania para definir nuestro particular Momento Hamilton. Y no es solo esto: como en el cuento del lobo, se han perdido demasiadas oportunidades como para creer que hoy, justamente ahora en medio de esta crisis con los EEUU, daremos el saldo adelante.
Y sin embargo, si en algún momento la situación de la Unión exigiera la irrevocable fundación de los Estados Unidos de Europa, con gobierno central en Bruselas y cesión parcial de la fiscalidad, es el que estamos viviendo. Pero, al igual que en las últimas décadas, no parece tampoco que los países de la UE estén decididos a dar el paso final: demasiadas visiones e intereses confrontados. Por ello parece un tanto patético exigir ahora a la UE que se enfrenta a Trump.
Además, por si el pasado no fuera suficiente, el conflicto de Ucrania pone en orden cualquier pretensión de sanción a los Estados Unidos (aranceles o instrumento anticoerción): esta semana, el secretario del Tesoro Scott Bessent nos ha dicho sin ambages que no se cree las amenazas.
En esta tesitura, ¿qué hacer? Doctores tiene la Iglesia y no formularé propuestas. Pero sí creo que el punto de partida para el futuro debería ser el reconocer que Europa hoy por hoy, y como entidad política autónoma, simplemente no existe. Y aceptar que ha sido una mezcla de prepotencia y miopía de las elites europeas, trufadas de intereses nacionales contrapuestos, la que nos ha conducido a la mísera situación actual. ¡Haya suerte en Davos!
