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“(Simón) Bolívar era rico de cuna (…) y terminó muriendo allá en Santa Marta (Colombia), y cuando iban a vestir su cadáver tuvieron que ponerle una camisa prestada, porque la única camisa más o menos presentable estaba rota”.
La frase fue pronunciada por el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez durante un discurso en Quito (Ecuador) en 2004. En aquella ocasión, el mandatario desaparecido retomó una versión sobre los últimos días del prócer suramericano que circula desde hace décadas y según la cual el Libertador de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá murió el 17 de diciembre de 1830 prácticamente en la indigencia.
“El hombre de la camisa rota (…) aquel hombre se entregó por completo”, remató Chávez en su discurso en la capital ecuatoriana hace más de dos décadas.
Sin embargo, el testamento de Bolívar revela que esta teoría no tiene sustento aseguraron historiadores con los que BBC Mundo para intentar descifrar el motivo de la leyenda.
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El episodio que comenzó todo
La versión de la pobreza en que murió Bolívar parece haber surgido del relato de Alejandro Próspero Révérend, el médico francés que lo acompañó en sus últimos días en la Quinta San Pedro Alejandrino, frente a las costas del Caribe colombiano.
Este galeno fue él quien practicó la autopsia y elaboró la máscara mortuoria del prócer.
“Yo iba a retirarme para descansar de tantas fatigas y desvelos, cuando el señor Manuel Ujueta, a la sazón jefe político, me hizo presente que nadie en la casa era capaz de vestir el cadáver”, narra el galeno en el libro “La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia y del Perú, por su médico de cabecera”.
“Entre las diferentes piezas del vestido que trajeron se me presentó una camisa que yo iba a poner, cuando advertí que estaba rota. No pude contener mi despecho, y tirando la camisa exclamé: ¡Bolívar, aun cadáver, no viste ropa rasgada, si no hay otra, voy a mandar por una de las mías! Entonces fue cuando me trajeron una camisa del general Laurencio Silva”, agrega el médico.
Sin embargo, la historiadora venezolana Inés Quintero aseguró que este episodio nada tiene que ver con la condición económica del Libertador.
“La camisa prestada no fue el resultado de una inopia ni de que él al final no tuviera nada que ponerse. Él tenía sus uniformes y su ropa de casa. No estaba desnudo”, afirmó a BBC Mundo el integrante de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
“Bolívar era un blanco criollo y tenía un patrimonio importante. Por un lado, heredó bienes y propiedades de su familia y, además, cuando era niño, un primo que era cura, Félix Jerez de Aristiguieta, lo benefició con otro mayorazgo (herencia)”, agregó la autora de libros como “La criolla principal, María Antonia Bolívar, hermana del Libertador”.
El tema de la falta de vestimenta adecuada podría explicarse a que parte del equipaje del Libertador, quien al momento de morir tenía previsto exilarse en Europa, se encontraba en la aduana de Cartagena.
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la herencia
El testamento que Bolívar, fechado el 10 de diciembre de 1830, también pone en entredicho la versión de su indigencia.
“Declaro: que no poseo otros bienes más que las tierras y Minas de Aroa, situadas en la provincia de Carabobo, y unas alhajas que constan en el inventario que debe hallarse entre mis papeles, las cuales existen en poder del señor Juan de Francisco Martín, vecino de Cartagena”, se lee el punto 4 del documento que está disponible en el sitio web de la quinta de San Pedro Alejandrino.
Las Minas de Aroa eran un yacimiento de cobre que ubicado a unos 340 kilómetros al oeste de Caracas, la capital venezolana, las cuales fueron descubiertas en el siglo XVII.
En sus primeras décadas de explotación, de este depósito que tiene una extensión de 9.000 hectáreas se extrajeron más de 61.500 kilogramos de mineral, reseña el Diccionario de Historia de Venezuela de Fundación Polar.
En agosto de 1663, el rey de España concedió “en empeño y perpetuidad”, la explotación a Francisco Marín de Narváez cuya hija Josefa sería la bisabuela del Libertador.
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“Las minas terminaron en manos de Bolívar en 1811 luego de que su hermano mayor, Juan Vicente, falleciera”, aseguró a BBC Mundo Lionel Muñoz Paz, investigador del Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad Central de Venezuela.
Sin embargo, para el momento en que la propiedad —que durante décadas fue objeto de una disputa legal por haber estado invadida— llegó al prócer, este estaba embarcado en la gesta independentista y no pudo prestarle mucha atención. No obstante, nunca se desprendió de ella, añadió el historiador.
Lo mismo señaló Quintero, quien recordó: “En 1827, durante su último viaje a Venezuela, Bolívar repartió su patrimonio entre sus hermanas y sobrinos, pero se quedó con las Minas de Aroa, porque eran rentables y las tenía arrendadas a una compañía inglesa”.
En 1825, la hermana del Libertador, María Antonia, a quien le había dado un poder para gestionar las propiedades familiares, alquiló el yacimiento a la firma. La Asociación Minera de Bolívar.
La empresa acordó pagarle a Bolívar 10.000 pesos anuales durante los primeros tres años, equivalentes hoy a unos 245.000 dólares.
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Un retiro cómodo
Al momento de su muerte, Bolívar se disponía a embarcarse hacia Inglaterra para retirarse tras haber renunciado a la presidencia de Colombia (la Gran Colombia).
“Alguien que está en la pobreza no se le ocurriría irse a vivir a Inglaterra”, resaltó Quintero, quien recordó que Bolívar quiso vender las minas casi desde el mismo momento en las alquiló.
“Quiero venderlas ahora que hay tanta ansia por minas y colonias extranjeras”, escribió su hermana en 1825, dejando en claro que esperaba recibir unas 100 mil libras esterlinas, equivalentes hoy a unos 17,9 millones de dólares.
Sin embargo, una serie de inconvenientes hicieron que la venta no ocurriera sino en 1832, dos años después de la desaparición física del Libertador.
“Cuando se vendieron, los compradores pagaron a las hermanas de Bolívar 38.000 libras, más de 6 millones de dólares”, afirmó la historiadora, quien recordó que el prócer también dejó baúles llenos de ropa, condecoraciones —algunas con joyas incrustadas—, espadas y piezas de platería.
Entre estos objetos destaca la espada que la municipalidad de Lima le regaló en 1825 y que es conocida como la “espada del Perú”, la cual está adornada con 1.367 brillantes, 8 rubíes, 7 esmeraldas, y hecha de oro macizo de 18 quilates con incrustaciones de hilo de plata, se lee en el sitio web de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, institución que tiene por objetivo enaltecer la memoria del Libertador.
Desde 1974, el sable está en el Banco Central de Venezuela (BCV), aunque en los últimos tiempos se le ha visto en el despacho de Nicolás Maduro en el Palacio presidencial de Miraflores, en Caracas.
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Los yacimientos siguieron siendo explotados y para 1836 se estimaba que se habían extraído 200.000 toneladas de mineral bruto. Asimismo, la población en la zona pasó de 812 personas en 1828 a 4.460 en 1833.
Debido al continuo aumento de la producción, los ingleses construyeron una vía férrea para facilitar el transporte del cobre y, para 1890, Venezuela era el sexto productor mundial del metal, según el Diccionario de Historia de Venezuela.
No obstante, dos años después comenzó un lento declive del yacimiento, el cual a mediados del XX pasó a manos del Estado y en 1974 se convirtió en un museo y en un parque nacional.
En los últimos años han circulado versiones que sostienen que el cobre de las Minas de Aroa fue utilizado en la construcción de la Estatua de la Libertad; Sin embargo, los expertos consultados aseguraron que se trata de otro mito.
“Eso es un cuento chino”, afirmó Quintero.
Algunos registros señalan que el mineral empleado para recubrir la obra de los franceses Frédéric Auguste Bartholdi y Gustave Eiffel procedía de yacimientos noruegos.
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financieramente responsable
Durante décadas, el mito de la pobreza de Bolívar estuvo acompañado por la versión de que financió la guerra de Independencia, una tesis que Quintero también desestima.
“No es verdad que Bolívar gastó su fortuna financiando la guerra. Los gastos de la guerra significaron endeudamientos; no fue que salió del bolsillo de algún particular”, aclaró la historiadora.
“Bolívar era desprendido con su patrimonio y de sus rentas beneficiaba a personas conocidas que tenían alguna necesidad. A la mujer de (su maestro) Simón Rodríguez, a sus sobrinos ya algunos obispos les dio dinero”, dijo.
“Puede que haya comprado algunas pistolas, cañones o una gallina para que sus soldados tomaran un sancocho (sopa) en algún momento, pero en ninguna de sus cartas hay constancia de eso”, remató.
Para Quintero el mito sobre la indigencia de Bolívar fue “construido”. “Forma parte de ese culto que trata de hacer ver que ese hombre sacrificó su vida, fortuna y patrimonio en aras de obtener la libertad”, explicó.
Una opinión que comparte Muñoz, quien agregó: “La interpretación sobre el personaje y su tiempo ha variado según las circunstancias en las que se apela a esa parte de nuestra memoria histórica”.

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