la historia de Hans el Inteligenteel caballo que realizaba operaciones matemáticas, es tan fascinante como ilustrativa. Es un caso real y antiguo; Hay que retroceder a la Alemania de principios del siglo XX para encontrar a este équido con aparentes capacidades matemáticas que interesó tanto al crédulo pueblo llano en las ferias, como a los científicos desconfiados en las academias, que tardaron en descubrir el secreto del misterio. Un truco involuntario que, posteriormente, ha servido para mejorar la técnica de la experimentación científica y que ahora podemos recordar cuando examinamos la revolución que vivimos con la inteligencia artificial (IA).
Nuestro équido, Hans, parecía ser capaz de sumar, restablecer, identificar el día de la semana, y eliminar palabras, lo que hacía golpeando con los cascos en el suelo hasta acertar casi siempre con la solución. “Lo puede hacer casi todo excepto hablar”, tituló el New York Times. Una comisión científica desplegada para examinar el caso acabó detectando que, cuando el entrenador estaba lejos o no sabía la respuesta, el caballo tendía a equivocarse y, tirando de este hilo, apareció la verdad escondida. Hans respondió a señales corporales inconscientes de su entrenador, excitado cuando su alumno se acercaba a la respuesta correcta. Gran decepción para los visitantes de las ferias que se sintieron estafados, el caballo no era tan listo; pero una buena lección para la ciencia, que desde entonces la ha aplicado a las técnicas de los experimentos para evitar que el experimentador no contamine involuntariamente el resultado. La fórmula es el doble ciego, que el experimentador tampoco conoce el resultado correcto.
Hans es un caso que la investigadora Kate Crawford cita en su libro “Atlas de IA”, en el que lleva a cabo una penetrante disección sobre los riesgos de la inteligencia artificial en muchos terrenos. Explica como la historia de Hans se utiliza en el aprendizaje de las máquinas como una alerta de que nunca puedes estar seguro de lo que el modelo ha aprendido realmente de los datos facilitados, y destaca como muchas veces nos precipitamos a reconocer supuestos signos de inteligencia.
El caballo alemán Clever Hans durante un espectáculo a principios del siglo XX
Inteligencia que tampoco tiene la IA. La tesis de Crawford es que la IA ni es artificial ni inteligente; más bien existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra e infraestructuras. Para no ser, no es ni autónomo, ni racional, ni capaz de discernir nada sin un entrenamiento computacional intensivo con extensos centros de datos y sus recompensas correspondientes. En definitiva, que la IA es básicamente política, que tiende a reflejar y reproducir relaciones sociales y formas de entender el mundo.
Por tanto, ni inteligente ni artificial, pero con un papel relevante para salvar la transición ecológica o para hundirla con todas sus consecuencias. Son los riesgos ecológicos de la IA que politóloga y especialista en medio ambiente Cristina Monge detalla en su libro “La gran oportunidad”, de Tirant humanidades, cuando cita el consumo de energía y de agua, y la extracción de materiales raros como los grandes peligros que una evolución determinada de la IA puede provocar en el medio ambiente.
Optimista incurable, Monge tiene a presentar siempre una versión positiva del cruce de alternativas, situando la IA y la digitalización como potenciales aliadas de la transición ecológica, aunque reconoce que pueden ser tanto aliadas como enemigas. Está en discusión si la IA jugará a favor o en contra de la transición ecológica, pero no el carácter íntimo de la relación. Lo que sí acepta la autora es que la transición ecológica ya sale con desventaja. “Hablamos de la evolución verde y de la revolución digital. Tendrían que ir a la par, pero ahí ya aparece una brecha”, nos comenta Cristina Monge.

Cristina Monge y Susana Martín Belmonte en un seminario sobre realidades climáticas
La digitalización puede jugar un favor de la transición ecológica porque aporta más conocimiento, más eficiencia, una desmaterialización de la economía, cambiando productos por servicios, con un papel innovador que puede proporcionar soluciones. Pero, hay tres grandes elementos que juegan en contra. Dos son el consumo de agua y el de energía, que son enormes y sobre los que reina una total opacidad, de forma que se puede más intuir su carácter gargantuesco que ser capaz de detallarlo en cifras; y el tercero es la industria extractiva en que se ha convertido la IA.
No hay certeza sobre el consumo de energía de la IA, pero sí indicios como los que recoge la Agencia Internacional de la Energía, que fijó que los centros de datos ya suponían entre el 1% y el 1,5% del consumo mundial de electricidad, y esto era en el 2022, por tanto, antes del lanzamiento del chat GPT.
“La nube parece algo idílico, inmaterial, inmaculado, pero resulta que la forman granjas de datos, en armarios bajo tierra o por encima”, nos cuenta Monge, que lo conoce bien. En su tierra, Aragón, proliferan los centros de datos, lo que supone que un actor nuevo entra a competir con el resto de usos del agua en un territorio en el que no abunda precisamente este líquido. “Aquí se añade el problema de los territorios de sacrificio, con el riesgo de concentrar en la España despoblada los centros de datos para que suministren su servicio a las grandes ciudades”, añade esta experta en medio ambiente. Es decir, Aragón quedándose los problemas para suministrar un buen servicio a Catalunya, Madrid o Euskadi.
“Para entender el negocio de la IA debemos tener en cuenta la guerra, la hambruna y la muerte que la minería trae consigo”, dice Kate Crawford
El tercer peligro es que la IA se ha convertido en la industria extractiva del siglo XXI, en una minería con potenciales riesgos para el medio ambiente, al margen de la cuestión geopolítica de localización y acceso a los materiales indispensables. La IA, con conceptos tan inspirados como la nube, ha construido una imagen idílica como algo etéreo e inmaterial, cuando en realidad es muy terrestre. Supone extracción de minerales, lo que suele conllevar emisiones tóxicas, deterioro del hábitat, daños físicos y cambios en el comportamiento de las especies.
Una preciosa metáfora que disimula una realidad más salvaje. Kate Crawford lo expresa de forma brutal: “Para entender el negocio de la IA debemos tener en cuenta la guerra, la hambruna y la muerte que la minería trae consigo”. Y recuerda que, desde la antigüedad, el negocio de la minería solo ha sido rentable porque no tiene que rendir cuentas de sus auténticos costos, incluyendo el daño ambiental, la enfermedad y la muerte de los mineros y la pérdida de las comunidades que desplazan. Un diagnóstico duro que aplica también a la minería moderna que representa la inteligencia artificial.
La conciencia sobre estos riesgos está asomando, pero todavía de forma tímida, tapada por la espectacularidad del desembarco de la IA y las sorpresas que todos intuimos que aún nos depara. En el 2024 un informe de Naciones Unidas sobre los riesgos de la IA mostró que aparecía el riesgo medioambiental, pero muy por debajo de otros peligros, como la desinformación, el uso de armas autónomas por los Estados y el aumento de desigualdades.
“Hablamos de la evolución verde y de la revolución digital. Tendrían que ir a la par, pero ahí ya aparece una brecha”, avisa Cristina Monge
Conciencia social débil por lo tanto, pero con espacio para que juegue su papel. Por tanto, estaría teóricamente en nuestras manos decidir qué uso hacemos de la IA, y para darle el enfoque adecuado, el punto esencial que se requiere es la transparencia, conocer los datos, saber de qué va esto y luego ver cómo se resuelve el dilema del consumo energético. Unos datos que de momento no conocemos. “Poniendo los conocimientos al servicio de la Gran Transición para convertirla en lo que, de hecho, ya es: la Gran Oportunidad”, como concluye el libro de Cristina Monge.
FELIZ NAVIDAD
Este newsletter aprovecha la Navidad para tomarse una breve pausa, de manera que la próxima semana no estará con ustedes, pero promete volver a la carga con el estreno del 2026 y aparecer de nuevo en sus correos el lunes 5 de enero. Mientras tanto, les deseamos unas felices fiestas.
