El domingo anterior, 14 de diciembre, fui a Olivos a una reunión con el Presidente. Teníamos varios temas sobre la mesa, pero había uno que, para mí, eclipsaba a los demás. Era el tema que más me intrigaba.
Seis días antes, Javier Milei había recibido en la Quinta de Olivos a Robert “Bob” C. Merton (NE: premio Nobel de Economía 1997). Yo quería entender qué había pasado en esa conversación. El trabajo de Bob moldeó de forma práctica cómo se valúa el riesgo y cómo se decide bajo incertidumbre. Una charla entre ellos podía influir en el diseño de políticas públicas, sobre todo en su secuencia y en sus condiciones de avance.
Le preguntó al Presidente de qué habían hablado.
“Principalmente de opciones reales y decisión óptima”respondió.
Me quedé un instante en silencio.
“¿En serio?”alcancé a decir.
El Presidente notó mi sorpresa y se río. Tomó papel y lápiz y me dijo:
“Te cuento lo que discutimos”.
Lo que siguió no fue una charla de coyuntura. Fue un intento de formalizar el problema. Durante esas dos horas, cada reforma aparecía como un problema de decisión dinámica: acciones posibles, costos hundidos, incertidumbre y aprendizaje. El foco no era la consigna. Era la regla. Cuándo comprometerse. Qué variable observar. Qué evidencia se requiere. Qué umbral define avance, corrección o abandono.
Cuando las decisiones son caras de revertir, el costo no está solo en equivocarse. Está en equivocarse temprano, con información pobre, y cerrar opciones que después son valiosas. El problema se parece menos a “elegir una medida” y más a decidir el momento de ejercicio.
Merton es relevante porque sus ideas se volvieron infraestructura. Su nombre quedó asociado al modelo Black-Scholes-Merton. En 1997 recibió el Premio Nobel de Economía junto con Myron Scholes por un método para valorar derivados, desarrollado en colaboración con Fischer Black, fallecido antes del premio. Ese enfoque no quedó en papeles: se implementa en modelos, controles y coberturas que se usan todos los días en bancos, empresas y reguladores. Lo importante es el método: traducir incertidumbre en reglas comparables, pensar decisiones como opciones y definir criterios.
Una opción es un derecho, no una obligación. Se paga hoy para conservar la posibilidad de elegir mañana. Si mañana conviene, se ejerce. Si mañana no conviene, se deja pasar. El valor nace de esa asimetría.
Las opciones reales llevan esa lógica a decisiones del mundo real, incluido el Estado. En todos los casos, el problema no es solo qué hacer: es cuándo hacerlo y en qué condiciones. Bajo incertidumbre, cuando una decisión es parcialmente irreversible, la espera tiene valor porque produce información. En muchos casos, el criterio no es “conviene o no conviene”, sino “conviene cuando una variable relevante cruza un umbral”. Actividad, inflación, conflictividad.
Pero esperar cuesta. La decisión racional compara, en cada instante, valor marginal de información adicional contra costo marginal de demorar. Esperar vale hasta que su costo supere el valor de la información y de la flexibilidad que se gana.
La decisión “óptima” sale de una regla de ejercicio: qué se hace hoy, qué queda condicionado a resultados, qué se revisa, qué indicador define el umbral y qué condición activa corrección o salida. En política, esa estructura permite ajustar sin que el ajuste parezca improvisación.
Un ejemplo sin fórmulas
Pensemos en la decisión de comprar un departamento.
Comprar hoy ofrece seguridad, pero fija una apuesta. Comprar vivienda mezcla consumo e inversión: un lugar donde vivir y un activo grande, poco líquido, con costos de transacción altos y reversión lenta. La irreversibilidad es real. La incertidumbre también: empleo, ingreso, tasa, crédito, ciclo inmobiliario.
Esperar tiene un costo visible: pagar alquiler. Pero conserva liquidez y compra información. Permite observar tasas y precios, estabilizar ingresos y precisar horizonte. Ser dueño, al mismo tiempo, paga un “dividendo” en estabilidad: reduce renegociaciones y mudanzas forzadas y otorga control sobre el espacio.
Tres señales ordenan la decisión.
1. Que la cuota no asfixie el ingreso.
2. Alta probabilidad de permanecer el tiempo suficiente para amortizar costos de entrada y, si hiciera falta, de salida.
3. Que el precio no esté fuera de línea frente a alternativas comparables.
Si esas señales no aparecen, alquilar no es desperdicio: es pagar por flexibilidad y mantener abierta la decisión.
Y hay una advertencia decisiva: la opción no es eterna. El mercado cambia y la ventana se cierra. Esperar solo tiene sentido si se define qué se está esperando y qué hechos cambian la decisión.
Traducción al Estado
En política económica suelen aparecer dos fallas simétricas. Rigidezcon paquetes cerrados diseñados como si no existieran expectativas y shocks. Y volatilidadcon correcciones sin regla que se perciben como improvisación.
En Olivos, Milei insistía en un tercer camino: flexibilidad con estructura. El mismo objetivo, e incluso la misma medida, pueden quedar mejor diseñados si se formulan como una secuencia con condiciones expresas: qué se hace ahora, qué queda abierto como opción, qué evidencia se espera y qué umbral activa el próximo paso.
Ese marco se vuelve operativo con cuatro piezas.
primerosecuenciar reformas y definir evaluaciones específicas.
segundoincorporación de revisiones, gatillos y vencimientos. Una corrección ocurre porque se activa una condición prevista, no porque cambió el humor del día. Por ejemplo, una regla que obliga a revisar una norma si un indicador no mejora en un plazo definido.
Terceroamplía la opcionalidad privada reduciendo fricciones y discrecionalidad.
Cuartocuidar la credibilidad como activo base. Si sube, el conjunto de decisiones posibles se agranda. Si cae, todo se encarece y se acelera.
Que el Presidente maneje este marco tiene una ventaja concreta: convierte objetivos en reglas de decisión. El mismo programa, con el mismo contenido, puede quedar mejor diseñado si incorpora secuencias, umbrales y revisión desde el inicio. Y, además, permite algo crucial: introducir restricciones explícitas en las ramas del árbol de decisiones, es decir, delimitar de antemano qué caminos quedan automáticamente descartados. En el caso argentino, la única clase de restricciones que preservaremos desde el principio es simple y no negociable: que ninguna trayectoria viole los valores éticos y morales.
Eso no es estético. Es capacidad de gobierno. Preservar opcionalidad cuando el entorno es incierto amplía el conjunto de políticas viables, mejora el equilibrio entre velocidad y control del riesgo y reduce el costo de corrección. También mejora la coordinación. Nada de esto garantiza el éxito. Pero aumenta la probabilidad de acertar y permite aprender sin desmentirse, ajustar sin improvisar y avanzar sin perder grados de libertad. La prueba será sencilla y dura: sostener las reglas cuando el costo político invita a romperlas. En la Argentina, esa diferencia no es semántica. Es la frontera entre improvisar y diseñar.
