Carles Vilarrubí era eso que Josep Pla definió como un señor de Barcelona, es decir un prototipo del patricio catalán, no tanto por linaje sino por dedicación. Si uno repasa su biografía puede ver que se interesó en la política desde muy joven, habiendo militado inicialmente en Unió Democrática, antes de conocer a Jordi Pujol, al que se sintió muy unido desde el primer momento. Ya en Convergència Democràtica, asumió cargos de responsabilidad, si bien donde se sintió más realizado fue como secretario general de Catalunya Ràdio, según le había oído decir más de una vez. Luego sería directivo de importantes compañías, pero fue especialmente feliz al frente de la radio pública. Un catalanista como él, supo ver en la radio una herramienta de normalización de la lengua catalana en la vida pública y también un medio de comunicación de gran influencia. De hecho, nos ayudó en la puesta en marcha de RAC-1, hace veinticinco años. Le ofrecí incorporarse como accionista a aquel proyecto que se ha acabado convirtiendo un fenómeno de masas extraordinario, con más de un millón de oyentes. Todavía recuerdo a Carles, en el consejo de administración de octubre, aportando sugerencias para seguir creciendo. Siempre fue un consejero activo, nunca sus opiniones eran baladíes.
A raíz de esta relación profesional, forjamos una amistad con él y con su mujer Sol Daurella. De hecho, mi esposa Marisa y yo brindamos con ellos en el 2000 por el nuevo milenio en el Carlyle de Nueva York. Nos acompañaban el notario Bartolo Masoliver y María Ventós. Repetimos veladas de fin de año en el Pierre o en el Mark en los años siguientes. La verdad es que tengo un recuerdo magnífico de aquellos días. A Carles le gustó sorprendernos con algún regalo siempre bien elegido. Eran muy detallistas. Él y Sol resultaron una pareja viajada, con las que nos sentíamos muy a gusto. Desde entonces hemos compartido muchas celebraciones juntos, en mi casa de Sarrià y en su hogar de la Bonanova. Y también en su residencia de Puigcerdà. De hecho, mis padres tenían un chalet cerca de los Daurella, donde pasó mi adolescencia y mi juventud. A Carles, que con los años se aficionó a pilotar aviones, le explicó que eché una mano para que fuera realidad el aeroclub de la Cerdanya, en las inmediaciones de Alp.
Elegante, sensato y culto, se sentía a gusto en su residencia en Chelsea, que el matrimonio había adquirido por razones profesionales. Lo cierto es que tenía un porte británico, aunque era mejor gastrónomo de lo que suelen ser los ingleses y llegó a ser presidente de la Academia Catalana de Gastronomía, revitalizándola hasta el punto de ser un activo de la sociedad civil. Aficionado a la lectura, nos pasábamos títulos de libros que nos habían gustado. Era un gran aficionado al deporte: era portero de hockey sobre hielo, afición que se le despertó en Puigcerdà y un gran amante del fútbol. Se sintió muy feliz siendo vicepresidente del FC. Barcelona bajo la presidencia de Sandro Rosell. También se interesó por la hípica, impulsando los concursos de saltos de caballos. Su hija menor, “Solete”, es una magnífica amazona. Fue siempre un padrazo, de lo que pueden dar fe sus otros dos hijos, Eduard y Carlota.
En el 2008, fue intervenido del corazón en el Mount Sinaí de Nueva York, por consejo de un amigo común, el doctor Valentí Fuster. Se recuperó bien. Primero el doctor Jorge Rius y luego su hija, la doctora Teresa Rius, han ido siguiendo su evolución en Teknon. A finales de octubre, no se encontró bien y marchó a hacerse pruebas al hospital neoyorkino. No parecía nada grave, le cambiaron la medicación, pero a la vuelta fue ingresado en Barcelona y tuvo unas complicaciones de las que no se recuperó. Sol me dio la triste noticia ayer, que nos deja a quienes le conocimos un profundo sentimiento de pérdida. Fue colaborador y amigo. Sin duda, un personaje inolvidable.
