“A través de la tierra” es una historia de mujeres, de horizontes que se escapan. El documental argentino/boliviano de Malena Bystrowicz y Loreley Unamuno arranca con una luna llena; era siempre de noche. Y termina con un fueguito para que arda todo, especialmente los miedos. La película -actualmente en la cartelera de la Cinemateca Boliviana- es un viaje. De ida y de vuelta. Del lago sagrado hacia la ciudad de la furia, del Titicaca a Buenos Aires. Comienza con una leyenda aymara, con un sol/inti vencedor/sanador, con los duendes escondiéndose en la oscuridad cuando siempre era de noche.
“A través de la tierra” sigue los pasos/luchas de dos mujeres: Blanca (Márquez) y Patzi (Roque), la luna. La primera nos cuenta las cosas que aprendió de la abuela: la siembra colectiva de las papas y las habas, los recuerdos vivos de los muertos, el sazón de un buen saice. Entre todos sembramos, entre todos cosechamos, dice Blanca. Cuando lleguemos a la Argentina, nos vamos a dar cuenta que así nacerá la Cooperativa Textil Copacabana. La abuela marcó el camino para decir no a la explotación del patrón.
Patzi, que se llama Lourdes pero prefiere que la llamen por su apellido (para reivindicar con orgullo las raíces de su alma) quiere estudiar derecho para defender a sus hermanas de la Villa 1-11-14. Es primera generación de migrantes, las que se fueron completas, llevándose todo: sabores/saberes, colores, creencias. Se pone las polleras y las trenzas de la madre que tuvieron que abandonarlas para vestir de pantalón y escapar a la discriminación. Es la búsqueda de la identidad, es otro viaje.
La comunidad boliviana enarbola la wiphala, baila con la sikureada, celebra Todos Santos, prepara mesas y escucha al fuego en las “q’oas”. Patzi se siente en paz entre la gente nuestra aunque no la protegan en su infinito las montañas recordadas.
“A través de la tierra” no tiene (apenas) voces de hombre. Ellos están fuera de campo. Ellos son los maridos ausentes, el juez que encarcela, los padres violentos que se escapan, como el horizonte en la canción de Matilde Casazola. Es una historia (o dos) de regresos, de cadenas que atan (como el racismo y la misoginia). Pero también es un cuento de cariños y de hierbas que cautivan y sanan, como la dulce tierra boliviana.
“A través de la tierra” es una película urgente como las redes de cuidado; necesaria (más que nunca en estos tiempos de persecución del gobierno/ajuste de Milei contra el otro, contra ellas). Es memoria visibilizada. Es el orgullo de la primera marcha de las diversidades sexuales en una villa bonaerense. Las luchas son transversales o no son.
Es un cántico a coro de todas: “estamos aquí y nos tienen miedo porque ya no tenemos miedo”. Es una torta compartida (como las papas y las habas del Lago); es una cuequita bien bailada con el pañuelo en lo más alto, como el puño. Son los logros de la lucha que entierran antiguos dolores, los de muchas. Es un picadito de fútbol para patear el odio fuera de la cancha.
Patzi y Blanca (como muchas) un día se cansaron y dijeron basta. Entonces todo comenzó. Justo ese día. Así nació también “A través de la tierra”, un documental que acompaña como lo hizo la obra anterior de la dupla Bystrowicz-Unamuno “Mujeres de la mina” (2014).
Malena y Loreley -seducidas- repiten la fórmula de la ternura: desde la música a los planos fijos poéticos, desde la distancia respetuosa a la edición de una película de siete años de trabajo; Desde lejos como el viento, desde cerca como el fuego. Las historias de tantas mujeres las cruzan para atravesarnos también a los espectadores.
Son miradas/trenzas amorosas, prendas encantadas en esa extensa morada llamada patria grande. “A través de la tierra” es un sol encendido aunque el primer plano sea una luna llena en una noche cerrada. A veces no sabemos lo que puede estremecer una película con mujeres de verdad.
