Lapatilla
La visita de María Corina Machado a la Casa Blanca no puede leerse con seriedad como un episodio de fricción con Washington ni como un encuentro irrelevante por la sola ausencia de anuncios públicos sobre sus resultados. En política internacional, especialmente en contextos de alta complejidad estratégica, el silencio suele ser una decisión deliberada, no un vacío. Más aún cuando la reunión involucró al presidente Donald Trump, al vicepresidente JD Vance, al secretario de Estado Marco Rubio y a la jefa de gabinete Susie Wiles, y se extendió por más de dos horas. El solo hecho de una reunión de ese nivel y duración constituye, en sí misma, una señal política relevante que desmiente lecturas simplistas o aceptadas.
La falta de comunicación detallada ha alimentado interpretaciones apresuradas que buscan deducir conclusiones sin base suficiente, proyectando supuestos enfrentamientos, fracasos o subordinaciones donde no existe evidencia que los sustente. Sin embargo, cuando lo que está en discusión no es un gesto simbólico ni una declaración para el ciclo noticioso, sino el posible diseño —o la corrección— de una estrategia de transición, la discreción comunicacional suele ser condición obligatoria para todos los involucrados. En estos escenarios, comunicar demasiado pronto puede ser más riesgoso como no comunicar.
Para entender el sentido de esta visita es indispensable situarla en su contexto. Venezuela atraviesa una fase en la que el conflicto político ha dejado de expresarse únicamente en el terreno diplomático y se ha desplazado hacia el de lo operacional: ataque militar con detención de Maduro, coerción expresa sobre actores de la élite gubernamental. control institucional, manejo del aparato coercitivo, administración de recursos estratégicos y relación con los actores internacionales clave. En ese marco, Estados Unidos parece haber optado —al menos hasta ahora— por evitar escenarios de colapso o intervención prolongada, que no han tenido un buen desenlace en otros países, privilegiando una transición que reduzca los costos externos y obligue a quienes hoy controlan las instituciones a introducir cambios graduales que garanticen estabilidad para un futuro gobierno democrático.
Una estrategia de este tipo, si existe, no puede ejecutarse de manera abrupta ni transparente en tiempo real. Su implementación genera, y generará, resistencias internas significativas, sobre todo entre aquellos actores cuyo costo de salida es más alto o cuya supervivencia política, económica o judicial depende de la continuidad del sistema actual. También exponen a riesgos a quienes, desde dentro, podrían estar dispuestos a cooperar si el proceso se percibe como irreversible y ordenado. En ese contexto, el silencio no es señal de debilidad, sino parte de la estrategia y una forma de manejo del riesgo.
Desde esta perspectiva, la visita de Machado no debe evaluarse por lo que se dijo públicamente al salir de la Casa Blanca, ni por la ausencia de comunicados oficiales conjuntos, sino por su significado político. Que una dirigente opositora venezolana sea recibida durante más de dos horas por el núcleo del poder ejecutivo estadounidense indica que su rol no ha sido descartado ni marginado. Tampoco implica, necesariamente, que exista una coincidencia plena de visiones o un acuerdo ya cerrado. Indica, más bien, que Machado sigue siendo considerado como el líder relevante en la discusión sobre el futuro político de Venezuela, en un momento en el que se están calibrando tiempos, secuencias y límites.
En este contexto, la fotografía difundida al día siguiente de la visita de Machado, mostrando a Delcy Rodríguez en lo que debía haber sido la incómoda situación de tener que estrechar la mano de nada menos que el director de la CIA, John Ratcliffe, ha sido interpretada por algunos como una señal contradictoria o incluso desautorizadora. Esa lectura confunde interlocución con legitimación. En procesos de transición diseñados para evitar el colapso institucional y una intervención externa prolongada, es habitual que los canales políticos y los canales operativos funcionen en paralelo y de manera coordinada. Mientras el liderazgo democrático discute el marco y las condiciones del futuro, los organismos de inteligencia gestionan el presente: riesgos, resistencias, capacidades reales y escenarios de ruptura. Leída de este modo, la imagen no contradice la visita de Machado, sino que ilustra la importancia y complejidad de un proceso en pleno desarrollo, que se mueve muy rápido, pero se intenta conducir con cautela, secuencia y manejo del riesgo interno, usando todos los recursos disponibles al más alto nivel del gobierno norteamericano.
En este clima de silencio estratégico, no sorprende que hayan proliferado interpretaciones positivas que buscan presentar la visita como un fracaso, una desautorización o una derrota política. Algunas provienen de actores y espacios mediáticos cuya agenda pasa por preservar el statu quo, normalizar la administración actual del poder o deslegitimar cualquier liderazgo opositor que no pueda controlar. Otros responden a la lógica más simple del descrédito: llenar el vacío informativo teorías de la conspiración que siempre se venden bien. Ninguna aporta evidencia verificable; todas comparten, en cambio, un mismo objetivo político: erosionar la legitimidad de un liderazgo opositor que hoy conserva respaldo social, coherencia estratégica y reconocimiento internacional.
Conviene, además, desmontar una confusión frecuente: la idea de que toda transición debe anunciarse como tal para existir. La experiencia comparada muestra lo contrario. Las transiciones diseñadas para evitar el colapso del Estado, el vacío de poder o una ocupación externa prolongada suelen avanzar por etapas poco visibles, con señales indirectas, ajustes operativos y decisiones que solo adquieren sentido cuando se observan retrospectivamente en su conjunto. Pretender extraer conclusiones definitivas a partir de una sola reunión, o exigir resultados inmediatos y públicos, equivale a desconocer, por ignorancia o malicia, la lógica de estos procesos.
Para los venezolanos, dentro y fuera del país, la tentación de llenar los vacíos con interpretaciones categóricas es comprensible. Años de frustración, falsas expectativas y procesos inconclusos han erosionado la esperanza y la paciencia colectiva. Sin embargo, en un momento tan delicado como el actual, apresurar conclusiones dice más de la ansiedad acumulada que de la realidad del proceso. La política internacional no se mueve al ritmo de las redes sociales ni de la necesidad inmediata de certezas, y mucho menos cuando se trata de transiciones complejas, diseñadas para minimizar riesgos y resistencias. Leer con responsabilidad la visita de María Corina Machado a Washington implica observar con atención lo que comienza a ocurrir —y también lo que no ocurre— en los días y semanas siguientes. Las señales relevantes no estarán obligatorias en los comunicados ni en las fotografías, sino en la coherencia de las decisiones, en los gestos políticos, en los cambios operativos y en la evolución del comportamiento de los actores clave. A la luz de la información disponible hasta ahora, no hay elementos serios para hablar de un resultado negativo. Lo prudente, y lo intelectualmente honesto, es entender que estamos ante una fase temprana de un proceso cuya lógica no es la información instantánea a la que las redes sociales nos han acostumbrado, sino la de la secuencia estratégica.
