Es paradójico lo que Francia ha anunciado
Una vez que en este enero se firmó el acuerdo de la Unión Europea con el Mercado Común del Sur, Mercosur, desde luego con oposición de Francia, Irlanda y Polonia. Francia en decreto anuncia el cese de ingreso a la Unión Europea de alimentos que contienen sustancias prohibidas como fungicidas, herbicidas, prohibidos en los cultivos de ese continente y, la misma Comisión Europea, ofreció ya no exportar hacia nuestros países los pesticidas, herbicidas, insecticidas, nematicidas, y que lejos de cumplir han aumentado las cantidades de envío.
Paradójicamente Francia anuncia que impedirá la entrada a su país, cítricos, guayabas, papas, aguacates, mangos, soja, cereales, entre otros productos que contienen tiofanatometilo, carbendazima y benomilo, o sea, los venenos que ellos mismos nos venden, pero, Francia misma ha permitido a sus fabricantes exportar al mundo pesticidas y fungicidas por muchas décadas, como los arriba mencionados y, aduciendo vacíos legales, prometieron corregir la ley. EGAlim, pero lejos de ver un equilibrio, sus fábricas nos siguieron y siguen exportando en mayor cantidad estos productos nocivos y tóxicos para la salud de la vida del Planeta.
La ley EGAlim, es una ley francesa de los Estados Generales de la Alimentación publicada en noviembre de 2018, que respondía a un deseo del presidente Emmanuel Macron, para el establecimiento de normas que mejoraran la cadena agroalimentaria.
Todos los alimentos del Planeta deben estar exentos de fungicidas, herbicidas, etc., y lo único que hemos visto es la contaminación de la tierra, el aire, el agua y enfermedades en todas las especies vivas.
En Latinoamérica encontramos personas con enfermedades en la piel, sangre y en los órganos, con varias clases de cánceres; mediante esos venenos, mueren los peces, los ríos y las yeguas se contaminan. Francia nos pone límites y exigencias, luego de que la misma UE, la Comisión Europea que incluye a Francia, nos siguen vendiendo lo que nos envenena. Esto es totalmente hipócrita y cínico.
Mercedes Regalado
Cuando el ser humano descubrió el poder del sonido.
Hablar del origen de la música es adentrarse en una de las preguntas más fascinantes de la historia humana. No existe un acta de nacimiento para ella, pero la ciencia, la arqueología y la antropología han logrado reconstruir parte de su recorrido milenario. Mucho antes de que existieran civilizaciones organizadas, templos o escritura, el ser humano ya producía sonidos con intención. La voz fue el primer instrumento.
El ritmo nació del latido del corazón y de los pasos sobre la tierra. Palmas, golpes sobre el cuerpo y sonidos guturales marcaron el inicio de una forma primitiva de expresión que servía para coordinar la caza, advertir peligros y fortalecer la unión del grupo. La evidencia material más antigua apunta a instrumentos rudimentarios elaborados con huesos y materiales naturales.
En la cueva de Divje Babe se halló una flauta con más de 40.000 años de antigüedad, considerada uno de los vestigios musicales más antiguos conocidos. Este descubrimiento revela que la música no fue un simple pasatiempo, sino una práctica con significado simbólico y social. En enclaves ceremoniales como Göbekli Tepe, en la actual Turquía, los estudios sugieren que el sonido acompañaba rituales colectivos. Ritmos repetitivos y cantos comunitarios habrían reforzado creencias y estructuras sociales en sociedades aún sin escritura formal. Diversas teorías científicas sostienen que la música pudo haber evolucionado como una extensión del lenguaje o incluso antes que él.
Algunos investigadores plantean que ayudó a consolidar vínculos afectivos y transmitir emociones complejas, favoreciendo la supervivencia del grupo. Lo cierto es que la música antecede a las partituras, a las orquestas y a la industria cultural. Surgió como necesidad humana profunda: comunicar, celebrar, llorar, invocar, recordar. Hoy, en pleno siglo XXI, continúa cumpliendo esa misma función esencial. Cambian los instrumentos, cambian los estilos, pero permanece intacto su propósito: conectar a los seres humanos a través del sonido. Explorar su origen es, en definitiva, explorar las raíces mismas de nuestra identidad colectiva.
Elio Roberto Ortega Icaza
