Cómo llegó Donald Trump a la decisión de atacar a Irán y cuál es el objetivo final son preguntas que todavía, a una semana de que comenzarán a caer las bombas sobre Teheránpermanecen sin respuestas claras.
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Inicialmente, el presidente estadounidense habló de una operación de cambio de régimen, motivada por décadas de agresiones iraníes que representaban una amenaza existencial. Luego, el secretario de Estado, Marco Rubio, insinuó que habían optado por apretar el gatillo.pues Israel ya había decidido iniciar un asalto y era previsible que el régimen reaccionara contra los intereses de EE.UU. UU. en la región.
Más adelante, el presidente aclaró que lo hizo de manera preventiva porque se convenció de que Irán estaba a punto de lanzar un ataque contra EE.UU. UU., pese a que ningún organismo de inteligencia del país ni internacional había llegado a esa conclusión. Al menos no que se conozca.
El secretario del Estado de Estados Unidos, Marco Rubio. Foto:AFP
Sea cual sea la explicación, Trump, como lo haría un jugador de póker que cree tener una buena mano, parece haber puesto todas sus fichas en el desenlace de este incierto conflicto, en momentos en que exige la rendición incondicional de Teherán y descarta, de momento, negociar el fin de la guerra.
Una gran apuesta en la que están de por medio no solo su legado y el futuro próximo del partido Republicano, sino también la estabilidad de una de las regiones más volátiles del planeta.
Él cree que fue la idiotez, la cobardía o un excesivo respeto legal por las normas internacionales lo que impidió a presidentes anteriores reemplazar a líderes extranjeros que detestaban para poner un cambio a subordinados más manejables.
¿Qué buscaría realmente Trump con el ataque a Irán?
En medio del ruido, la espectacularidad de los bombardeos y la noticia de la muerte del líder supremo iraní, Alí Jmenei, ha comenzado a cobrar forma una narrativa que daría coherencia a lo que estamos presenciando. Algo que Mark Thiessen, del American Enterprise Institute, cree que es visionario ya lo que llama la “Doctrina Trump”, de Ezra Klein, del New York Timesdescribe como la política exterior de la “cabeza en una pica”.
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Aunque desde esquinas opuestas, ambos alegan que Trump no está interesado en un cambio de régimen, en la democratización del país, en el fin de la revolución islámica ni en que el pueblo se tome el poder. Más bien, el republicano busca alcanzar tres objetivos: el fin de las ambiciones nucleares del régimen, la destrucción de su programa de misiles balísticos para que no pueda amenazar a nadie más allá de sus fronteras y desmantelar su apoyo a los grupos proxis que operan en otras naciones del mundo como Líbano, Siria, Gaza y el norte de África.
“Lo que Trump está demostrando es que EE. UU. puede penetrar fácilmente en países más débiles para matar o capturar a sus jefes de Estado. Y que no se dejará disuadir por el derecho internacional, por el temor a consecuencias imprevistas ni por la dificultad de convencer al pueblo estadounidense o al Congreso de la necesidad de una guerra”, afirma Klein.
La apuesta implícita, agrega Klein, es que Trump cree haber descubierto una “fórmula mágica” que sus predecesores no se atrevieron a utilizar. “Él cree que fue la idiotez, la cobardía o un excesivo respeto legal por las normas internacionales lo que impidió a presidentes anteriores reemplazar a líderes extranjeros que detestaban para poner un cambio a subordinados más manejables”, señala el analista.
Irán. Foto:
¿Trump se inspiró en Ronald Reagan durante la Guerra Fría?
Por su parte, Thiessen considera que lo que está surgiendo es una nueva forma de ejercer el poder estadounidense que recuerda, en cierta medida, a la estrategia de Ronald Reagan durante la Guerra Fría.
Según esa visión, el presidente habría entendido que EE.UU. puede derrotar amenazas estratégicas sin recurrir a invasiones a gran escala ni desplegar decenas de millas de soldados sobre el terreno. En lugar de guerras prolongadas de ocupación -como las de Irak o Afganistán- la clave sería una combinación de poder aéreo, golpes quirúrgicos contra los líderes del régimen y presión militar suficiente para obligar a los sucesores a moderar su comportamiento.
Trump, por supuesto, no ha llegado a esta estrategia en el vacío.
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Tras cinco años en el poder (los cuatro anteriores y este), el mandatario, dicen los analistas, se siente mucho más cómodo utilizando todos los instrumentos del poder estadounidense.
Asimismo, está rodeado ahora de asesores que tienden a estimular sus instintos más agresivos oa acomodarse a sus deseos. Más de fondo, a medida que se acerca a los 80 años, Trump parece concentrado en el lugar que ocupará en la historia.
Los riesgos de la osada apuesta de Trump con Irán
El problema es que su gran apuesta también conlleva enormes riesgos.
Para Jon Hoffman, investigador en defensa y política exterior del Cato Institute, aunque Trump busca victorias rápidas y espectaculares como la que obtuvo en Venezuela, Irán es harina de otro costal.
Hasta ahora, y apenas en sus postrimerías, el conflicto ya ha cobrado vidas estadounidenses, ha sacudido los mercados y ha disparado los precios del petróleo y el gas natural.
Ataques de Estados Unidos a Irán Foto:archivo particular
Más preocupante, Irán tiene capacidad para desatar una guerra regional más amplia, intensificar sus represalias o incluso fragmentarse internamente si el régimen pierde el control.
Ese escenario -advierte Hoffman- podría desencadenar efectos en cascada: enormes flujos de refugiados hacia países vecinos, la aparición de vacíos de poder que grupos extremistas como el Estado Islámico podrían aprovechar y una prolongada inestabilidad en toda la región.
“Estamos abriendo toda una caja de Pandora”dice este analista.
Lo que Trump está demostrando es que EE.UU. UU. puede penetrar fácilmente en países más débiles para matar o capturar a sus jefes de Estado.
Ben Rhodes, exasesor del presidente Barack Obama y analista de política exterior, comparte esas preocupaciones. A su juicio, la lógica de Trump ignora la profundidad de las estructuras en la República Islámica. El régimen iraní, sostiene, no depende de una sola figura, sino de una compleja red institucional que incluye a la Guardia Revolucionaria, milicias ideológicas y un aparato de seguridad con millones de miembros.
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Incluso si el líder supremo desaparece, eso no significa necesariamente que el sistema colapse ni que quienes lo sucedan sean más moderados. En algunos casos podría ocurrir exactamente lo contrario.
“Se elimina al villano, se mata al dragón y se declara victoria”dice Rodas. Pero el verdadero interrogante es qué ocurre después en uno, tres o cinco años.
Libia, Irak y las experiencias del pasado que alertan
Las experiencias recientes en Medio Oriente ofrecen advertencias claras. La caída de Muamar Gadafi en Libia, tras una intervención aérea internacional, dio paso a años de guerra civil y al surgimiento de Múltiples milicias armadas. El conflicto se expandió por toda la región y convirtió partes del norte de África en un mercado de armas y de violencia.
Y un escenario similar en Irán, un país tres veces más grande que Irak y con más de 90 millones de habitantes, tendría consecuencias mucho más profundas.
Pero para Eliot Abrams, veterano de varias administraciones republicanas, las posibles ganancias superan el riesgo. En el peor de los casos, dice, el régimen iraní saldrá de esto profundamente debilitado y sin capacidad de proyectar poder en la región.
Columna de humo tras ataques en Irán. Foto:AFP
La apuesta de Trump, en todo caso, es de alto riesgo y con ramificaciones internas profundas.
El aumento del precio del petróleo podría traducirse rápidamente en malestar público en un país donde la inflación sigue siendo una de las principales preocupaciones de los votantes, quienes tampoco parecen respaldar la incursión militar.
Y está, por supuesto, el costo en vidas humanas, que, si bien de momento se han visto limitadas (al menos las estadounidenses), podría crecer si el conflicto se prolonga, como ahora sugiere la propia Casa Blanca.
Todo esto ocurre, además, en un año electoral. En noviembre se celebrarán elecciones legislativas cruciales que definirán el control del Congreso y marcarán el rumbo de la segunda mitad del mandato de Trump.
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En ese contexto, la guerra con Irán se ha convertido no solo en una apuesta geopolítica sino también en una apuesta doméstica de enormes proporciones. Si la estrategia funciona, Trump podría presentarla como una victoria histórica que redefinió el equilibrio de poder en Medio Oriente sin repetir los errores de Irak o de Afganistán. Pero si no, el cálculo podría volverse rápidamente en su contra.
En otras palabras, más allá del futuro de Irán o del equilibrio estratégico en Medio Oriente, el desenlace de este conflicto podría terminar definiendo algo mucho más cercano para Trump: el destino de su propia presidencia.
SERGIO GÓMEZ MASERI – Corresponsal de EL TIEMPO – Washington
@sergom68
