El universo de las letras hispanoamericanas a pesar del gran Alfredo Bryce Echenique, tras confirmarse su fallecimiento a los 87 años, una de las voces más singulares, tiernas y cáusticas de la narrativa contemporánea.
El escritor peruano, que logró la tarea de diseccionar a la alta sociedad limeña sin perder la humanidad y el humor, deja tras de sí un legado que trasciende fronteras. Entre los hitos de su madurez literaria, la memoria boliviana atesora su visita el año 2010, un encuentro que hoy adquiere una relevancia histórica y nostálgica.
CRONISTA
La trayectoria de Bryce Echenique encontró su punto de inflexión en 1970 con la publicación de “Un mundo para Julius”. Esta obra no solo le valió un lugar privilegiado en el parnaso de las letras peruanas, junto a figuras como Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, sino que definió una nueva forma de abordar la desigualdad social, a través de la mirada inocente y perpleja de un niño.
Bryce, nacido en el seno de una familia acomodada en 1939, utilizó sus propias raíces para retratar, con una acidez envuelta en seda, la frivolidad y el aislamiento de las élites. A lo largo de su carrera, títulos como “La vida exagerada de Martín Romaña” y “El huerto de mi amada” (Premio Planeta 2002) consolidaron su estilo: una prosa conversacional, plagada de digresiones y una “suprema ironía” que se convirtió en su sello distintivo. Sus “antimemorias”, culminadas con “Permiso para retirarme” en 2019, fueron el testamento de un hombre que, al final de su vida, prefirió dictar sus historias antes de dejar de contarlas.
BOLIVIA 2010
En julio de 2010, Bolivia tuvo el privilegio de recibir al autor en un momento clave de su madurez. Bryce Echenique llegó al país para inaugurar el VI Encuentro de Escritores Iberoamericanos en la ciudad de Cochabamba, un evento que tuvo como eje central, precisamente, “el humor y la literatura”.
Bryce llegó al suelo boliviano el 5 de julio, acompañado por su esposa, Ana Chávez. A pesar de contar en ese entonces con 71 años y manifestar algunos malestares gástricos y los efectos del clima, el autor de “La amigdalitis de Tarzán” se mostró con un talante inmejorable. “Algo aquejado del estómago, pero de muy buen talento”, reportaba la prensa local, destacando su disposición para el diálogo.
La cita, organizada por el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño, reunió a Bryce con destacados literatos bolivianos como Ramón Rocha Monroy, Eduardo Scott Moreno y Manuel Vargas. Durante su estancia, el escritor peruano ofreció una conferencia magistral titulada “La suprema ironía cervantina”, donde desgranó su visión de la literatura como un espacio de resistencia frente al absurdo de la vida.
LEGADO
La visita de 2010 no estuvo exenta de anécdotas que reflejaban su personalidad. En la Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), su ausencia en una de las mesas redondas por motivos de salud fue tomada por sus colegas con el humor que el propio Bryce predicaba. Ramón Rocha Monroy y otros autores bromearon sobre su “encierro” preventivo, mientras reconocían que era “literalmente difícil encontrar a otro Bryce Echenique” en el panorama regional.
La noticia de su muerte en Lima resuena con fuerza en los pasillos del Centro Patiño y en las bibliotecas de los lectores bolivianos que lo escucharon disertar sobre la risa y el dolor. Alfredo Bryce Echenique no solo fue el retratista de una clase social en decadencia; fue el cartógrafo de la fragilidad humana.
La literatura pierde a un gigante, pero Julius, Martín Romaña y tantos otros personajes seguirán habitando ese mundo que él construyó para nosotros: un mundo exagerado, tierno y, por encima de todo, profundamente humano.
